Chapter 1

Chapter 1 of 1

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El aire de la primavera londinense traía consigo el mismo bullicio de cada año. Los carruajes volvían a llenar las calles, las grandes familias aristocráticas abandonaban sus residencias campestres y las modistas apenas daban abasto para terminar los vestidos de muselina y seda antes del primer baile de la temporada. Las joyerías exhibían sus mejores piezas tras los relucientes escaparates y los periódicos de sociedad dedicaban páginas enteras a anunciar qué damas debutarían ese año y qué familias ofrecerían las recepciones más esperadas. En los salones elegantes de la ciudad solo parecía existir una pregunta: ¿quién haría el mejor matrimonio de la temporada? Mientras media ciudad hablaba de alianzas, dotes y futuros esposos, en la residencia de los duques de Evermont, situada en la exclusiva y señorial Grosvenor Square, había una joven que pensaba en cualquier cosa menos en eso. La biblioteca ocupaba una de las alas más tranquilas de la mansión. Las altas estanterías de caoba cubrían las paredes desde el suelo hasta el techo, y una esbelta escalera de madera permitía alcanzar los volúmenes más altos. La luz de la mañana entraba a raudales por los grandes ventanales, iluminando una mesa de escritorio donde reinaba un desorden que solo una persona parecía comprender. Libros abiertos, cuadernos de notas, un mapa de Europa detallado, una brújula antigua de bronce, hojas sueltas con minuciosos dibujos de flores y, en medio de todo aquello, lady Eleanor Ashcroft. Tenía veintidós años y poseía una belleza serena que nunca parecía intentar resaltar. Su cabello castaño oscuro caía en suaves ondas, aunque varios mechones escapaban del peinado porque llevaba horas inclinada sobre la mesa. Sus ojos, de un verde profundo, recorrían con devoción las páginas abiertas frente a ella; eran unos ojos vivos, curiosos, incapaces de conformarse con respuestas sencillas. Su nariz era fina, sus labios solían mantener una expresión pensativa y su piel clara apenas había conocido el sol más allá de los jardines familiares. Vestía un sencillo traje de mañana color azul claro, mucho menos llamativo que los que su madre solía elegir para las reuniones sociales, y sobre una de las mangas aún quedaba una pequeña mancha de tinta. No parecía importarle en absoluto. Con una pluma entre los dedos, copiaba con esmero un fragmento sobre las ruinas de Atenas. A un lado del cuaderno había dibujado un pequeño mapa del Mediterráneo, y junto a él descansaba una flor seca entre las páginas de otro diario. —Algún día... —murmuró para sí misma en un susurro. No terminó la frase. No hacía falta, pues ella sabía perfectamente cómo acababa: algún día conocería aquellos lugares lejanos; algún día cruzaría el océano. La puerta de la estancia se abrió con un suave golpe. Margaret, su doncella personal, apareció con una ligera inclinación de cabeza. —Lady Eleanor, su madre desea verla en el salón de recibir. Eleanor dejó escapar un suspiro, apartando la pluma. —¿Ahora, Margaret? —Sí, milady. —¿Es realmente necesario que baje tan temprano? Margaret sonrió con discreción y dulzura. —Creo que conoce la respuesta, milady. Eleanor cerró despacio el libro, acariciando la tapa de cuero. —Supongo que sí. Se levantó, acomodó los papeles para que el aire de la ventana no los desordenara y siguió a la doncella por el pasillo. Mientras descendía por la gran escalinata principal de mármol, observó los solemnes retratos de generaciones de los Ashcroft. Hombres vestidos con impecables uniformes militares, duques de expresión severa y damas envueltas en pesadas sedas y joyas familiares parecían vigilar cada uno de sus pasos desde las paredes. Todo en aquella casa hablaba de historia, de prestigio y, sobre todo, de deber. Los criados caminaban con rapidez y silenciosa eficiencia entre los pasillos, los candelabros brillaban impecables tras el pulido del ama de llaves, la señora Whitmore, y el aroma de las flores recién colocadas por el jardinero llenaba el recibidor. Aquella noche habría invitados de la alta sociedad, como tantas otras noches durante la primavera londinense. En el salón principal ya se encontraba reunida parte de la familia. Lady Beatrice Ashcroft levantó la vista del bordado en cuanto vio entrar a su hija. La duquesa siempre parecía impecable; cada pliegue de su vestido de seda estaba en su lugar, cada palabra era medida y cada uno de sus gestos transmitía la elegancia y distinción que se esperaba de su rango. Amar a su hija no entraba en conflicto con su deber: para ella, asegurar un buen porvenir para Eleanor era la mayor muestra de afecto posible. —Llegas tarde, Eleanor. —Lo siento, madre. El tiempo se me pasó inadvertido. —Otra vez estabas en la biblioteca, me temo. —No era una pregunta. —Sí. Lady Beatrice suspiró con una mezcla de resignación y ternura materna. —Los libros seguirán ahí mañana, querida. Pero la temporada no espera a nadie. Antes de que Eleanor pudiera responder, una voz alegre y profunda rompió la incipiente tensión del salón. —Déjala respirar, madre. William Ashcroft apareció junto a la chimenea con una copa en la mano. Era cinco años mayor que Eleanor y, algún día, heredaría el ducado de Evermont. Alto, de cabello oscuro y porte tranquilo, tenía la costumbre de bromear incluso cuando el ambiente se volvía formal. —Si la encierras lejos de los libros una semana entera, probablemente encuentre la forma de leer las etiquetas de las botellas de la bodega. Eleanor soltó una pequeña risa, agradecida por la interrupción. Lady Beatrice negó con la cabeza, aunque una ligera sonrisa asomó a sus labios. —No la ayudas, William. —Hago lo que puedo, madre. Desde un sofá cercano, Charlotte observaba la escena con una sonrisa llena de complicidad. A diferencia de su hermana menor, Charlotte estaba recién casada con lord Edward Beaumont y disfrutaba genuinamente de los bailes, de las reuniones y de todo cuanto traía la temporada. Sin embargo, conocía a Eleanor mejor que nadie y le bastó una sola mirada para comprender que su hermana preferiría pasar la noche entre mapas antes que entre pretendientes. El duque, Edmund Ashcroft, dejó el periódico sobre una mesa auxiliar con parsimonia. —Esta noche solo debemos recibir a nuestros invitados como siempre lo hemos hecho, Beatrice —declaró con voz templada—. No hay necesidad de abrumar a la muchacha antes de que comiencen los grandes bailes. El duque no era hombre de largos discursos, pero su presencia infundía una calma inmediata. Lady Beatrice asintió, dando por zanjada la reprimenda. Poco después de caer el manuscrito de la tarde, comenzaron a llegar los primeros carruajes a Grosvenor Square. Las imponentes puertas de la mansión permanecieron abiertas mientras el mayordomo, el señor Collins, y los lacayos recibían a las distinguidas familias de la corte. El sonido del piano comenzó a llenar el salón, las conversaciones se mezclaban con risas discretas y el champán corría en copas de cristal. Las damas de alcurnia admiraban los nuevos encajes y los caballeros se agrupaban para hablar de política, de caza y de sus propiedades campestres. Entre la multitud, lady Agatha Winthrop parecía enterarse de todo antes que nadie, recorriendo el salón repartiendo saludos mientras recogía los primeros cotilleos del año, mientras lady Edith Fairchild comentaba con entusiasmo cuáles serían las invitaciones más exclusivas de las próximas semanas. Todo funcionaba con la precisión de un reloj de oro, tal como cada primavera. Lady Beatrice encontró por fin el momento que llevaba esperando toda la velada y tomó suavemente el brazo de Eleanor. —Ven conmigo, querida. Hay alguien a quien debes saludar. La condujo a través del gentío hasta un joven de aspecto impecable y porte aristocrático. —Lord Frederick Hawthorne —lo presentó la duquesa con una sonrisa atenta. Tras las presentaciones de cortesía, la duquesa se retiró discretamente. Lord Frederick no tardó en tomar la palabra, hablando durante varios minutos y con gran entusiasmo sobre sus caballos, las nuevas cuadras de su heredad y las próximas carreras de Ascot. Eleanor escuchó con perfecta educación, asintiendo en los momentos adecuados, hasta que el caballero hizo una pausa para tomar aire. —Es una afición de lo más noble, milord —comentó ella con suavidad—. ¿Ha tenido ocasión de visitar las ruinas romanas de Bath durante sus viajes? Me han dicho que la arquitectura de las antiguas caballerizas y termas es un prodigio. El joven caballero parpadeó, evidentemente desconcertado por el giro de la conversación. —No... no lo creo, lady Eleanor. Mis viajes se limitan a las ferias de ganado y a los hipódromos. —Es una lástima. Son fascinantes. Me pregunto a menudo cómo debió de ser la vida allí hace tantos siglos, bajo el dominio del Imperio. Lord Frederick tardó unos segundos en asimilar las palabras, mirando a su alrededor como si buscase auxilio. —No... no lo había pensado nunca de ese modo, milady. La conversación se apagó lentamente. No hubo ninguna discusión, sino un incómodo silencio que el joven rompió al cabo de un instante solicitando permiso para ir a buscar un refresco. No regresó. Más tarde, mientras Eleanor se resguardaba cerca de una de las consolas de la pared, apareció sir Thomas Ellwood. Su trato parecía bastante más atento y refinado, y durante unos minutos Eleanor creyó que quizá podrían mantener una conversación verdaderamente interesante sobre la última exposición de arte en la ciudad. Hasta que sir Thomas, fijándose en el pequeño volumen de poesía que Eleanor sostenía discretamente entre las manos, sonrió con suficiencia. —Siempre he pensado que las damas leen demasiado últimamente, lady Eleanor. Demasiados libros no hacen más que llenar la cabeza de ideas innecesarias y propiciar la melancolía. Las mujeres son criaturas delicadas; no necesitan cargar con los conocimientos del mundo exterior. Eleanor observó el pequeño volumen entre sus manos durante unos segundos, manteniendo la calma. Después, levantó la mirada y le dedicó una sonrisa colmada de absoluta cortesía. —Entonces me temo, sir Thomas, que soy un caso completamente perdido. Con un elegante gesto, le tendió el libro para que él mismo leyera el título. Sir Thomas se quedó sin saber qué responder, turbado por la firmeza de la joven, y pocos segundos después ella se alejó del bullicio. Charlotte encontró a su hermana poco después en la terraza de piedra que daba al jardín trasero de la mansión. La noche era fresca y tranquila, y las luces doradas del salón quedaban resguardadas detrás de los ventanales. —¿Por qué haces siempre lo mismo, Eleanor? —preguntó Charlotte con dulzura, acercándose a la balaustrada. Eleanor apoyó las manos sobre la fría piedra, contemplando la silueta de los árboles bajo la luna. —Porque no quiero fingir ser alguien distinta solo para complacer las expectativas de un salón, Charlotte. Su hermana mayor guardó silencio, comprendiendo el trasfondo de sus palabras. —No temo al matrimonio en sí —continuó Eleanor en un las casi inaudible—. Lo que temo es que mi vida termine antes de haber empezado siquiera. Que mi mundo se reduzca a los deseos de un hombre que no me conoce. Charlotte la miró con una profunda pizca de tristeza; sabía que su hermana hablaba con el corazón en la mano. Cuando regresaron al interior del salón, lady Beatrice las esperaba cerca de las puertas. Su expresión era serena, aunque en el fondo de sus ojos se apreciaba el cansancio de una larga jornada de atenciones sociales. —Eleanor —la llamó su madre con voz queda. —¿Sí, madre? —Esta noche has declinado dos conversaciones que podrían haber resultado de lo más agradables y beneficiosas. —Solo he sido sincera con mis intereses, madre. —A veces la sinceridad de una dama necesita ir acompañada de una sutil prudencia, mi vida —respondió la duquesa, arreglando con delicadeza uno de los encajes del hombro de Eleanor—. La sociedad observa cada uno de nuestros pasos y las murmuraciones vuelan pronto. No puedes seguir dando la impresión de que muestras desinterés por cada caballero de buena cuna que se acerca a saludarte. —No los desprecio, madre. Solo busco algo más. —Procura que los demás también lo entiendan de ese modo, te lo ruego. Lady Beatrice le dio una afectuosa palmadita en la mano y se alejó con paso elegante para despedir a los últimos invitados que aguardaban sus carruajes junto a la entrada. No estaba enfadada; estaba genuinamente preocupada por el porvenir de su hija en un mundo que no perdonaba la excentricidad. Cuando el último carruaje abandonó la residencia y la gran mansión quedó sumida en el silencio de la madrugada, Eleanor regresó a la biblioteca. Encendió una sola vela, se sentó a la mesa y abrió su diario personal. Mojó la pluma en la tinta negra y comenzó a escribir con trazo fluido: «Los bailes de la temporada se parecen demasiado a un mercado elegante. Las sonrisas son sinceras solo a medias y las conversaciones suelen valer mucho menos que los costosos vestidos que se lucen.» Después, extendió el mapa sobre la mesa. Sus dedos recorrieron las líneas que dibujaban las costas de Italia, las islas de Grecia y las místicas tierras de Egipto. Sonrió con una leve melancolía y anotó una última frase antes de cerrar el cuaderno: «Hay demasiados lugares esperándome en el mundo para pasar la vida entera encerrada en un salón de baile.» Dejó la pluma a un lado, pero antes de que pudiera apagar la vela, llamaron suavemente a la puerta de la biblioteca. Era su madre, desprovista ya de sus joyas de la velada, envuelta en una bata de seda fina. —Mañana hablaremos con calma, Eleanor —dijo desde el umbral, observándola con afecto contenido. —Como desees, madre. Lady Beatrice asintió despacio y se dispuso a retirarse, pero antes de cerrar la puerta, la miró unos segundos en silencio. —Descansa, mi niña. Ha sido un día largo. —Buenas noches, madre. La puerta se cerró con un leve clic. Eleanor permaneció inmóvil en la penumbra, con la vista fija en el mapa que aún descansaba sobre el escritorio. No sabía la razón exacta, pero una extraña corazonada le recorrió el cuerpo, dejándole la clara sensación de que aquella temporada no sería, ni mucho menos, como las anteriores.

End of Chapter 1