Estalló. Un chasquido húmedo, como un coco rompiéndose bajo un martillo, resonó en el pequeño matadero. La luz roja del láser desapareció. Héctor, el carnicero, se desplomó hacia adelante, su frente abierta en un cráter oscuro y sanguinolento. Fragmentos de hueso y tejido cerebral salpicaron la pared de azulejos blancos detrás de él. Su cuerpo se convulsionó una vez, luego se quedó inmóvil, una marioneta sin cuerdas.
Gabriel se lanzó. La inercia de su propio movimiento lo llevó al suelo de cemento, arrastrando la silla. El olor metálico de la sangre fresca ya era abrumador. Otro disparo. Un agujero limpio apareció en el azulejo justo donde la cabeza de Gabriel había estado un segundo antes.
Instinto puro tomó el control. No hubo pensamiento, solo una descarga brutal de adrenalina. Agarró el tobillo inerte de Héctor. El cuerpo era pesado, flácido. Gabriel tiró con toda su fuerza, arrastrando al carnicero detrás de él, lejos del mostrador y la ventana abierta.
Balas rasparon el metal del marco. Un sonido seco y cortante. Cristal estalló, lloviendo sobre ellos. Gabriel se impulsó, ignorando el dolor punzante en su rodilla al chocar con el suelo. Arrastró a Héctor más, pasando por charcos resbaladizos de sangre y serrín, hacia la enorme nevera industrial de acero inoxidable que dominaba una esquina.
Colisionó contra su fría superficie. El cuerpo de Héctor cayó con un golpe sordo, un peso muerto y pesado. Gabriel se agachó, encogiéndose, el corazón martilleando contra sus costillas. Más disparos, ahora impactando la pared sobre ellos, astillando los azulejos, dejando marcas oscuras de plomo.
El aire se llenó de polvo, pólvora y el hedor a sangre. Su boca estaba seca. Un sabor ferroso se le subió por la garganta. La voz de Héctor, los gritos de terror, resonaban en su cabeza. “La mansión. La niebla alta.” Las últimas palabras del carnicero, ahora un eco de una condena. Héctor había pagado el precio por hablar.
Un escalofrío helado, más frío que el acero de la nevera contra su espalda, lo recorrió. Esto no era un asesinato aleatorio. Esto era un mensaje. Su sistemático, calculado acercamiento se había desmoronado en segundos. Había subestimado a sus enemigos. Los había tratado como un problema que resolver, no como depredadores que lo veían como una amenaza.
Sentía la furia, fría y dura, como una daga de hielo en su pecho. No era la rabia explosiva y ciega. Era una ira calculada, precisa. Había elegido la distancia, la lógica, el análisis. Eso lo había mantenido a salvo en el pasado, lo había protegido del fracaso. Lo había protegido de la impotencia cuando su hermana desapareció.
Ya no. Ya no era solo un investigador, un observador. Era un objetivo. Estaba en su punto de mira. La línea se había borrado. El juego había cambiado. Era una cacería.
Los disparos disminuyeron, pero no cesaron del todo. Eran más espaciados ahora, buscando, sondeando. No estaban disparando para matar al azar. Estaban intentando inmovilizarlo, forzarlo a salir, o quizás, simplemente disfrutar del terror.
Escuchó el clic distante de un cerrojo, el suave arrastrar de algo pesado. Una puerta. ¿Estaban entrando? El matadero tenía solo una entrada principal y una puerta trasera de carga. Gabriel se deslizó, asomándose apenas por el borde de la nevera. La ventana rota mostraba un tramo de camino de tierra, cubierto por la niebla que comenzaba a bajar de las montañas, envolviendo el caserío.
Nada. Nadie. El tirador era un fantasma. La precisión del disparo inicial le decía que la distancia era considerable. El ángulo, desde la colina que dominaba el pueblo. Un francotirador profesional. O alguien con un entrenamiento y equipo muy serio.
El silencio se hizo más denso, pesado, cortado solo por el goteo de la sangre de Héctor contra el suelo de cemento. Gabriel se arrastró, pegado al suelo, hacia la puerta de la oficina del carnicero, que estaba abierta de par en par. Necesitaba un arma. Algo. Lo que fuera.
Su mano se extendió. Tocó la empuñadura de un cuchillo de carnicero. Largo, pesado, con el filo reluciendo incluso en la penumbra del cuarto. No era una pistola, pero era algo. Se aferró a él, el metal frío y familiar en su palma. Un objeto de defensa primitiva.
Se levantó lentamente, sus músculos tensos, cada fibra de su ser alerta. El matadero era un laberinto de ganchos colgantes, mesas de corte y la maquinaria oxidada que Héctor había usado por años. Lugares para esconderse, sí, pero también lugares para quedar atrapado.
El aire gélido de la nevera se filtraba por las rendijas. Observó los ganchos de acero, esperando una sombra, un movimiento. Su respiración era superficial. El pulso seguía acelerado, pero la mente de Gabriel se había aclarado. El pánico inicial había sido reemplazado por la fría lógica que siempre lo definía. Necesitaba salir. Necesitaba sobrevivir.
Recordó la mansión, “la niebla alta”. Un lugar desolado, aislado. Eso encajaba con el perfil de un grupo que operaba en las sombras. Héctor le había dado la clave. Esa era la razón por la que lo habían silenciado. Tenían miedo. O al menos, querían eliminar cualquier cabo suelto.
Caminó de puntillas, el cuchillo en alto, su silueta diluyéndose entre las sombras. Cada crujido del suelo, cada ráfaga de viento que se colaba por la ventana rota, lo ponía al límite. Su formación militar de años atrás, latente, ahora se activaba. Había aprendido a moverse sin hacer ruido, a evaluar un entorno hostil.
Salió por la puerta trasera, que Héctor solía dejar ligeramente abierta para la ventilación. El viento frío le azotó el rostro. La niebla era ahora una manta espesa, blanca, que reducía la visibilidad a unos pocos metros. Era un regalo y una maldición. Podría ocultarlo. Pero también podría ocultar a sus atacantes.
Se movió hacia el borde de la propiedad, hacia el camino de tierra que llevaba a la carretera principal. Su coche estaba estacionado a unos cien metros de distancia. Una carrera a campo traviesa a través de la densa niebla. Un blanco fácil. Necesitaba pensar. Necesitaba un plan para salir de la trampa.
Se agachó tras un seto cubierto de rocío, observando. La oscuridad se profundizaba, la visibilidad caía a cero. El matadero ahora era solo una silueta sombría, engullida por la niebla y la noche. Los disparos habían cesado por completo. Una calma tensa. Demasiado tensa.
Su teléfono vibró contra su muslo. Un sobresalto recorrió su cuerpo. ¿Quién? ¿La policía? ¿Un contacto? Sacó el dispositivo con mano temblorosa. Era un número desconocido. No lo reconocía. Dudó un instante, su dedo suspendido sobre la pantalla.
La curiosidad, o quizás el desafío, fue más fuerte que la precaución. Deslizó para contestar. Llevó el teléfono a su oído. Solo el zumbido de la estática al principio. Luego, una voz. Un susurro, bajo y escalofriante, casi inaudible sobre el viento. Una voz modulada, distorsionada digitalmente. Una voz que era puro hielo.