Chapter 2 of 6
Capítulo 2: La Herencia de las Estrellas
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Gotas de sudor frío resbalaban por la frente de Marco Antonio Reo, mezclándose con la tinta barata que manchaba sus dedos. Sentado ante la mesa trémula del camarote de su hermana, ignoraba el persistente crujido de la madera del Viento del Norte. Sus dedos pasaron las páginas de pergamino grueso del diario robado al mensajero muerto de la Orden.
Afuera, el sonido rítmico de botas herradas resonaba contra los adoquines húmedos del muelle de la capital. Stella observaba a través de la rendija de la persiana de madera, con la mano derecha firmemente apoyada en el pomo de latón de su sable. El ambiente en el pequeño espacio apestaba a brea, salitre y al aceite quemado de la lámpara que oscilaba levemente sobre sus cabezas.
—La guardia eclesiástica ha duplicado las patrullas —susurró Stella, sin apartar la mirada de la bruma exterior—. Si encuentran ese libro aquí, nos colgarán del mástil más alto antes del amanecer.
—No lo harán —replicó Marco, con la voz ronca por las horas de silencio y obsesión—. No entienden lo que tienen. Míralo, Stella. Esto no es un simple registro de envíos de la Orden.
Con un golpe seco, extendió el diario abierto junto a uno de sus propios mapas de la Academia científica. La diferencia era tan evidente como un grito en una iglesia vacía. Puntos dorados dibujaban un cielo que desafiaba cualquier lógica astronómica aprobada por el Cardenal Malaspina.
—Es absurdo —murmuró Stella, acercándose de mala gana, su respiración formando una leve nube de vaho en el aire gélido del camarote—. Esas constelaciones no existen. No hay ninguna Estrella del Norte duplicada en el firmamento meridional.
—Porque nos han enseñado a mirar un cielo incompleto —declaró Marco, y sus ojos brillaron con una intensidad febril, casi maníaca—. La Orden ha distorsionado las cartas de navegación durante tres siglos. Este sistema estelar no coincide con nuestro firmamento porque solo es visible más allá de la frontera prohibida.
Señaló con el dedo índice un patrón de trazos geométricos que unía tres estrellas masivas en forma de tridente invertido. Su uña, agrietada por el frío, recorrió la línea manuscrita del mensajero muerto. Al lado del dibujo, una anotación en latín eclesiástico dictaba las coordenadas de una corriente marina ascendente.
—Estás demente —susurró ella, retrocediendo un paso, cruzando los brazos sobre su chaleco de cuero desgastado—. Quieres que guíe mi barco hacia el abismo basándote en los delirios de un clérigo muerto. El Viento del Norte es todo lo que tengo.
—¿Y qué es lo que tienes, Stella? —la interrumpió Marco, poniéndose de pie de un salto, haciendo que la mesa tambaleara—. ¿Un cascarón de madera vieja que transporta arenque salado y seda barata para los obispos? ¿Una vida entera mendigando permisos de navegación a hombres que escupen sobre nuestro apellido?
La capitana apretó los dientes, sintiendo cómo la mandíbula le dolía por la tensión acumulada. Sus ojos fijos en su hermano revelaban una mezcla de rabia y una profunda debilidad que odiaba admitir. Él conocía perfectamente sus ambiciones frustradas, el peso de llevar un navío mercante endeudado hasta las cuadernas.
—Tengo una tripulación que confía en mí —respondió ella, con la voz baja, peligrosa—. Hombres y mujeres con familias que alimentar. No los voy a arrastrar a una tumba de agua solo para que puedas demostrarle a un puñado de viejos académicos que tenías razón.
—No se trata de mí, se trata de la verdad —insistió Marco, dando un paso hacia ella, sosteniendo el diario como si fuera un objeto sagrado—. Mira los cálculos astronómicos. El ángulo de la declinación solar no miente. La curvatura que la Orden nos obliga a dibujar en los mapas oficiales es una aberración matemática armada para mantenernos encerrados.
Acercó el mapa oficial de la Academia a la luz de la lámpara de aceite. Con un trazo rápido de su pluma de ave, tachó la línea que marcaba el límite del mundo conocido, el llamado Margen del Silencio. Sus dedos temblaban, no de miedo, sino de una euforia desmedida que amenazaba con consumirlo por completo.
—Detrás de esa frontera no hay un vacío —siseó él, con el rostro a pocos centímetros del de su hermana—. Hay tierras. Continentes enteros que la Orden explota en secreto mientras nosotros nos pudrimos en este rincón del océano. Imagina lo que significa. Gloria eterna, Stella. Riquezas que harían palidecer al rey. Nuestro nombre escrito en la historia para siempre.
Silencio denso se apoderó del camarote, interrumpido únicamente por el golpeteo del agua contra el casco exterior. Stella miró el papel amarillento, las constelaciones imposibles que parecían burlarse de toda su educación formal. Sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral al procesar la escala de la mentira que su hermano describía.
—¿Y si fallamos? —preguntó ella, sintiendo que su resolución comenzaba a resquebrajarse ante la ardiente convicción de Marco—. Si la Orden nos intercepta antes de cruzar la frontera, no habrá juicio. Nos arrojarán al fondo del mar con grilletes en los tobillos.
—No fallaremos —aseguró Marco, tomándola de los hombros con una fuerza que ella no sabía que él poseía—. Los astros mismos demandan nuestra partida. Es una alineación única que no se repetirá en cien años. El camino está abierto ahora, Stella. Solo tenemos que cruzarlo.
Mirándola a los ojos, vio la chispa de la duda transformarse en el peligroso fuego de la ambición. Ella apartó las manos de su hermano de un manotazo, pero la decisión ya estaba tomada en su mente. Dio media vuelta, caminó hacia la puerta del camarote y la abrió de golpe, llamando a su primer oficial con un grito firme.
—¡Keelan! —bramó Stella hacia la cubierta principal—. Prepara a la tripulación. Izad las velas menores y apagad todas las linternas de posición. Nos marchamos ahora mismo, sin hacer ruido.
Marco sintió una oleada de triunfo recorrer su pecho, una euforia tan intensa que le dificultaba respirar. Su mente trabajaba a mil revoluciones por minuto, visualizando las nuevas rutas, los nuevos cielos, la caída definitiva de la soberbia eclesiástica que lo había humillado. Guardó el diario bajo su gabardina de viaje, asegurándolo contra su pecho como si fuera su propio corazón.
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Saliendo a la cubierta, el aire frío de la noche golpeó sus rostros con violencia. La niebla del puerto de la capital era tan espesa que apenas permitía ver a unos metros de distancia, un velo grisáceo que ocultaba los movimientos del navío. La tripulación se movía como sombras eficientes, soltando las amarras de cáñamo mojado con un sigilo ensayado en mil noches de contrabando.
Stella se colocó junto al timón, con las manos firmes sobre las gruesas cabillas de madera. Su mirada escudriñaba la oscuridad del muelle, buscando cualquier señal de alarma por parte de las patrullas de la guardia. La corriente comenzó a arrastrar suavemente al Viento del Norte lejos de los muelles de piedra, hacia la boca de la bahía.
—Todo listo, capitana —susurró Keelan, un hombre robusto de piel curtida, acercándose con pasos rápidos—. Salimos sin levantar sospechas en los puestos de vigilancia del canal central.
—Mantén el rumbo hacia el cabo exterior, Keelan —ordenó ella, sin bajar la guardia—. No cantéis victoria hasta que hayamos dejado atrás las fortalezas costeras.
Marco observaba desde la barandilla de popa, contemplando cómo las luces de la ciudad que lo había rechazado se desvanecían lentamente en la penumbra. Sintió un desprecio profundo por aquellos que preferían vivir en la ignorancia protegida por los muros de la fe oficial. La verdad estaba allá afuera, esperándolo en la inmensidad del océano prohibido.
Repentinamente, un zumbido sordo vibró en el aire húmedo, haciendo temblar la madera bajo sus pies. Stella frunció el ceño, agudizando el oído mientras el sonido se transformaba en un rugido mecánico que conocía demasiado bien. El olor a carbón quemado y aceite pesado comenzó a desplazar la brisa pura del mar.
Desde la niebla del puerto, tres fragatas de guerra acorazadas con la heráldica de la Orden encienden sus cañones de proa, apuntando directamente al casco de madera del navío de Stella.