Chapter 2 of 2

Cenizas en el viento

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Tubos fluorescentes zumbaban en el techo, proyectando un brillo verde y enfermizo sobre la mesa de disección metálica. Olores a formol y carne podrida se adherían a las paredes húmedas de la morgue, una mezcla sofocante que habría hecho vomitar a cualquier otro hombre. Gabriel David contemplaba el vial de vidrio en su mano enguantada. No se inmutó. No parpadeó. Dentro del tubo, un líquido espeso y ámbar se separaba en capas distintas. Sus dedos permanecían perfectamente inmóviles, desafiando el temblor que solía apoderarse de los hombres tras treinta y seis horas sin dormir. Para él, el cuerpo humano era solo un rompecabezas biológico, una máquina que había dejado de funcionar, y este fluido era la clave para entender quién la había apagado. Sudor frío resbalaba por su cuello, empapando el cuello de su camisa azul desteñida. El aire acondicionado de la jefatura central había muerto hacía tres años, víctima del colapso de la infraestructura del país, dejando que el sótano de la morgue se cocinara en su propia humedad putrefacta. Gabriel ignoraba el calor, concentrándose por completo en el informe de cromatografía de gases que se imprimía en la vieja máquina de matriz de puntos. Agujas metálicas chirriaban arrastrando tinta sobre un papel amarillento y barato, llenando la sala con un ruido rítmico y molesto que rebotaba en las paredes de azulejos. Gabriel arrancó la hoja del alimentador antes de que terminara la última línea, con movimientos deliberados y carentes de prisa. Sus ojos escanearon los picos moleculares, siguiendo la firma química con la precisión fría de un depredador que rastrea a su presa. "Ketamina de uso clínico militar", murmuró para la sala vacía, su voz sonando como grava seca raspando contra el hormigón. No era una simple droga de la calle; se trataba de un anestésico especializado, altamente restringido y reservado exclusivamente para hospitales militares de alto nivel y laboratorios de experimentación estatal. Reactivos químicos escaseaban en este país olvidado por Dios. Había tenido que mezclar sus propias soluciones utilizando alcohol del mercado negro y ácido vencido, un proceso delicado que requería una atención absoluta. Una sola gota errónea habría arruinado la muestra entera, retrasando su investigación por semanas, algo que su obsesión por el control no podía permitir. Mirando los restos óseos sobre su bandeja, recordó el día en que su hermana desapareció. Valeria llevaba una cinta roja en el cabello, un contraste brillante contra el hormigón gris de las calles de Caracas. Él no había llorado cuando la policía abandonó la búsqueda a las cuarenta y ocho horas, ni había temblado cuando su madre se derrumbó de dolor. En cambio, había catalogado sistemáticamente las pertenencias de ella, buscando patrones, transformando su agonía en una ecuación matemática ejecutable. Su lógica fría era su único escudo contra la locura de este mundo. Sin ella, sería solo otra voz gritando en la oscuridad, otra alma rota rogando por misericordia en una tierra que no tenía ninguna que ofrecer. Calibró el espectrómetro improvisado, con los ojos reflejando la luz azul de la pantalla digital. Agarrando su chaqueta de cuero gastada, guardó el informe en el bolsillo interno, apretando la mandíbula mientras procesaba las implicaciones del hallazgo. Un detective común habría temblado ante la idea de la participación militar en un matadero caníbal, pero Gabriel solo sintió el clic satisfactorio de una pieza encajando en su lugar. Esto no era un acto aleatorio de violencia cometido por ciudadanos desesperados y hambrientos. Esto era organizado, clínico y amparado por el poder. Puertas de hierro pesado gimieron cuando se abrió paso fuera del sótano, dejando atrás la podredumbre fría de la morgue. El pasillo de la jefatura de policía olía a tabaco rancio, café quemado y al sudor desesperado de los ciudadanos que esperaban noticias de sus familiares desaparecidos. Caminó entre ellos sin mirarlos, con la vista fija en el frente, manteniendo su ritmo cardíaco en un compás plano e imperturbable. "¡Gabriel!", ladró una voz desde el extremo del pasillo, cortando el murmullo de la multitud. El comisario Bermúdez estaba de pie en el umbral de su oficina, con su abultada barriga tensando los botones de un uniforme manchado y el rostro encendido por la irritación. Grasa brillaba en la barbilla de Bermúdez, un remanente de la empanada que había estado devorando. Los ojos del comisario se movieron de un lado a otro por el pasillo, ansiosos y enrojecidos, antes de retirarse a su santuario privado con aire acondicionado. Gabriel entró, cerrando la pesada puerta de madera detrás de él, aislando el ruido de la multitud desesperada. Aire frío golpeó el rostro de Gabriel, un lujo reservado únicamente para los burócratas que dirigían el departamento mientras el resto de la ciudad se pudría. No se sentó en la silla de plástico que le ofrecieron. En su lugar, permaneció de pie ante el escritorio de caoba, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. "Este caso está cerrado, Gabriel", dijo Bermúdez, barajando una delgada carpeta de manila sobre su escritorio, dejando huellas grasientas en el papel. Evitaba mirar al detective directamente a los ojos. "La Bonanza es un basurero. La gente tiene hambre. Se matan por un saco de harina, por un par de zapatos. Fue una guerra de bandas. Un simple ajuste de cuentas entre bestias hambrientas". Silencio denso se extendió entre ambos, pesado y asfixiante, roto solo por el zumbido bajo del ventilador de mesa. Gabriel observó una mosca posarse en la esquina del escritorio del comisario, con las alas temblando. Su propio pulso seguía a sesenta latidos por minuto, con una respiración lenta y controlada. "¿Un ajuste de cuentas?", repitió Gabriel, con un tono carente de sarcasmo, pero lo suficientemente afilado como para cortar la endeble excusa del comisario. "¿Desde cuándo los pandilleros locales usan sierras quirúrgicas para amputar miembros con precisión milimétrica? ¿Desde cuándo limpian los huesos con solventes industriales para borrar el rastro de la médula?" "No sabes de lo que es capaz la gente cuando tiene el estómago vacío", espetó Bermúdez, golpeando el escritorio con las palmas de las manos. La madera crujió bajo su peso y una pila de papeles cayó al suelo. "No tenemos el presupuesto, el personal ni el tiempo para perseguir fantasmas. Ya firmé el informe de cierre. Es un asunto concluido. Vete a casa, Gabriel". Despacio, Gabriel metió la mano en su chaqueta, moviéndose con una deliberación desquiciante. Extrajo el informe de cromatografía doblado y lo dejó caer en el centro del escritorio, justo encima de la orden de cierre firmada por el comisario. "Lee la página tres", susurró Gabriel, inclinándose hacia adelante, apoyando los nudillos en el borde del escritorio. Su sombra se proyectó sobre el papel, bloqueando la luz de la ventana polvorienta. "Mira el compuesto químico resaltado en amarillo". Bermúdez frunció el ceño, tomando el papel con dedos torpes. A medida que sus ojos recorrían los datos técnicos, el color se drenó lentamente de su rostro hinchado, dejándolo de un tono grisáceo y enfermizo. Su nuez de Adán se movió al tragar saliva con dificultad. "¿Qué es esto?", murmuró el comisario, perdiendo su tono autoritario, reemplazado por un temblor de obvia inquietud. "Esto es chino para mí. Soy un policía, no un científico de laboratorio". "Es ketamina de grado militar", explicó Gabriel, bajando la voz a un registro peligrosamente bajo y gélido. "Un anestésico fabricado exclusivamente por el laboratorio central de las fuerzas armadas. No se vende en farmacias. No se puede conseguir en el mercado negro a menos que tengas conexiones directas en la cúpula del Ministerio de Defensa". "Esto significa que las víctimas estaban completamente paralizadas antes de ser descuartizadas", continuó Gabriel, clavando sus ojos en la mirada aterrorizada del comisario. "No murieron en una pelea callejera. Fueron mantenidas con vida, sedadas con precisión clínica, y luego desmembradas sistemáticamente mientras sus corazones aún bombeaban sangre". Gotas de sudor comenzaron a brotar en la frente de Bermúdez, uniéndose a la grasa de su barbilla en un brillo húmedo. Lanzó el papel de vuelta al escritorio como si fuera una brasa ardiente, con las manos tembándole visiblemente mientras intentaba encender un cigarrillo, fallando dos veces antes de lograrlo. "Estás jugando con fuego, Gabriel", siseó Bermúdez, expulsando una densa nube de humo gris para ocultar su nerviosismo. "Si los militares están metidos en esto, nos apartamos. Esa es la ley no escrita. Sabes cómo funcionan las cosas aquí. ¿Quieres desaparecer? ¿Quieres que tu cuerpo sea el próximo que encontremos en La Bonanza?" "Mi cuerpo no tiene ninguna importancia", respondió Gabriel, con el rostro completamente inexpresivo. "Pero tu carrera sí. Si este informe se filtra a la prensa internacional, si descubren que el comisario de este distrito encubrió una carnicería humana vinculada al ejército bajo la etiqueta de 'violencia de bandas', ¿dónde crees que terminarás?" "No solo te despedirán, Bermúdez", añadió Gabriel, con una calma espeluznante que cortaba el humo del tabaco. "Te usarán como chivo expiatorio. Serás el que pague los platos rotos para proteger a los generales. Terminarás en una celda común de El Helicoide, o en una fosa común". Apretando los puños, Bermúdez clavó la mirada en él, con los ojos inyectados en sangre reflejando una mezcla de terror y odio absoluto. Sabía que el detective tenía razón; en este sistema podrido, los eslabones más débiles siempre eran sacrificados para mantener intacta la cadena del poder. "Eres un psicópata, Gabriel", susurró Bermúdez, con la voz quebrada mientras se recostaba en su silla. "No te importan las víctimas. No te importa la justicia ni salvar vidas. Solo quieres resolver tu maldito rompecabezas, sin importar a quién destruyas en el camino". "Quiero la verdad", sentenció Gabriel, con voz plana. "Y para obtenerla, necesito este expediente. Acceso ilimitado. Sin interferencias de tu oficina. No volverás a hablar de archivar este caso". Rompiendo la orden de cierre por la mitad, Bermúdez arrojó los pedazos a la papelera con un insulto ahogado. Empujó la carpeta pesada del expediente hacia el detective, con el pecho agitado por respiraciones pesadas y desiguales. "Tómalo", escupió el comisario, negándose a mirarlo. "Tómalo y piérdete de mi vista. Si terminas muerto en una cuneta, escribiré personalmente el informe diciendo que te suicidaste, y dormiré como un bebé". Tomando la carpeta, Gabriel la acomodó debajo de su brazo. No pronunció una sola palabra de agradecimiento, ni mostró la menor reacción ante la ira del hombre. Diego media vuelta y salió, con sus pasos firmes resonando en el pasillo desierto. --- Calor sofocante lo golpeó como un impacto físico en el instante en que cruzó las puertas principales de la jefatura. El sol de la tarde caía implacable sobre el asfalto agrietado del estacionamiento, levantando ondas de aire distorisionado sobre el capó de su viejo sedán. Deslizándose en el asiento del conductor, permaneció en silencio unos minutos, permitiendo que la temperatura extrema inundara la cabina. El interior de vinilo estaba hirviendo, despidiendo un olor a polvo viejo, gasolina barata y plástico quemado. No encendió el motor de inmediato; prefirió abrir la carpeta de manila sobre sus piernas. Fotografías de la escena del crimen lo observaban desde el papel. Las imágenes en blanco y negro de los torsos y extremidades meticulosamente colocados en el vertedero reflejaban la mente metódica del carnicero. Su cerebro comenzó a reconstruir la escena, descartando el horror visual para centrarse únicamente en la física de los cortes, los ángulos de incisión y la fuerza ejercida sobre el hueso. Cada corte era limpio, evitando dañar la estructura ósea principal, excepto por los códigos de registro tallados quirúrgicamente en los fémures. Era el mismo sistema de numeración utilizado en el antiguo hospital psiquiátrico militar, el mismísimo lugar donde Valeria había sido ingresada antes de desaparecer sin dejar rastro. Un dolor sordo latió detrás de sus ojos, la única señal física del trauma que mantenía bajo llave en su mente. Se tocó la sien izquierda, donde una pequeña cicatriz marcaba el límite de sus recuerdos. Había dedicado años de su vida a extirpar su propia empatía, convirtiéndose en un cirujano de la investigación para no ahogarse en el dolor de su pérdida. Arrancando el motor, el automóvil cobró vida con un temblor violento que sacudió el volante. La radio vieja zumbaba con estática constante, un ruido blanco que prefería para aislarse del bullicio caótico de las calles caraqueñas. Condujo a través de las avenidas deterioradas, esquivando baches y sorteando las largas filas de ciudadanos hambrientos frente a los comercios vacíos. Decadencia era la única palabra que describía el paisaje. Se veía en las fachadas descascaradas de los edificios estatales, en las montañas de basura acumuladas en las esquinas y en las miradas vacías de los niños que deambulaban sin rumbo. La ciudad se desmoronaba, y el monstruo que perseguía no era más que un reflejo de ese colapso absoluto. Estacionándose cerca de un parque abandonado y cubierto de maleza seca, apagó el motor. El silencio dentro del vehículo se volvió absoluto, alterado únicamente por el chasquido del metal caliente bajo el capó. Abrió el expediente una vez más, comparando los códigos de los fémures con una lista escrita a mano que guardaba en su billetera. Números idénticos. El código de serie hallado en el fémur de la víctima de La Bonanza seguía la secuencia exacta de los pacientes del ala de experimentos genéticos del hospital en 2018. El número de Valeria se ubicaba justo a continuación en ese registro macabro, una confirmación matemática que heló la poca sangre cálida que aún corría por sus venas. Repentinamente, su teléfono personal, un dispositivo analógico barato con la pantalla astillada, vibró con fuerza en su bolsillo. El timbre agudo y estridente rompió la quietud de la cabina, rebotando contra los vidrios polarizados. Lo extrajo lentamente, con el dedo pulgar flotando sobre el botón de respuesta. Ningún número de identificación se mostraba en la pantalla, solo una hilera de ceros parpadeantes que desafiaban cualquier intento de rastreo. Presionó la tecla y se colocó el auricular en el oído, manteniéndose en absoluto silencio, esperando que el emisor tomara la iniciativa. Estática densa inundó la bocina, seguida de inmediato por un sonido perturbador que congeló sus sentidos: el crujido húmedo y espantoso de unos dientes triturando algo sumamente sólido, rompiendo fibras y astillando hueso con una lentitud deliberada. "Ella todavía tiene tu misma estructura ósea, Gabriel", susurró una voz ronca y sibilante del otro lado de la línea, justo antes de que la llamada se cortara por completo.

End of Chapter 2