Frío mordía el aire de la sala de guerra. Seis hombres robustos, pilares del imperio de Anaik, se sentaban rígidos alrededor de la mesa de metal pulido. Sus rostros, endurecidos por la disciplina y la crueldad, reflejaban una tensión palpable. Anaik ocupaba la cabecera, su presencia una losa de hielo.
Observaba a cada uno, sus ojos oscuros como pozos sin fondo. Los informes sobre la reciente purga, la ‘cosecha’ inicial en el Sector Gamma, se habían distribuido. Los números eran impresionantes, el éxito innegable. La energía oscura, ahora cuantificable, fluía. Pero Anaik no buscaba números. Buscaba lealtad, una devoción inquebrantable a su visión.
“Resultados,” dijo Anaik, su voz un susurro que cortaba el silencio. “General Valerius, comience.”
Valerius se aclaró la garganta, la acción apenas audible. Era un hombre de mediana edad, con cicatrices que atestiguaban años de servicio. Su postura, normalmente firme como una roca, parecía contraída. Presentó los datos con precisión militar, cada gráfico y estadística impecable. Habló de la eficiencia de la extracción, la capacidad de los nuevos concentradores, la docilidad, forzada, de los ‘sujetos’.
Había un desliz, casi imperceptible. Un microsegundo de vacilación antes de pronunciar la palabra “docilidad”.
Anaik lo notó. Cada fibra de su ser estaba sintonizada con las vibraciones más mínimas de debilidad. El General continuó, su tono monocorde, pero Anaik vio la ligera sombra en sus ojos, una inquietud que no encajaba con la brutalidad que se les exigía.
“La tasa de conversión es superior a la proyectada,” Valerius explicó, señalando un diagrama con un dedo tembloroso. “Sin embargo, los informes del Dr. Elías sugieren una… volatilidad inesperada en la energía cosechada. Podría requerir un refinamiento adicional de los métodos, para evitar pérdidas o… reacciones adversas.”
Anaik se inclinó ligeramente, sus ojos clavados en Valerius. “¿Reacciones adversas, General? Explíquese.”
El General tragó saliva. “Algunos sujetos, según los informes preliminares del personal de campo, mostraron una… resistencia inusual en los momentos finales. Una especie de sobrecarga. El Dr. Elías lo atribuye a una ‘conciencia residual’ de la energía. Podría, en teoría, afectar la pureza del producto final.”
Una arruga se formó entre las cejas de Anaik. Conciencia residual. La idea era, en sí misma, una blasfemia contra su pragmatismo. La energía era un recurso. Un mero combustible.
“¿Y su evaluación, General?” La voz de Anaik era baja, peligrosamente tranquila. “¿Cree que esta ‘conciencia’ es un factor significativo?”
Valerius enderezó los hombros. “Con todo respeto, señor, mi preocupación es la eficiencia operativa y la seguridad del personal. Si la energía no es estable, o si la resistencia de los sujetos escala, podríamos enfrentar problemas logísticos, incluso sublevaciones localizadas. Sugiero un estudio más profundo antes de una expansión a gran escala.”
Los otros generales mantuvieron sus ojos fijos en la mesa, su silencio un peso opresivo. Nadie se atrevía a intervenir. La sugerencia de Valerius, aunque velada en términos de eficiencia, era una crítica implícita. Cuestionaba la mecánica, sí, pero también la premisa subyacente. La moralidad, el horror de lo que estaban haciendo, flotaba en el aire, intocable, pero presente.
Anaik se reclinó en su asiento. Una sonrisa fría, más un tic nervioso, curvó sus labios. “Entiendo su cautela, General. Es prudente asegurar la estabilidad. Pero la expansión no es una sugerencia; es una orden. La ‘cosecha’ se intensificará. Cualquier ‘resistencia’ es un problema de control, no de método.”
Sus ojos barrieron la mesa, deteniéndose en cada rostro, deteniéndose un poco más en Valerius. “Cualquier debilidad, ya sea en los sujetos o en nuestros propios rangos, será erradicada. No hay espacio para la vacilación. La supervivencia de nuestra nación depende de esta energía. Depende de nuestra inquebrantable determinación.”
Valerius asintió, su rostro pálido. “Entendido, señor. Las órdenes serán ejecutadas.”
Anaik no dijo más. La reunión continuó con informes de otros frentes, pero la semilla de la duda ya había germinado en su mente. La expresión de Valerius, la cautela en su voz, el modo en que evitó la mirada de Anaik. Era una grieta. Y las grietas, en su mundo, se propagaban rápidamente si no se sellaban con sangre.
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Horas más tarde, la oficina de Anaik estaba sumida en una penumbra artificial. La ciudad, debajo, era una cuadrícula de luces distantes, ajenas al cálculo frío que se tejía en las alturas. Anaik contemplaba el mapa holográfico de la nación. Los puntos rojos, marcando los centros de ‘cosecha’, se estaban multiplicando.
Valerius. Un buen general, fiel durante años. Pero la lealtad de un hombre se corrompía con la moral, un veneno lento y silencioso. Anaik no podía permitirse el lujo de la moral. No en la cúspide del poder. La debilidad era un lujo, una enfermedad que devoraba desde dentro.
Debía investigar. No directamente. Sus métodos eran más sutiles, más insidiosos. Tenía informantes, una red de ojos y oídos que se extendía por todos los niveles del gobierno y el ejército. Pequeñas moscas que zumbaban en las sombras, trayéndole susurros y revelaciones.
Ordenó un seguimiento discreto sobre Valerius. Nada obvio. Solo una observación de sus comunicaciones, sus movimientos, sus contactos fuera del deber. Anaik no creía en la coincidencia. La vacilación de Valerius podía ser una semilla plantada por ‘El Eco’. O tal vez, simplemente, la suya propia.
No importaba. Ambas eran amenazas.
El frío de la noche se asentó en los huesos de Valerius mientras regresaba a su residencia. El motor de su vehículo blindado zumbaba suavemente, una melodía monótona que no lograba calmar su mente. La imagen de los ojos de Anaik, fríos y penetrantes, se negaba a desaparecer.
Había sentido el peligro. Había visto a otros generales desaparecer por menos, por una sugerencia malinterpretada, por un gesto de independencia. Valerius había intentado enmarcar sus objeciones en términos pragmáticos, pero sabía que Anaik veía a través de tales fachadas. El líder había visto su reticencia, su, para Anaik, deplorable humanidad.
Su hogar era un refugio, un santuario de relativa normalidad. Su esposa y sus hijos dormían en los pisos superiores. Valerius se sentó en su estudio, el peso de sus decisiones aplastándolo. La ‘cosecha’ era una atrocidad. Él lo sabía. Lo había justificado a sí mismo con el argumento de la necesidad, la supervivencia de la nación. Pero cada informe, cada detalle sobre la extracción de almas, carcomía su conciencia.
Se sirvió un vaso de un licor fuerte, el ámbar líquido temblando ligeramente en su mano. La culpa era un veneno lento. La duda, una herida abierta. Anaik no toleraba ni uno ni lo otro. Valerius sabía que estaba en un precipicio. Un paso en falso, una palabra mal dicha, y caería.
Pensó en la resistencia. En los rumores de ‘El Eco’. Había desestimado esas historias como propaganda, como fantasías de mentes débiles. Pero ahora, la idea de una fuerza que se opusiera a Anaik, que luchara contra esta oscuridad, comenzaba a resonar de una manera peligrosa en su interior. Un anhelo de algo más allá de la obediencia ciega.
Una vibración en su intercomunicador lo sobresaltó. Era el guardia de la entrada principal. “General, ha llegado un paquete para usted. Sin remitente. El mensajero ya se ha ido.”
Valerius frunció el ceño. Eran casi las dos de la madrugada. No esperaba nada. “Envíelo a mi estudio. Y refuerce la vigilancia.”
Minutos después, un joven soldado, visiblemente nervioso, entregó una pequeña caja de cartón envuelta en papel marrón. Valerius la tomó, la ligereza del objeto contrastando con la pesadez de su presentimiento. El soldado se retiró con un saludo apresurado.
Desgarró el papel. Dentro, sobre una cama de serrín, yacía un pequeño muñeco. Era burdo, hecho de trapo oscuro y ramas secas, con botones por ojos. Parecía una figura ancestral, un tótem de una magia olvidada. Clavado en su pecho, con un diminuto alfiler de plata, había una nota doblada. Su corazón martilleó contra sus costillas.
Sus dedos temblaron al desdoblar el papel. La escritura era precisa, pulcra. Un mensaje breve y helado, que le quitó el aliento. Esa noche, Valerius recibió un paquete anónimo que contenía un pequeño muñeco de vudú, clavado con una nota: 'El Eco sabe lo que piensas'.