Chapter 1 of 1

El Regusto del Acero

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Frío metal contra mi nuca. Madera astillada bajo mis rodillas desnudas. Olor a sudor podrido, a orina y a pánico colectivo flotando en la plaza abarrotada de la capital del imperio. Gritos ensordecedores me taladraban los tímpanos, exigiendo mi muerte a viva voz. Aquellos mismos ciudadanos de a pie que una vez vitorearon el glorioso nombre de la familia Astrea ahora me arrojaban verduras podridas, lodo y piedras afiladas que me abrían pequeñas heridas en las mejillas. Arriba, situado en el palco real decorado con finos estandartes de oro y seda carmesí, se alzaba el hombre responsable de mi ruina. Mikhail von Drake sostenía una copa de cristal con una elegancia aristocrática que me revolvía las entrañas. Su rostro, esculpido con la fría perfección de una estatua de mármol, no mostraba el menor atisbo de remordimiento o piedad. Sonrió con una lentitud casi lasciva. Fue un gesto diminuto, un destello de dientes blancos que solo yo pude captar desde mi humillante posición de rodillas sobre el patíbulo de madera. Él había planificado minuciosamente cada paso de mi caída, plantando correspondencia falsa que me vinculaba con los rebeldes del norte y entregando a toda mi estirpe al verdugo real. "¡Muerte a la traidora Astrea!", chilló un hombre gordo desde la primera fila del populacho, agitando un puño grasiento en el aire mientras su rostro se deformaba por una rabia ciega que las mentiras de Mikhail habían sembrado pacientemente durante meses. Sujeté con desesperación el relicario oculto entre los harapos mugrientos que apenas cubrían mi cuerpo maltratado por semanas de tortura en los calabozos subterráneos. Aquel pequeño artefacto de bronce, conocido en mi familia como el Reloj de Arena de las Cenizas, era el único recuerdo que conservaba de mi difunta abuela. Mis dedos huesudos y sucios se aferraron al metal frío con la fuerza de quien se aferra a un acantilado. Crujió fuertemente la plataforma cuando el verdugo tiró de la palanca de hierro oxidado. La pesada hoja de acero pulido se liberó de sus anclajes superiores, deslizándose hacia abajo por las guías de madera con una velocidad implacable. Cerré los ojos con fuerza, apretando los dientes hasta que crujieron. El dolor que siguió no se pareció a nada que hubiera experimentado jamás: fue una explosión absoluta de agonía ardiente, un tajo helado que pareció desgarrar no solo mi carne y mis huesos, sino mi propia alma. Sangre caliente y espesa brotó a borbotones de mi garganta cercenada, bañando instantáneamente el suelo de madera y empapando el relicario de cristal que descansaba sobre mi pecho inmóvil. En ese último suspiro de agonía, una luz plateada y cegadora brotó de la joya rota, tragándose el mundo entero en un pestañeo. Todo vestigio de ruido se extinguió de golpe, sumergiéndome en un vacío absoluto donde los gritos de la multitud furiosa y la risa silenciosa de mi prometido dejaron de existir. --- Aire. Aire helado llenando mis pulmones a una velocidad insoportable. Desperté de golpe con un alarido ronco que me destrozó las cuerdas vocales, sentándome en una cama mullida mientras mis manos se disparaban hacia mi cuello con violencia animal. Mis uñas se clavaron en la piel suave, buscando con desesperación la herida abierta, el desgarro del metal, el flujo de sangre caliente que debía estar brotando a chorros. Solo encontré piel intacta. Piel tersa, cálida y perfectamente sana que latía bajo mis dedos temblorosos al ritmo desbocado de un corazón que amenazaba con salirse de mi pecho. Haciendo un esfuerzo sobrehumano por calmarme, miré a mi alrededor con los ojos desorbitados por el pánico absoluto. No había madera astillada de patíbulo, ni olor a estiércol, ni una multitud sedienta de sangre exigiendo mi cabeza. Paredes empapeladas con fina seda de color rosa pálido me rodeaban, adornadas con intrincados relieves dorados y retratos al óleo de antepasados que me miraban con solemnidad desde sus marcos de roble. Me encontraba sentada sobre el colchón de plumas de mi propio tocador privado, en el ala este de la mansión del ducado de Astrea. ¿Acaso todo había sido una pesadilla espantosa producida por la fiebre? Un temblor incontrolable se apoderó de mis extremidades mientras intentaba procesar la realidad de mis sentidos. Mi garganta se sentía seca, como si hubiera tragado arena del desierto, y mi mente seguía atrapada en el instante preciso en que el metal helado me cortaba la respiración. Bajé la mirada hacia mis manos y ahogué un grito ahogado. Entre mis dedos pálidos y limpios, desprovistos de la suciedad de las mazmorras, sostenía el Reloj de Arena de las Cenizas. El artefacto ya no era la reliquia perfecta que recordaba de mi juventud; una grieta profunda y sinuosa cruzaba el cristal de lado a lado, y la arena de su interior brillaba ahora con un tono plateado mágico y titilante. Había regresado. El milagro de la reliquia familiar, alimentado por mi sangre real y mi deseo desesperado de venganza en el umbral de la muerte, había alterado el flujo del tiempo para devolverme al pasado. Lágrimas de pura incredulidad y terror comenzaron a resbalar por mis mejillas mientras volvía a palparme el cuello. El dolor fantasma de la decapitación seguía allí, una vibración helada que parecía grabada a fuego en mi sistema nervioso, advirtiéndome que la muerte no era una ilusión lejana, sino un destino que ya había tocado con la punta de los dedos. Tres años antes. Si la disposición de los muebles de mi tocador y la ausencia de las cicatrices de tortura servían de indicación, me encontraba exactamente tres años antes de mi ejecución pública. Este era el año de mi compromiso oficial con Mikhail, el período en que mi familia aún gozaba del favor del rey y la riqueza de nuestras tierras parecía inagotable. Deslicé mis piernas fuera de las sábanas de seda con movimientos torpes, sintiendo las extremidades débiles como si acabara de despertar de un coma prolongado. Mis pies descalzos tocaron la alfombra de lana importada, un contacto suave que contrastaba dolorosamente con la aspereza del cadalso de madera que aún sentía bajo mis plantas. Tropecé al dar el primer paso, derribando un pequeño frasco de cristal tallado que descansaba sobre la mesita de noche. El perfume de extracto de rosas se esparció rápidamente por la habitación, llenando el aire con una fragancia dulce y empalagosa que me provocó una intensa oleada de náuseas. Caminé como una autómata hacia el gran espejo de cuerpo entero con marco de bronce que presidía el rincón de mi vestidor. El reflejo que me volvió la mirada me obligó a dar un paso atrás, con los ojos abiertos de par en par. Aquella muchacha de dieciocho años me miraba con una expresión de absoluta vulnerabilidad. Su rostro, libre de las ojeras profundas y las heridas supurantes que me habían infligido los guardias imperiales, mostraba una tez de porcelana impecable y unos ojos azules llenos de una ingenuidad patética. Su largo cabello rubio platino caía sobre sus hombros como hilos de seda sin un solo nudo. "Débil", pronuncié en un susurro áspero, sintiendo cómo la rabia reemplazaba gradualmente al pánico que me oprimía el pecho. Aquella niña estúpida e inocente creía que el mundo era un lugar amable, que las sonrisas de los nobles eran sinceras y que el amor de su prometido era un refugio seguro contra las tormentas políticas del reino. Esa misma inocencia fue la que cavó mi tumba y la de toda mi estirpe. Mi confianza ciega en Mikhail, mi disposición a firmar cualquier documento que me presentara con su sonrisa seductora y mi ignorancia deliberada de los juegos de poder me habían convertido en el chivo expiatorio perfecto para sus ambiciones desmedidas. Apreté los puños con tanta fuerza que mis uñas, ahora perfectamente cuidadas, se clavaron en las palmas de mis manos hasta hacerme daño. No podía permitirme el lujo de volver a ser esa víctima propiciatoria. Si quería sobrevivir a la tormenta de traición que Mikhail ya estaba desatando en las sombras, debía erradicar cualquier rastro de piedad o debilidad de mi interior. Mikhail no era el único peligro que amenazaba con devorarnos. Recordaba con claridad meridiana los informes secretos que intercepté semanas antes de mi captura: la inminente horda de bestias mágicas, criaturas corruptas surgidas de las profundidades de los páramos del norte, asolaría las fronteras del imperio en menos de dos años, sumiendo al reino en el caos absoluto y destruyendo el ducado de Astrea en su avance. Aquel bastardo planeaba utilizar esa devastación para debilitar a mi padre y consolidar su propia influencia ante el trono imperial, presentándose como el único salvador capaz de contener la marea de monstruos. Todo había sido un plan maestro ejecutado a la perfección sobre nuestras tumbas. Necesitaba jugar mis cartas con una frialdad matemática. Cada alianza que forjara a partir de ahora no sería un lazo de amistad, sino un movimiento estratégico en un tablero de ajedrez donde las personas eran simples peones descartables para garantizar mi supervivencia y la de mi ducado. Amor, compasión y empatía eran lujos que ya no podía permitirme; eran las cadenas con las que Mikhail me había arrastrado al patíbulo, y me aseguraría de cortarlas antes de que pudieran volver a rozar mi piel. Guardé el agrietado Reloj de Arena de las Cenizas dentro del cajón secreto oculto tras el doble fondo de mi tocador de madera tallada. Deposité allí el objeto cubriéndolo con un par de pañuelos de encaje para evitar que cualquier sirviente curioso pudiera descubrirlo. El peso de la reliquia se desvaneció de mis manos, pero su presencia seguía grabada en mi mente como una promesa silenciosa de venganza. Pasos firmes y pausados resonaron repentinamente en el pasillo exterior, interrumpiendo el flujo de mis pensamientos. Eran pisadas rítmicas, seguras, el caminar característico de un hombre acostumbrado a que las puertas se abrieran ante su sola presencia. Sabor a hierro y ceniza inundó mi boca mientras mi cuerpo entero se tensaba de inmediato, adoptando una rigidez defensiva. Reconocía ese caminar a la perfección; era el mismo sonido que había escuchado aproximarse a mi celda húmeda en las mazmorras de la capital, trayéndome promesas vacías de salvación que solo buscaban prolongar mi tortura psicológica antes del golpe final. Obligué a mi cuerpo a respirar hondo, forzando a mis hombros a relajarse y a mis manos a dejar de temblar. No podía permitir que viera el terror en mis ojos, ni la chispa de odio asesino que amenazaba con desbordarse. Debía ponerme la máscara de la prometida devota, de la tonta útil que él creía controlar con tanta facilidad. Súbitamente, la puerta de su tocador se abre de golpe y la voz de Mikhail, idéntica a la que ordenó su ejecución, resuena en el umbral: "¿Ocurre algo malo, mi querida Lyra?"

End of Chapter 1