Chapter 1 of 1

Un Salto al Pasado

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La luz plateada ya no era un simple punto de curiosidad. Había crecido, pulsando en el centro de la habitación de Gabriel, expandiéndose con una vida propia que irradiaba una calidez extraña, casi maternal. Gabriel, sentado en el borde de su cama sin hacer, con las sábanas revueltas como un nido abandonado, observaba la anomalía con la boca ligeramente abierta. Tenía veintiún años, una edad donde las fantasías se aferraban con la tenacidad de la hiedra, incluso cuando la realidad insistía en cortarlas. Su vida, tan cómoda, tan predecible, le sabía a poco. Anhelaba la clase de amor que se leía en los viejos libros, el tipo que desafiaba el tiempo, la lógica, incluso la muerte. Un amor épico. Y en esa búsqueda, su mente, tan brillante como inquieta, a menudo se volcaba hacia figuras históricas, hacia leyendas que prometían más que la cotidianidad de su siglo. “Quiero enamorar a alguien de otra era”, había susurrado hacía apenas unos minutos, con una voz que pretendía ser caprichosa, pero que vibraba con una desesperación secreta. “Quiero conocer a Juana de Arco. Sí. Quiero enamorarla”. Era una fantasía, claro, un juego que se permitía. ¿Quién, en su sano juicio, desearía algo tan descabellado? Pero el anhelo en su pecho era un pozo sin fondo, y esa noche, el pozo se había desbordado en palabras, en un deseo lanzado al vacío con la fuerza de un ruego. Un ruego, pensó, que nadie podría escuchar. Excepto, al parecer, la luz. El zumbido había comenzado suave, un murmullo eléctrico que se colaba bajo la puerta y vibraba en sus dientes. Ahora, el sonido crecía, llenando el espacio, un acorde sostenido que hacía temblar los cristales de la ventana. La luz, antes una esfera definida, se extendía como una membrana, ondulando, estirándose, sus bordes desdibujándose contra las paredes tapizadas con pósteres de películas y bandas de rock. El calor se intensificó, no un calor sofocante, sino uno que lo arropaba, lo invitaba. Una extraña mezcla de miedo y fascinación lo mantenía clavado en su sitio. La luz lo envolvió por completo. No hubo tiempo para gritar, ni siquiera para pensar. Fue como sumergirse en un mar de plata líquida. Sus pulmones no necesitaban aire. Su cuerpo se estiró, se comprimió, sus células parecieron danzar al ritmo de una canción ancestral. La familiaridad de su habitación se desvaneció, reemplazada por un torbellino de colores que no eran colores, formas que no eran formas, sonidos que se superponían y se distorsionaban en un caos sin sentido. Era una vorágine. Imágenes fugaces destellaban en su mente, más sensaciones que visiones: el rugido de una muchedumbre, el repicar de campanas lejanas, el grito de un halcón, el crujido de la madera, el relincho de un caballo. Eran instantáneas, retazos de un tiempo que no era el suyo, fragmentos que no podía asimilar, que se le escapaban como arena entre los dedos. Su cabeza giraba, el estómago se le revolvía. No había arriba ni abajo, ni delante ni detrás. Solo el implacable tirón de una fuerza invisible que lo arrastraba a través de un túnel oscuro, iluminado intermitentemente por destellos plateados. El zumbido se convirtió en un estruendo ensordecedor, una sinfonía de la creación y la destrucción. Sintió que mil manos lo tocaban, que mil voces le hablaban en lenguas muertas. Era el peso de la historia, de siglos de vida y muerte, de imperios que se alzaban y caían, de amores perdidos y batallas olvidadas. La calidez, antes reconfortante, se transformó en una presión agobiante, un abrazo de hierro que amenazaba con aplastarlo. Cerró los ojos con fuerza, deseando que terminara, que fuera un sueño, un error, cualquier cosa menos esta incomprensible agonía. La sensación de caída libre se acentuó, una picada vertiginosa hacia un abismo desconocido. Luego, con la misma brusquedad con la que había comenzado, todo se detuvo. El estruendo se desvaneció, la luz plateada se contrajo, desapareciendo en un instante. El aire frío y húmedo le golpeó la cara, un shock brutal. Sus pulmones se llenaron de un aliento helado, raspando su garganta. Cayó. No en el suelo blando de su habitación, sino en algo pegajoso, blando y frío. Un impacto que le dejó sin aliento, el sabor a tierra en la boca. --- Abrió los ojos. La oscuridad era casi total, solo rota por el parpadeo distante de lo que parecía ser un relámpago. Estaba tumbado boca abajo, con la cara hundida en un fango espeso y gélido. El olor lo golpeó de inmediato: a tierra mojada, a algo metálico, a un dulzor nauseabundo que su cerebro tardó en procesar. Sangre. Y algo más, un hedor a descomposición, a carne quemada, a muerte. Una lluvia fina y helada le picaba la piel expuesta, calando sus ropas ligeras de algodón. Se incorporó con dificultad, sus músculos rígidos y doloridos. El barro se aferraba a sus manos, a sus rodillas, un lodo viscoso que se negaba a soltarlo. Su mente, aún aturdida por el viaje imposible, intentaba darle sentido a la pesadilla. ¿Esto era real? El frío, el olor, la oscuridad, todo gritaba que sí. Su ropa de mezclilla y su camiseta de una banda de rock, tan inadecuadas, se empaparon al instante, pegándose a su cuerpo. El frío se le metió hasta los huesos. Temblores incontrolables lo sacudían. El campo. Estaba en un campo. Lodo hasta los tobillos, la hierba alta y mojada rozando sus piernas. Levantó la vista hacia el cielo, un manto de nubes bajas y grises que ocultaban cualquier estrella. Un trueno lejano retumbó, haciendo vibrar la tierra bajo sus pies. No había rascacielos, ni luces de la ciudad, ni el familiar rugido del tráfico. Solo la inmensidad del campo, la lluvia, y el viento gélido que silbaba entre los árboles distantes. El terror primario lo inundó, un miedo frío que le helaba la sangre. Esto no era la fantasía romántica que había imaginado. Esto era brutal, desconocido, peligroso. Su deseo caprichoso se había convertido en una realidad que lo golpeaba con la fuerza de un puño. ¿Qué había hecho? ¿Dónde estaba? Las respuestas se le negaban, dejando solo un eco de pánico en su pecho. Intentó gritar, pero su voz se quebró, ahogada por el nudo en su garganta. Era solo un débil gemido que el viento se llevó. Cada respiración le quemaba los pulmones. Se movió, arrastrándose más que caminando, sus pies hundiéndose en el fango con cada paso. Tropezó con algo duro. Una rama, pensó. No, era demasiado pesado. Tanteó en la oscuridad, sus dedos chocando contra una superficie fría y lisa. Metal. Un casco. Dejó escapar un jadeo ahogado y retiró la mano como si le quemara. Era hierro. Y cerca de allí, el olor a sangre era aún más fuerte, un regusto amargo en su boca. --- El siguiente relámpago iluminó el paisaje por un instante fugaz, revelando formas sombrías en la distancia. Árboles. Y algo más, montones irregulares que parecían ser... cuerpos. No podía ser. La luz se desvaneció, dejándolo en la oscuridad más profunda, pero la imagen se le grabó a fuego en la retina. Soldados. Muertos. El campo de lodo no era solo un campo; era un campo de batalla. Un cementerio húmedo y desolado. El aire se volvió más pesado, cargado de una humedad opresiva y el persistente olor a putrefacción. Sus dientes castañeteaban. Se abrazó a sí mismo, intentando retener el poco calor que le quedaba, pero sus esfuerzos eran inútiles. El frío lo calaba, amenazando con paralizarlo. Necesitaba refugio, necesitaba salir de allí. Pero ¿adónde? No había señales, no había caminos, solo la inmensidad hostil de la noche. Un sonido distinto, un crujido metálico y sordo, llegó con el viento. Se agachó instintivamente, su corazón latiendo como un tambor desbocado contra sus costillas. ¿Alguien más estaba allí? ¿Amigo o enemigo? En esta oscuridad, en este lugar desconocido, no había forma de saberlo. El miedo lo mantenía inmóvil, cada nervio tenso, cada sentido agudizado a la espera de un nuevo sonido, una nueva señal de peligro. La lluvia arreció, golpeando su cara con más fuerza, lavando el barro pero no el terror. Se arrastró de nuevo, arrastrando los pies a través del fango, sus ojos escudriñando la oscuridad en busca de cualquier cosa, de una luz, de una silueta. No había nada. Solo el viento, la lluvia, y el eco de sus propios pensamientos aterrorizados. Esto no era lo que había pedido. No era el romance épico, la conexión profunda. Era el terror. La soledad. La muerte. Otro relámpago, más cercano esta vez, rasgó el cielo. La luz blanquecina se extendió, iluminando el horizonte por unos segundos que se sintieron eternos. Y allí, más allá de la línea de árboles, pudo ver algo. Un mástil. Y ondeando al viento, empapado, pesado, un estandarte. Cuando el trueno rugió, un estandarte empapado ondeó a lo lejos, revelando un lirio dorado sobre un campo azul: el símbolo de Francia, pero con una mancha carmesí que no era parte del diseño.

End of Chapter 1

Chapter 1: Un Salto al Pasado - El joven que se enamoro de Juana de arco | Novel AI Studio