Chapter 6 of 8

Capítulo 6: La sombra en la cocina

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Inquietud roía a Mateo. Horas giraba en la cama, el colchón ya no ofrecía consuelo. Su mente proyectaba imágenes de Julián, sus sonrisas falsas, las cuentas crecientes. Un ruido leve, como un rasguño, llegó desde la cocina. Se sentó de golpe. Escuchó de nuevo. No era el viento. Era un sonido deliberado, una intrusión. Descalzo, Mateo se deslizó fuera de su habitación. La casa dormía, pesada bajo la noche. Cada paso por el pasillo crujía bajo sus pies, un eco en el silencio. Su corazón martilleaba contra sus costillas. Un halo pálido escapaba de la cocina. No encendieron la luz principal. Una sombra alta se recortaba contra la ventana, inclinada sobre la encimera. Reconoció la silueta. Julián. Mateo se detuvo en el umbral. Observó la escena. Julián no preparaba un refrigerio nocturno. Sus manos hurtaban entre los cajones de la alacena, aquellos mismos donde su madre guardaba los documentos importantes: las escrituras de la casa, los pagarés viejos, los papeles de la hipoteca. Una indignación helada lo recorrió. La ira hirvió, repentina y punzante. ¿Qué demonios hacía ese hombre? "¿Qué estás buscando?" La voz de Mateo sonó más ronca de lo que esperaba. El aire se electrificó. Julián se enderezó con una lentitud exasperante, sin sobresalto aparente. "Mateo. Qué sorpresa verte despierto." La voz de Julián era suave, casi complaciente. Un escalofrío bajó por la espalda de Mateo. Sus ojos oscuros brillaban con un brillo gélido. Mateo dio un paso adelante. Sus ojos se fijaron en la mano de Julián, que sostenía una pila de papeles. Reconoció la carpeta de su madre. La furia se encendió en su pecho como una brasa. "Suelta eso." Su voz era un gruñido bajo. Agarró el primer objeto que encontró en la encimera: un cuchillo de mantequilla con el mango de madera. Lo levantó, la punta roma apuntando a Julián. Julián sonrió, una curva lenta y perturbadora. No mostró miedo. Ni un atisbo de sorpresa. Parecía divertido, como si Mateo fuera un cachorro gruñón, no una amenaza real. "¿Un cuchillo de mantequilla, Mateo? ¿En serio?" Su tono destilaba burla. Dejó los papeles en la encimera con un gesto pausado, como si no hubiera prisa en el mundo. La calma de Julián era más intimidante que cualquier grito. "¿Por qué revisas las cosas de mi madre?" El agarre de Mateo en el cuchillo de mantequilla se hizo más fuerte, sus nudillos blancos. Quería que Julián se asustara. Quería que retrocediera. Julián se apoyó contra la encimera, brazos cruzados, una postura casual que desmentía la tensión en el aire. Sus ojos no dejaban los de Mateo. "Solo buscaba un poco de azúcar para mi té. Tu madre es un poco... desorganizada con estas cosas." Mentía. El té de Julián siempre era negro, sin azúcar. Mateo lo sabía. Su madre nunca dejaba el azúcar en la alacena de los documentos. Era una mentira burda, insultante. "No soy estúpido." El labio de Mateo se curvó. "Sé dónde guarda mamá sus cosas importantes. Sé lo que estabas haciendo." Julián inclinó la cabeza, una expresión de falsa comprensión en su rostro. "Ah, entiendo. El joven protector de la familia. Qué admirable. Pero sabes, Mateo, hay algunas cosas que no te hacen parecer tan fuerte." Su voz bajó, un susurro que portaba una amenaza silenciosa. "Por ejemplo, tu historial. Tus pequeños deslices. Esos que tu madre cree que superaste por completo. Me refiero a tus amigos problemáticos, tus escapadas nocturnas al parque. Esas pastillas de colores que te hacían sentir tan... invencible." La sangre se heló en las venas de Mateo. Su respiración se atascó en su garganta. ¿Cómo...? ¿Cómo lo sabía? Nadie, absolutamente nadie, conocía esos detalles. Había sido tan cuidadoso, tan secreto. Julián observó el cambio en su expresión, la palidez que invadió su rostro. Disfrutó de ello. "Oh, sí. Sé sobre la rehabilitación que tu madre te pagó, creyendo que era por 'estrés escolar'. Sé sobre las 'conversaciones' con tu consejero, donde admitiste probar un poco de todo. Y sé que, aunque ahora eres un chico bueno, un pequeño incidente, un arrebato de ira... podría hacer que todos esos viejos fantasmas regresaran. A los ojos de tu madre, claro." La burla en su voz era un veneno. El cuchillo de mantequilla se sintió ridículo, inútil. Julián no solo no temía, sino que lo había desarmado con palabras. Había investigado. Había desenterrado su pasado más oscuro, sus errores más dolorosos. Mateo se sintió expuesto, vulnerable. No era una amenaza vacía. Julián había compilado un expediente en su contra. Un arma. "¿Cómo lo sabes?" La pregunta apenas fue un soplo. Su voz temblaba a pesar de sus esfuerzos. "Tengo mis maneras." Julián se encogió de hombros, una indiferencia escalofriante. "Los secretos, Mateo, son solo información que no ha sido compartida aún. Y la información... tiene mucho poder. Especialmente cuando se usa en el momento adecuado. Imagina el dolor de tu madre si pensara que su hijo, el que lucha contra la depresión, el que se refugió en sustancias, ha vuelto a caer. Que incluso la ha atacado." Una náusea amarga subió por su garganta. Julián estaba dispuesto a destruir su reputación, a romper la confianza de su madre en él, solo para anularlo. Era una manipulación cruel, calculada. Había perdido la batalla antes de que comenzara. "Eres un monstruo." Las palabras salieron con dificultad, apenas audibles. La impotencia lo asfixiaba. Se sentía atrapado, una mosca en la telaraña de Julián. "Solo soy pragmático, Mateo." Julián dio un paso hacia él, la distancia se acortaba. "Tú eres el que está aquí, blandiendo un arma, actuando como un niño inestable. ¿Quién crees que te creerá? ¿Tu madre, que solo quiere paz? ¿O yo, el hombre que le ha traído un poco de felicidad después de tanto tiempo?" Julián extendió una mano, lenta y deliberadamente, hacia los papeles en la encimera. "Ahora, si fueras tan amable de soltar eso. No queremos que nadie se lastime, ¿verdad? Sería una pena que tu madre viera esta escena. Podría pensar que... bueno, que el estrés te está superando de nuevo." La respiración de Mateo se aceleró. Un dolor agudo se instaló en su pecho. El miedo lo inmovilizó. No podía hablar. No podía moverse. Julián tenía todas las cartas. Lo había atrapado. Mateo apretó los dientes, sus ojos ardían con lágrimas no derramadas. Odiaba a este hombre con una intensidad que lo consumía. Quería gritar, quería golpearlo, pero la amenaza de su pasado, la forma en que Julián lo usaría, era un grillete invisible. Un leve murmullo se escuchó desde el pasillo. Pasos lentos. El corazón de Mateo dio un vuelco. Su madre. Había escuchado algo. La luz del pasillo se encendió, proyectando una silueta familiar en la entrada de la cocina. "¿Mateo? ¿Julián? ¿Está todo bien? Escuché ruidos." Elena, con el cabello despeinado y los ojos adormilados, entró en la cocina. Miró de Julián a Mateo, la confusión cruzando su rostro. "Mamá, él estaba..." Mateo comenzó, su voz ronca con la urgencia de la verdad. Pero antes de que pudiera pronunciar una palabra más, Julián se movió. Swift como una culebra, Julián arrebató el cuchillo de mantequilla de la mano de Mateo. Con un gesto rápido y calculado, arrastró el borde no tan romo por la palma de su propia mano. Un pequeño gemido forzado escapó de sus labios. Una línea delgada de sangre apareció, roja y brillante, contra su piel. Sus ojos, llenos de una falsa agonía, se fijaron en Elena. "¡Elena! Gracias a Dios que has venido. Mateo... no sé qué le pasó. Se volvió loco. Me atacó con esto." ---

End of Chapter 6

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