Chapter 1 of 1
Capítulo 1: El Pacto Inesperado
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Harold baila con los dedos sobre el teclado, un torbellino de movimientos precisos. Los clics son un ritmo familiar en el silencioso apartamento, un zumbido constante bajo el suave rock que a Lidia le gusta escuchar. Sus ojos, normalmente agudos y concentrados en el campo de batalla pixelado de Aethelburg Online, se desvían hacia la ventana. La luz del sol, débil y pálida, se esfuerza por perforar el cielo perpetuamente nublado de la ciudad. Él lo prefiere así, la luz tenue es perfecta para sus dos monitores de 32 pulgadas, cuyo resplandor se refleja en sus pupilas oscuras.
Un pequeño suspiro escapa de sus labios. Esta es su vida: codificar proyectos freelance de día, dominar las tablas de clasificación de noche. Una buena vida, piensa, una vida cómoda. El tenue aroma a incienso de cereza de Lidia flota desde la sala de estar, un dulce contrapunto al ligero olor a café viejo. Sonríe, una sonrisa privada y satisfecha. Ella probablemente está tumbada en el puf gigante, dibujando otro diseño macabro en su cuaderno, o quizás leyendo una de sus colecciones de poesía oscura.
Escucha el crujido de las tablas del suelo, luego el suave andar de pies descalzos. Un momento después, un par de brazos frescos y esbeltos se envuelven alrededor de su cuello, con un leve olor a pachulí y el dulzor metálico de su tinte de cabello. Lidia apoya la barbilla en su hombro, su cabello rojo sangre, una cascada vibrante, haciéndole cosquillas en la mejilla. Su aliento, cálido contra su oído, le envía un escalofrío por la espalda.
"¿Otra vez salvando el mundo virtual, mi campeón?" Su voz es un ronroneo bajo, una melodía de burla juguetona y afecto genuino.
Harold se inclina hacia atrás, el peso de ella una presión reconfortante. "Alguien tiene que hacerlo. Y además, un cliente paga por este 'salvar el mundo'. Necesitamos esos fondos para comprar más pintura negra para tus uñas, ¿no crees?" Le guiña un ojo, un destello travieso en su mirada.
Ella ríe, un sonido ronco y delicioso que siempre logra aflojar algo apretado en su pecho. "Cierto. La estética gótica no es barata, ¿sabes? Pero mi arte requiere sacrificios." Ella le muerde el lóbulo de la oreja juguetonamente, y él se retuerce, escapándosele una risa.
Su mirada se desvía hacia su reflejo en el monitor. Sus ojos almendrados, delineados con un espeso kohl, brillan con una inteligencia perversa. Su piel pálida contrasta bruscamente con los intrincados tatuajes que serpentean por sus brazos, un tapiz de espinas y flores oscuras. Un piercing de septum plateado reluce mientras ella se mueve. Ella es hermosa, de una manera cruda y sin disculpas que todavía lo sorprende a veces.
"¿Terminas pronto?" Sus dedos, adornados con una colección de anillos de plata antiguos, trazan la línea de su mandíbula. "El café se enfría, y mi creatividad se nutre de la cafeína... y de tu presencia." Su voz baja, una invitación flotando en el aire.
Harold mira el temporizador de su juego. Faltan diez minutos para terminar esta incursión en la mazmorra. "Casi. Solo necesito asegurar este último botín para el clan." Se mueve, su mente ya a medio camino hacia ella. Le encantan estos momentos, la mezcla perfecta de sus vidas. Su impulso competitivo equilibrado por su calma bohemia. Es una sinergia perfecta.
Siente sus labios presionarse contra su sien, un beso suave y prolongado. "Te espero. Y no olvides que hoy toca noche de cine. Escogí una de zombis con mucho gore. Tu favorita."
Harold sonríe. "Suena perfecto." La escucha retirarse, el suave sonido de sus pasos desvaneciéndose. Su concentración vuelve a la pantalla, pero una calidez se extiende por él, una tranquila satisfacción. Termina la incursión, su equipo asegura la victoria, y sale del juego, reclinándose en su silla, estirando los brazos por encima de la cabeza. Está listo para Lidia, para el gore, para el ritmo cómodo de su tarde.
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Empuja su silla hacia atrás, las ruedas gimiendo suavemente sobre la alfombra gastada. Sus músculos duelen agradablemente después de horas encorvado sobre el escritorio. Mientras busca sus auriculares, una pequeña e insistente vibración zumba desde su monitor secundario. No es un correo electrónico de un cliente, no es un mensaje del clan. Es una notificación de una plataforma que rara vez usa, una asociada con su pasado competitivo: *Nexus Prime League*.
Frunce el ceño. No ha competido seriamente en *Nexus Prime* en años. No desde… no desde Damián. Un destello de inquietud se agita en su estómago. Lo descarta, diciéndose que probablemente es solo una actualización genérica, una estrategia de marketing. Aun así, su curiosidad le gana. Hace clic en la notificación.
La pantalla parpadea, revelando una interfaz de un blanco puro con el logotipo audaz y familiar del torneo Nexus Prime. Un correo electrónico, no de la liga oficial, sino de un remitente privado. El nombre le corta la respiración: *Judith*.
Se queda mirando el nombre, una ola de recuerdos lo inunda. Judith. Su antigua rival. Aguda, astuta, con una intensidad que podía cortar el cristal. Habían chocado a menudo en los primeros días de su carrera, sus partidas legendarias por su ferocidad. No había pensado en ella en años, no realmente. No desde que decidió alejarse de la escena competitiva, buscando una vida más tranquila.
El asunto de su correo electrónico es corto, directo y perturbadoramente confiado: "Una oportunidad que no puedes rechazar."
Harold se inclina más hacia la pantalla, una extraña mezcla de aprensión y respeto a regañadientes le tensa los hombros. ¿Qué podría querer Judith? Abre el correo electrónico.
El texto es conciso, sin preámbulos. "Harold, sé que te has alejado de esto, pero el torneo de este año es diferente. No es solo un juego. Hay más en juego de lo que imaginas. Necesito un equipo, y te necesito a ti. Tu talento es... irremplazable. El premio es sustancial, sí, pero lo que ofrezco es mucho más que dinero. Es una oportunidad para... reescribir viejas historias. Piénsalo bien. La inscripción cierra en 48 horas."
Sin cumplidos, sin un "Hola, ¿qué tal?". Solo la fuerza bruta de su ambición, su inquebrantable creencia en sus habilidades, y esa frase críptica e inquietante: "reescribir viejas historias". ¿Qué significaba eso? ¿Y "más en juego de lo que imaginas"? Su estómago se contrae. Judith nunca fue de hipérboles. Si lo decía, lo decía en serio.
Relee el mensaje, su mente acelerada. *Nexus Prime*. Era el más grande. El más prestigioso. El lugar donde se forjaban leyendas. Y se rompían. Recuerda la presión, las noches sin dormir, el esfuerzo implacable. Recuerda la cara burlona de Damián después de su última y aplastante derrota. Se había alejado de todo eso, contento de construir una vida donde esas sombras no pudieran alcanzarlo.
Sin embargo, una parte de él, una parte competitiva profundamente enterrada, siente un temblor. La emoción del desafío. El atractivo de probarse a sí mismo, no solo a Judith, sino al fantasma de su pasado. Y luego está la inquietud, un nudo frío formándose en su pecho. Judith no solo lo 'necesitaba'; ella lo 'necesitaba' a *él*. Sus palabras llevaban un peso que se sentía más pesado que una simple invitación a un torneo. Se sentía como una citación.
Se aleja del escritorio de nuevo, esta vez con más fuerza. El zumbido silencioso de los ventiladores de su computadora de repente se siente demasiado fuerte. El cómodo silencio del apartamento ahora parece amplificar las vibraciones inquietantes del mensaje de Judith. Mira el reloj. 48 horas. No queda mucho tiempo. Necesita pensar. Pero más que eso, necesita entender. ¿A qué estaba jugando Judith? ¿Y por qué ahora?
Se pone de pie, camina hacia la ventana, mirando el cielo gris. Las luces de la ciudad comenzaban a parpadear, apagadas por la luz del día que se desvanecía. Se frota la nuca, un hábito cuando está estresado. Esto no era solo otro juego. El tono de Judith, su urgencia, su propia aparición después de todos estos años... todo se sentía como un precursor de algo mucho más grande, algo que no podía comprender del todo. La idea de volver a esa arena, de enfrentarse a esos viejos demonios, lo emocionaba y lo aterrorizaba a la vez.
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Una repentina ola de agotamiento lo invade. Necesita despejar su mente. Sale de su oficina, el resplandor de los monitores se desvanece detrás de él. El apartamento está en silencio, Lidia probablemente todavía absorta en su cuaderno de bocetos. La encuentra en la sala de estar, acurrucada en el puf, con una taza de café medio vacía en el suelo a su lado. Su cabello rojo fuego se extiende como un abanico sobre la tela oscura, y sus ojos, normalmente tan intensos, están cerrados en concentración mientras su carboncillo se desliza por la página.
Se acerca en silencio, sus pasos amortiguados por la alfombra gruesa. La observa por un momento, admirando la delicada curva de su cuello, la forma en que su ceño está ligeramente fruncido por el esfuerzo artístico. Su vestido de encaje gótico, una intrincada red de tela negra, se extiende a su alrededor. Él ama a esta mujer, su pasión tranquila, su feroz lealtad, su ser sin complejos. Siente una punzada de culpa, deseando no haber permitido que el mensaje de Judith interrumpiera su paz, la paz de ellos.
"¿Qué tienes ahí?" Pregunta suavemente, sin querer asustarla.
Sus ojos se abren de golpe, oscuros y sorprendentemente alertas. Una pequeña sonrisa juega en sus labios cuando lo ve. "Harold. Ya era hora. Estaba a punto de venir a secuestrarte." Se incorpora, estirándose lánguidamente, su cuerpo una línea grácil. "Es un nuevo diseño para un colgante. Un cuervo sosteniendo una lágrima de ónix." Ella gesticula vagamente hacia el cuaderno, pero aún no se lo muestra.
Él se sienta en el suelo junto a ella, apoyando la cabeza en el puf. La calidez de su pierna contra su brazo es instantáneamente reconfortante. "Suena... muy tú." Sonríe.
"¿Y tú, qué tal? Has estado muy callado desde que saliste de tu guarida de cables. ¿Problemas con un dragón digital?" Ella extiende la mano, sus dedos encuentran los suyos, entrelazándolos. Su tacto es firme, tranquilizador.
Él duda. ¿Cuánto debería decirle? ¿Todo el peso de su pasado con Judith y Damián? ¿O solo los hechos básicos? Decide esto último, por ahora. "No, no un dragón. Algo... inesperado. Me llegó una invitación al torneo Nexus Prime."
Su agarre se tensa, casi imperceptiblemente. Él la mira, pero su expresión es ilegible, sus ojos fijos en un punto más allá de su hombro. "Ah, ¿sí? ¿Y de quién?" Su voz es suave, demasiado suave.
Harold saca su teléfono del bolsillo. "De Judith." Abre el correo electrónico, girando ligeramente la pantalla para que ella pueda verlo. "Mira. Dice 'Una oportunidad que no puedes rechazar'. Es bastante... insistente."
Los ojos de Lidia, esos llamativos orbes rojo sangre, bajan a la pantalla. Harold la observa, tratando de medir su reacción. Un músculo de su mandíbula se contrae. Sus labios, normalmente de un borgoña mate intenso, se aprietan en una fina línea. Luego, solo por una fracción de segundo, tan rápido que casi se lo pierde, una sombra, oscura e ilegible, cruza su rostro. Desaparece tan pronto como aparece, reemplazada por su expresión habitual, plácida, casi distante. Él parpadea, preguntándose si lo imaginó, atribuyéndolo a la tenue luz que se filtra a través de las pesadas cortinas.
Su pulgar, sin embargo, comienza a trazar círculos lentos y deliberados en el dorso de su mano. Es un gesto de consuelo, uno que ella usa a menudo. Pero la presión... se siente diferente esta vez. No es solo afectuosa. Es posesiva. Es un agarre.
Sus dedos se aprietan alrededor de los suyos, un agarre posesivo, casi desesperado. No es doloroso, pero es firme, una fuerza que no había sentido en ella antes. Su pulgar roza la plata fría de sus anillos, y siente el temblor inesperado en la mano de ella. Un escalofrío recorre su propio brazo. Vuelve a mirarle la cara, pero su expresión es cuidadosamente neutra, sus ojos rojo sangre ahora simplemente reflejan el brillo de la pantalla de su teléfono. La sombra estuvo definitivamente allí. Y el agarre. Se siente como si ella se estuviera aferrando a él, no solo físicamente, sino como si intentara anclar algo, o evitar que se alejara.