Felicidad vibraba en sus venas. Manfred se movía entre la élite, una sonrisa perpetua en sus labios. No era una máscara. Su alegría era genuina, contagiosa, un don que lo hacía bienvenido en cualquier salón, incluso en la opulenta gala de debut de la Princesa Seraphim. Luces de araña brillaban como estrellas caídas.
Murmullos de admiración llenaban el gran salón. Seda y encaje flotaban en el aire. La fragancia de lirios y jazmines se mezclaba con el aroma de costoso champán. Manfred sentía la energía, una ola de euforia que lo impulsaba a compartir su propia luz.
Ofreció un brindis a un anciano duque. Compartió una risa con una baronesa. Su presencia era un imán, disipando la rigidez habitual de tales eventos. La gente se relajaba a su alrededor, sus rostros tensos cediendo a sonrisas despreocupadas.
Seraphim, la anfitriona, descendía la gran escalera. Parecía una visión. Su vestido de seda, de un blanco inmaculado, se arrastraba con gracia. Joyas centelleaban en su cuello y muñecas, capturando cada destello de luz.
Ojos violeta, profundos y misteriosos, escudriñaban la multitud. Una corona diminuta, pero regia, se posaba sobre su cabello oscuro y trenzado. Ella era la razón de esta reunión, el centro silencioso de cada mirada. Una belleza fría, casi distante, pero innegablemente poderosa.
Manfred la observaba desde la distancia. Sentía una punzada de algo más que su habitual alegría. Una especie de reverencia, una silenciosa admiración. Su corazón latió un poco más rápido.
Decidió acercarse. Un impulso repentino, irresistible. Quería ofrecerle una sonrisa, su particular bendición de felicidad. Quería ver esos ojos violeta suavizarse, aunque fuera un poco.
Se abrió paso entre los invitados. Cada paso lo acercaba a la princesa. Llevaba una copa de champán, el burbujeante líquido frío contra su palma. Sus pensamientos, inusualmente, no estaban en la multitud, sino solo en ella.
Un pie mal puesto. Un leve tropiezo en la alfombra persa. Su equilibrio falló. El cristal se inclinó, el champán, un chorro dorado, voló por el aire. Tiempo pareció ralentizarse.
Salpicó. Directamente sobre el pecho del vestido de Seraphim. La seda blanca absorbió el líquido, una mancha oscura y creciente expandiéndose sobre la tela impoluta. Un gasp colectivo recorrió el salón.
Un silencio opresivo cayó sobre todos. Los murmullos cesaron. Los violines callaron. El sonido de su propia respiración resonaba en los oídos de Manfred. Su rostro se sintió arder.