Chapter 1 of 1

El Precio de la Fama

1.1k words

Las luces del estudio son un infierno caliente sobre su piel, pero Harold sonríe. Es una sonrisa ensayada, perfeccionada frente a espejos y luego pulida en innumerables entrevistas. A sus veintiún años, ha dominado el arte de la falsa espontaneidad. Sus ojos verdes, siempre un poco demasiado intensos, recorren el set, deteniéndose apenas en la cámara principal. Sabe que millones de personas lo observan, deseosas de un atisbo del enigmático autor, el prodigio que ha reescrito las reglas del romance oscuro. El presentador, un hombre corpulento con una voz untuosa, se inclina hacia él. "Harold, tus novelas son un fenómeno. Tus heroínas... complejas, apasionadas, peligrosas. ¿De dónde sacas esa inspiración? ¿Hay alguna musa real detrás de todo ese fuego?" Harold suelta una risa baja, gutural. Es un sonido que ha cautivado a más de una mujer. "La inspiración, Miguel, está en todas partes. En la noche, en la soledad, en los susurros que la gente cree que nadie escucha. Y en cuanto a una musa... la verdad es que el amor, en su forma más pura y devastadora, no necesita una sola cara para manifestarse. Es un coro, no un solista." El público, invisible pero presente en el eco del aplauso pregrabado, responde con un murmullo de aprobación. Harold ha dicho exactamente lo que esperaban. El presentador asiente, complacido. Hay una comodidad en la ambigüedad, un espacio seguro donde la fantasía puede florecer sin ser cuestionada por la cruda realidad. La conversación fluye como un río bien encauzado. Hablan de sus influencias literarias, del proceso creativo, de la presión de la fama. Harold desvía con gracia cualquier pregunta que se acerque demasiado a su vida personal. Los rumores de su homosexualidad, una cortina de humo tan útil como inesperada, flotan en el aire, pero nadie se atreve a mencionarlos directamente en este tipo de programas. Él los deja estar. Es más fácil que lidiar con la verdad. Siente el sudor frío formándose en sus palmas, a pesar del aire acondicionado. Siempre es así. Cada aparición pública es un acto de equilibrio precario, un paso de danza sobre una cuerda floja tendida sobre un abismo. Un solo error, una palabra fuera de lugar, y su mundo podría venirse abajo. Piensa en Sofía, en Camila, en Elena, en todas las demás. Un rastro de nombres, una cadena de secretos que nadie, absolutamente nadie, debe descubrir. "Y hablando de secretos, Harold", dice Miguel, con un brillo en los ojos que a Harold no le gusta. "La gente siempre se pregunta qué hay más allá de los libros. ¿Qué hace Harold cuando no está escribiendo? ¿Hay tiempo para el amor, para la vida, para... todo lo que tu corazón desea?" Harold se endereza, ajustando el puño de su camisa de seda. "Mi corazón desea contar historias, Miguel. Eso es todo lo que tengo. Y la vida... la vida real es a menudo más caótica y menos romántica que las páginas de un libro. Prefiero vivir en la ficción que he creado. Es más seguro, ¿no cree?" Miguel sonríe, pero esta vez hay una nota de decepción en su expresión. El público quiere un poco de carne, un fragmento de vida. Harold les da migajas de filosofía. Justo cuando Miguel va a formular otra pregunta, un pequeño monitor en el borde de su escritorio parpadea, mostrando el logo de una noticia de última hora. El presentador, con una disculpa apenas audible, indica una pausa comercial. "Volvemos en un momento con Harold", anuncia, mientras el equipo se apresura a retocar el maquillaje. El monitor detrás de Harold, el gran televisor de pantalla plana que muestra el logo del programa, cambia a un feed de noticias en vivo. Una sección llamada 'Mujeres en Apuros'. Harold no presta atención al principio. Es ruido de fondo, el zumbido constante del mundo exterior que él ha aprendido a ignorar. Una imagen parpadea en la pantalla. Una mujer. Su cabello castaño desordenado, los ojos hundidos. La conoce. El reconocimiento lo golpea como una ráfaga de aire helado. Es Sofía. Su Sofía. La última vez que la vio fue hace seis meses, en su apartamento, entre risas y promesas vacías. Ahora, está en la pantalla, con una camiseta holgada que no puede ocultar el abultamiento de su vientre. Su respiración se atasca en su garganta. El corazón le late contra las costillas, un tambor desbocado. Sofía se lleva una mano a la barriga, su mirada perdida, un abismo de desesperación que le hiela la sangre. El subtítulo de la noticia es un borrón, pero la imagen es clara, brutal. Una punzada de pánico atraviesa su pecho. Su meticulosa fachada, construida ladrillo a ladrillo con mentiras y encanto, comienza a resquebrajarse. Puede sentirlo. Las voces del equipo de producción parecen ahogarse, distorsionarse. El maquillador le pregunta algo, pero Harold solo puede ver el rostro de Sofía, la sombra del pánico en sus propios ojos reflejando el de ella. Siente un mareo, como si el suelo se hubiera vuelto inestable. Intenta respirar hondo, estabilizarse. No puede perder el control, no aquí, no ahora. No cuando el mundo entero lo mira. El presentador regresa, su voz otra vez suave, como si nada hubiera pasado. "Estamos de vuelta con el fenómeno literario Harold. Antes de la pausa, hablábamos de inspiración y de la vida real. Permítame presentarle a alguien que tiene una pregunta muy diferente para usted, Harold. Directamente desde nuestra sala de prensa, nuestra intrépida reportera, Elena." Una mujer alta y delgada, con una chaqueta de lino impecable y una mirada de acero, aparece en un recuadro en la esquina de la pantalla. Su cabello oscuro está recogido en una cola de caballo tirante, sus ojos de un azul penetrante se fijan en él. No es el tipo de mirada que busca admiración. Es la mirada de un depredador. La conoce. La ha visto en los pasillos de su editorial, siempre con un micrófono en la mano, siempre un paso más cerca de lo que debería. Elena. La reportera que lleva meses husmeando, preguntando, buscando la fisura en su armadura. Sabe que ella no está aquí para hablar de sus novelas. Ella está aquí para él. Para su vida. Para sus secretos. Su voz es clara y firme, una cuchilla afilada. "Harold, tus heroínas están embarazadas en tus novelas, ¿verdad? Y a menudo, solas, buscando la verdad sobre los hombres que las abandonaron." Harold abre la boca, buscando una respuesta, un escape, una de sus frases pulidas. Pero antes de que pueda formular una palabra, la pantalla del televisor detrás de él, la que mostraba el feed de noticias, cambia abruptamente. Ya no es una vista general. Es una ampliación grotesca del rostro de Sofía, sus ojos llorosos, su vientre prominente. Y debajo, en letras rojas brillantes, un titular que taladra su cerebro, un grito que resuena en el estudio y en su alma: "¿Quién es el padre de mi hijo?".

End of Chapter 1