Chapter 1 of 1

La Sangre de Cadereyta

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Gotas de humedad resbalaban por las vigas oxidadas del techo, cayendo con un eco metálico constante sobre el cofre de una vieja cisterna abandonada. Olor a diésel rancio, mezclado con el hedor de la pólvora quemada y el sudor frío de los sentenciados, inundaba cada rincón de la bodega de Cadereyta. Sofía se mantenía inmóvil a mi lado izquierdo, con la espalda completamente rígida y las manos apretadas en puños ocultos tras su espalda. Podía escuchar su respiración acelerada, un compás errático que delataba el pánico absoluto que intentaba ocultar bajo una fachada de recluta implacable. "Míralos bien, nena", susurré, inclinándome lo suficiente para que mi aliento rozara la curva de su cuello tenso. "Esos tres pensaron que podían jugar en dos tableros a la vez sin que yo me diera cuenta de sus movimientos". Tres hombres atados con alambre de púas a pesadas sillas de hierro ocupaban el centro del espacio, iluminados por un único reflector colgado del techo. Sus rostros eran una masa deforme de hematomas purpúreos y sangre seca, resultado de tres horas ininterrumpidas de interrogatorio por parte de mis soldados. Ramiro, el que alguna vez fue uno de mis mejores escoltas en la frontera de Nuevo Laredo, alzó la cabeza con una dificultad extrema. "Jonathan... por lo que más quieras, patrón... no sabíamos que ese cargamento de huachicol era de los contrarios", balbuceó, escupiendo un diente roto. Escupió un coágulo de sangre sobre el suelo de concreto, buscando clemencia en mis ojos vacíos de toda empatía. Caminé lentamente a su alrededor, disfrutando del crujido de la grava y el aserrín bajo la suela de mis costosas botas de piel de cocodrilo. Cada paso que daba aumentaba la tensión en el lugar, convirtiendo el silencio en una tortura psicológica insoportable para los traidores. Sostuve la pistola escuadra de calibre .45 con ligereza, sintiendo el peso reconfortante del acero negro que se había convertido en mi único aliado fiel. "Mentir es un arte que requiere inteligencia, Ramiro, y tú siempre fuiste un idiota útil", respondí con una calma glacial. Registros del C5 de San Pedro muestran tu camioneta saliendo de la refinería con tres tanques que no reportaste en la bitácora de la Operativa. "¿Pensaste que la tecnología que yo mismo instalé para vigilar el estado no registraría tu pequeña aventura nocturna?", añadí, deteniéndome justo a su espalda. Un gemido sofocado escapó de los labios de Sofía, quien dio un sutil paso atrás, asustada por el tono mortal de mi voz. Me giré hacia ella, deteniendo mi caminata para observarla con detenimiento, analizando cada línea de su rostro pálido y hermoso. Su belleza era un contraste exquisito con la sordidez de esta bodega abandonada, una joya que planeaba pulir y poseer por completo en mi harem personal. "Acércate, Sofía", le ordené, extendiendo mi mano libre hacia ella con un gesto que no admitía réplicas ni vacilaciones. "Quiero que veas de cerca el precio exacto de la deslealtad en la Operativa Sombras del Norte". Ella vaciló un segundo, pero el magnetismo de mi autoridad la arrastró hacia mí, obligándola a dar tres pasos temblorosos. Tomé su mano, encontrando sus dedos helados, y la obligué a sostener conmigo la empuñadura de mi pistola, apuntando directo a la cabeza de Ramiro. "Siente el peso del metal", murmuré al oído de la joven, sintiendo cómo se estremecía ante mi cercanía física y espiritual. "Tú decides si eres la mano que ejecuta la ley o la basura que termina bajo tres metros de tierra en el desierto". Ramiro comenzó a sollozar abiertamente, dándose cuenta de que sus súplicas no tenían ningún valor frente a mi implacable necesidad de orden. "¡Jonathan, por favor! ¡Tengo familia, mi esposa, mis hijos en Nuevo Laredo!", gritó con desesperación absoluta, sacudiendo la silla con fuerza estéril. Aquellas palabras dispararon un resorte oculto en lo más profundo de mi mente, desenterrando recuerdos de mi propia infancia abandonada. Recordé el frío del suelo donde dormía de niño, el hambre que me devoraba las entrañas mientras veía a otros tener un hogar seguro. Nadie se preocupó por mí entonces; nadie me tendió una mano cuando el mundo me dejó de lado como si fuera basura desechable. Entendí desde muy joven que el amor de familia es una ilusión barata que la gente usa para ocultar su debilidad intrínseca. Solo el poder absoluto, el control férreo sobre la vida de los demás, podía llenar ese abismo de soledad y abandono que cargaba dentro. Esa supuesta familia es un lujo que perdiste en el momento en que decidiste robarle a la organización, Ramiro. Un estallido brutal rompió la calma de la noche, ensordeciendo nuestros oídos mientras el cuerpo de Ramiro se sacudía violentamente antes de quedar inerte. Sangre y restos de materia gris salpicaron el suelo de concreto, formando un charco oscuro que avanzó lentamente hacia nuestras botas. Sofía cerró los ojos con fuerza, ahogando un gemido de puro terror, pero no permití que se apartara de mi lado. "Abre los ojos, hermosa", le ordené con suavidad sádica, obligándola a presenciar el resultado final de su bautizo de fuego. "Aún nos quedan dos más por limpiar antes de que termine la noche". Aquel segundo desertor, un tipo apodado el Chango, comenzó a hiperventilar, intentando inútilmente morder las cuerdas que ataban sus muñecas ensangrentadas. "¡No me mates, patrón! ¡Yo te digo dónde guardaron el dinero del huachicol! ¡Son millones!", chilló, con los ojos desorbitados por el horror. "Ese dinero ya es mío, Chango, solo que tú aún no te habías enterado", respondí, soltando la mano de Sofía para avanzar solo hacia él. Cada centavo robado en Cadereyta ya estaba siendo rastreado por mis hackers a través de las cuentas fantasmas que usaban para ocultarlo. Nada escapaba a mi red de vigilancia tecnológica; el C5 de San Pedro trabajaba para mí, convirtiendo a todo el estado en mi patio de recreo. Apunté directo al pecho del Chango, justo sobre el tatuaje de la Santa Muerte que ostentaba con orgullo estúpido en su piel sucia. "Que tu patrona te reciba con los brazos abiertos", dije, antes de jalar el gatillo dos veces en rápida sucesión. Dos detonaciones idénticas resonaron en el espacio cerrado, apagando sus gritos y dejando un silencio denso, casi tangible, en la bodega. Humo gris subía perezosamente desde la recámara de mi arma, mezclándose con el olor metálico de la muerte que ahora dominaba el lugar. Miré al tercer traidor, un muchacho joven que apenas pasaba de los veinte años, reclutado de las colonias marginadas de Monterrey. Mantenía la cabeza baja, murmurando una oración entre dientes, esperando con resignación digna el golpe de gracia que sabía inevitable. "¿Tienes algo que decir antes de irte al infierno?", le pregunté, sopesando el arma en mi mano derecha mientras daba un paso adelante. "Solo que no serás el rey para siempre, Jonathan... alguien más fuerte vendrá por ti", respondió, mirándome fijamente a los ojos con odio. Sonreí con desprecio, divirtiéndome por su vana esperanza de justicia en un mundo que solo entendía el lenguaje de la fuerza bruta. "Que vengan", susurré, colocando el cañón justo entre sus cejas antes de presionar el gatillo por última vez. Aquel disparo final retumbó con fuerza, poniendo fin a la rebelión interna de esta facción que había osado desafiar mi liderazgo. Tres cadáveres colgaban ahora de sus ataduras, mudos testigos de que la Operativa Sombras del Norte no toleraba la menor muestra de debilidad. --- Minutos más tarde, la calma regresó a la bodega mientras el humo comenzaba a disiparse a través de las rendijas de las paredes de lámina. Sofía seguía de pie en el mismo sitio, contemplando la escena con una mezcla de horror y fascinación morbosa que no podía ocultar. Me acerqué a ella con pasos felinos, colocándome a su espalda para envolverla en un abrazo frío que la hizo estremecer de pies a cabeza. "Ahora eres parte de esto, Sofía", le dije al oído, sintiendo el aroma dulce de su perfume mezclarse con el olor a muerte de la bodega. "Tu lealtad me pertenece por completo, al igual que tu cuerpo y cada suspiro que des de ahora en adelante". "Haré lo que me pidas, siempre que me mantengas a tu lado en la cima de este imperio", susurró ella, rindiéndose ante mi dominio. Satisfecho con su sumisión, me aparté de ella y caminé hacia los cuerpos para revisar las pertenencias de los desertores asesinados. Mis hombres de confianza entrarían pronto para limpiar el lugar, disolviendo los restos en ácido para no dejar rastro alguno de la ejecución. Saqué un pañuelo de seda fina de mi bolsillo interior para retirar la mancha húmeda que sentía sobre mi piel. Cuando Jonathan se limpia la sangre de la mejilla, el teléfono de uno de los cadáveres vibra con un mensaje del Comandante Franco: 'La purga comenzó antes; limpia a tu gente primero'.

End of Chapter 1