Chapter 1 of 1
Chapter 1: El Regreso del Cuervo
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Luz azulada bañaba el rostro de Gabriel. La pantalla del monitor parpadeaba, un mosaico de código intrincado. Sus dedos volaban sobre el teclado, ágiles, precisos. Cada línea, un ladrillo más en la fortaleza digital que construía. El silencio del apartamento era su santuario, roto solo por el clic rítmico de las teclas y el zumbido apenas audible de la torre de su PC. Horas se habían disuelto así, como bits de información en la vasta red. Había olvidado el mundo exterior. Había olvidado incluso la hora. Solo existía el problema, la solución. Un bucle perfecto de concentración.
Un crujido distante rompió la burbuja. Gabriel frunció el ceño. Pensó en su madre, Camila, quizás regresando antes. Pero el sonido no era el habitual giro de la llave. Era más bien un roce, suave, casi furtivo. Su mirada no se despegó de la pantalla de inmediato. Una línea de código incompleta lo retenía.
Luego, un sonido diferente. La puerta del apartamento se abrió con un deslizamiento casi imperceptible. No hubo golpe. No hubo chirrido. Solo la apertura silenciosa de una barrera. El aire de la sala, antes estático, se agitó levemente. Una corriente fría. Gabriel sintió un escalofrío que no era del aire acondicionado.
"Así que este es el famoso genio," una voz fría cortó el silencio. No era la voz de su madre. Era grave, arrastrada, con un filo de acero. Gabriel se tensó, sus músculos se anudaron. Giró la silla lentamente, el corazón latiéndole en las costillas. Vio una silueta alta y esbelta en el umbral, recortada contra la luz tenue del pasillo. Una sombra que se movía con una confianza depredadora.
Ricardo 'El Cuervo' Rojas. El nombre resonó en la mente de Gabriel como un eco de historias olvidadas, cuentos de advertencia de la juventud de su madre. Nunca lo había visto en persona, solo en fotografías descoloridas. Pero la figura que ahora invadía su espacio era inconfundible. Su cabello oscuro y liso caía sobre sus hombros. Los ojos, oscuros y hundidos, parecían ver a través de él. Una sonrisa helada se extendió por su rostro, no de alegría, sino de cálculo.
Ricardo dio un paso, luego otro. Sus movimientos eran fluidos, sigilosos, cada uno enviando una onda de malestar por la columna de Gabriel. La presencia del hombre llenaba la sala, sofocando el aire. El olor a tabaco y algo metálico, como sangre seca, flotó hacia él. Gabriel sintió cómo su garganta se cerraba. Intentó hablar, pero solo un sonido ahogado escapó de sus labios secos.
"No has cambiado nada, Camila," dijo Ricardo, pero sus ojos estaban fijos en Gabriel. La burla en su voz era palpable. "Sigues rodeándote de debiluchos." Dio otro paso, cerrando la distancia entre ellos. La silueta se hizo más nítida, revelando la musculatura tensa bajo una chaqueta de cuero ajustada. Gabriel sintió el instinto de levantarse, de correr, pero sus extremidades parecían clavadas a la silla. El miedo le había puesto grilletes.
"¿Quién... quién eres?" logró balbucear Gabriel, aunque ya sabía la respuesta. La palabra sonó patética, infantil, incluso para sus propios oídos. Su voz apenas fue un susurro. La vergüenza de su propia impotencia ya comenzaba a burbujear en su estómago, una sensación ácida y amarga.
"¿Quién soy?" Ricardo ladeó la cabeza, la sonrisa de hielo se amplió. "Soy alguien que tu madre conoce muy bien. Alguien a quien traicionó." Sus palabras eran dagas. El tono de su voz bajó un octava, volviéndose más amenazador. No había ira descontrolada en él, sino una frialdad calculada. Eso lo hacía más aterrador.
Gabriel retrocedió instintivamente en su silla, chocando contra el escritorio. Sus manos temblaban, apretando los brazos del asiento. Su mente buscaba una salida, una línea de código que pudiera desactivar esta amenaza. Pero no había algoritmos para el pánico. Solo la cruda realidad de un hombre imponente, acercándose con intenciones siniestras.
"Ella no está aquí," dijo Gabriel, la voz un poco más fuerte, aunque aún temblorosa. Quería proteger a su madre, aunque no sabía cómo. Una parte de él esperaba que mencionar su ausencia hiciera que Ricardo se marchara. Fue una esperanza tonta. Ricardo simplemente se rió, un sonido seco y desagradable que rasgó la quietud.
"Lo sé, muchacho. Y eso es precisamente por qué estoy aquí." Los ojos de Ricardo se fijaron en los de Gabriel, un brillo oscuro en sus profundidades. "Ella confía en que su nido está seguro. Confía en su pequeña creación. Qué lástima que su pequeña creación sea tan frágil." Extendió una mano enguantada. No era un saludo. Era una amenaza velada, una exhibición de poder que no necesitaba ser verbalizada.
El puño de Ricardo se movió. No vio el golpe venir, no realmente. Solo sintió el impacto, una explosión de dolor en el lado derecho de su cara. Su cabeza se sacudió violentamente hacia un lado. Un sabor metálico inundó su boca. El mundo giró. Su silla se tambaleó, perdió el equilibrio y cayó de espaldas con un golpe sordo. El teclado y el ratón se deslizaron ruidosamente por el escritorio, cayendo con un estrépito. El monitor parpadeó, luego se fue a negro.
Gabriel estaba en el suelo. Dolor vibraba en cada fibra de su ser, pulsando en su mandíbula. Su labio sangraba, la sangre caliente y pegajosa. Sus ojos se abrieron, desenfocados, y vio las botas pulcras de Ricardo frente a él. La bota se adelantó un poco, deteniéndose a centímetros de su rostro. Una burla silenciosa. El aire olía a tierra y a pólvora. Se sentía pequeño, insignificante, un insecto bajo una lente de aumento.
Ricardo se agachó, su rostro ahora muy cerca del de Gabriel. Los ojos oscuros brillaban con una malicia contenida. "Esto es solo el comienzo, muchacho. Dile a tu madre que el Cuervo ha vuelto. Y que el respeto que le robó, se lo voy a arrancar, pedazo a pedazo." La voz de Ricardo era un susurro, pero cada palabra resonó como un trueno en la cabeza aturdida de Gabriel. La amenaza no era solo física; era una invasión de su hogar, de su paz, de su propia identidad.
La impotencia lo ahogaba. Sus puños se apretaron, pero no tenía la fuerza para levantarse, mucho menos para contraatacar. Nunca había estado en una pelea. Su campo de batalla eran los circuitos y las líneas de código, no los golpes y la brutalidad. La humillación se grabó a fuego en su alma. Estaba tendido en el suelo de su propio apartamento, vulnerable, incapaz de defenderse. Incapaz de defender a nadie. La idea de que su madre lo viera así le revolvió el estómago. Quería desvanecerse, desaparecer de la existencia.
Ricardo se incorporó lentamente, como si disfrutara del espectáculo de la miseria de Gabriel. Miró alrededor del apartamento, sus ojos escaneando cada detalle, como si estuviera marcando su territorio. Una risa corta y sin humor escapó de sus labios. "Un día, sabrás lo que se siente que te quiten lo que es tuyo. Todo. Y entonces, quizás, la entenderás." Con esas palabras, Ricardo se dio la vuelta. Sus pasos fueron tan silenciosos al salir como al entrar. La puerta se cerró con el mismo deslizamiento inquietante. El silencio regresó, pero ahora era un silencio denso, pesado, cargado de miedo.
Gabriel se quedó allí, en el suelo frío. Su mandíbula dolía. Su labio palpitaba. Intentó levantarse, apoyándose en el escritorio, pero sus piernas temblaron. El mareo lo invadió. Cada movimiento era una punzada de dolor. Se arrastró hasta su silla, luego se sentó, el cuerpo adolorido. Sus ojos estaban fijos en la pantalla negra, un reflejo de su propia oscuridad interior. Las lágrimas de frustración y rabia se agolparon, pero las contuvo. No podía permitirse esa debilidad. No ahora.
Un sonido, esta vez familiar, lo sobresaltó. El giro de una llave en la cerradura. El sonido de la puerta abriéndose de nuevo, pero con la familiaridad de su madre. El pánico se disparó en su pecho. Camila no podía verlo así. No podía saber lo que había pasado. La humillación ya era un peso insoportable. Si ella lo veía, sabría lo inútil que era.
Intentó limpiarse la sangre del labio con la manga de su camiseta, pero solo la extendió. El pánico lo hacía torpe. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, un tambor de terror. Quería esconderse, quería gritar, pero se congeló. El tiempo pareció ralentizarse. Escuchó los pasos de su madre en el pasillo, ligeros, rítmicos. Cada paso era una cuenta regresiva para la revelación.
Mientras la sangre de su labio mancha su teclado, Gabriel ve la silueta de su madre, Camila, regresando a casa, sin percatarse del depredador que acaba de irrumpir en sus vidas, y la impotencia lo consume.