Frío glacial se adhería a los antiguos muros del palacio, un recordatorio constante de la estación y, quizás, de la atmósfera que Anaik había forjado. Sus pasos resonaron en los pasillos de mármol, cada eco una afirmación de su presencia innegable. La corte, antes un nido de víboras bajo el reinado de su padre, ahora se movía con una cautela casi religiosa. El miedo era el nuevo dios, y Anaik, su sumo sacerdote.