Chapter 2 of 7
Capítulo 2: El juramento sobre la madera rota
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Relámpagos agrietaban el cielo plomizo sobre el puerto de Oakhaven, descargando una furia eléctrica que hacía temblar las cuadernas del *Aethelgard*. Truenos ensordecedores ahogaban el clamor de las sirenas de alarma de la ciudad. Detrás de la cortina de agua, las siluetas negras de las fragatas acorazadas de la Cartocracia se alineaban como colmillos de hierro, bloqueando la única salida al mar abierto. Su presencia era una promesa implícita de muerte.
Dentro del camarote de popa, la atmósfera era asfixiante. El calor del fogón de hierro fundido distorsionaba el aire, mezclándose con el olor a madera húmeda y cera derretida. Marco sostenía contra su pecho el pesado marco de roble del retrato familiar, con los nudillos tan blancos que la piel parecía a punto de rasgarse. Sus dedos trazaban el rostro pintado de su padre, Arthur Reo, cuyos ojos severos parecían juzgar la locura de su empresa.
"Suéltalo, Marco," ordenó Stella, con una frialdad que helaba la sangre más que la tormenta exterior.
"Es lo único que nos queda de él," replicó Marco, con la mandíbula tensa y la voz rota por la desesperación. "Si quemamos esto, será como si la Cartocracia hubiera logrado borrar su existencia por completo. No puedo permitirlo."
Stella dio un paso al frente, con las botas de cuero chirriando sobre las tablas del suelo. Le arrebató el lienzo de las manos con un movimiento brutal y certero. Sus ojos oscuros, cargados de una determinación feroz, se clavaron en los de su hermano sin un solo atisbo de duda.
"Nuestro padre está muerto, y nosotros lo estaremos pronto si seguimos aferrándonos a sus fantasmas," sentenció ella, con los dientes apretados. "La Cartocracia quiere colgarnos de un mástil. Si quieres sobrevivir para demostrar que sus teorías eran ciertas, debes dejar de llorar sobre su tumba."
Con un gesto rápido, Stella arrojó el retrato al interior del fogón abierto. Las llamas lamieron instantáneamente el barniz antiguo, haciendo que la pintura se ampollara y se retorciera. El rostro de Arthur Reo se desvaneció en una humareda negra y densa que ascendió hacia el techo.
Marco ahogó un grito, dando un paso hacia el fuego, pero el brazo de su hermana se interpuso como una barra de hierro. Ella lo empujó hacia atrás, obligándolo a mirar cómo el pasado se convertía en cenizas grises. Una furia fría y calculadora emanaba de cada poro de la capitana, transformando su propio temor al olvido en una fuerza destructiva.
"Mírame," exigió Stella, agarrándolo por la solapa de la chaqueta empapada. "No dejaremos que nos olviden. Escribiremos nuestros propios nombres en los mapas que aún no existen, pero para hacerlo, debemos morir para el viejo mundo hoy mismo."
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Fuera del camarote, la cubierta era un caos de hombres desesperados. Cuarenta proscritos, contrabandistas y desertores del imperio corrían bajo el azote de la lluvia, tratando de asegurar los cabos mientras las olas golpeaban el casco con violencia. Ninguno de ellos quería terminar sus días en las prisiones de la Cartocracia, pero el miedo a la tormenta y a las fragatas enemigas paralizaba sus movimientos.
Stella subió al alcázar de un salto, desenvainando su daga con un destello metálico que rivalizó con los relámpagos. La tripulación se detuvo, contemplando a su capitana bajo el aguacero. El agua resbalaba por su rostro, pero su postura era tan firme como el mástil mayor.
"¡Escuchadme, escoria de mar!" rugió Stella, su voz resonando con una autoridad incuestionable sobre el rugido del viento. "Esos barcos de guerra que veis ahí fuera creen que nos tienen acorralados. Piensan que somos ratas asustadas listas para ser ahogadas en su trampa de metal."
Nadie se atrevió a interrumpirla. Los marineros la miraban fijamente, conteniendo el aliento mientras el viento del norte azotaba sus ropas mojadas.
"Se equivocan," continuó ella, con una sonrisa salvaje que desafiaba a la tormenta. "Hoy no huimos para escondernos. Hoy navegamos hacia la libertad que nos robaron. Más allá de la Gran Grieta no hay leyes, no hay imperios, y no hay nadie que pueda decirnos dónde termina el mundo."
Caminó hacia el fogón exterior que los marineros usaban para calentar la brea. Con paso firme, introdujo la hoja de su daga directamente en las brasas ardientes. El metal comenzó a brillar con un tono anaranjado, luego rojo, reflejándose en sus pupilas dilatadas.
Marco la observaba desde la escotilla, con el corazón golpeando con fuerza contra sus costillas. Sabía lo que su hermana planeaba hacer y la locura que representaba, pero el terror lo mantuvo inmóvil, incapaz de articular palabra alguna.
Stella sacó el arma incandescente del fuego. Sin titubear un solo segundo, levantó su mano izquierda y presionó la hoja al rojo vivo contra la palma de su mano. El siseo de la carne quemándose fue seguido de inmediato por un humo blanco con un olor rancio que ascendió hacia la lluvia.
Un gemido ahogado escapó de los labios de algunos tripulantes. Stella apretó los dientes con tanta fuerza que un hilo de sangre brotó de su labio inferior, pero no emitió un solo grito de dolor. Sus ojos permanecieron fijos en la tripulación mientras grababa las coordenadas del códice prohibido directamente en su propia carne.
"Este es mi juramento," siseó ella, arrojando la daga humeante a las maderas de la cubierta. "Nuestra ruta está sellada en mi sangre. Quien intente dar la vuelta o acobardarse, conocerá el filo de mi acero antes de que el mar reclame su cuerpo. ¡Izad las velas!"
Un rugido de aprobación estalló entre los proscritos. El miedo que antes los paralizaba se transformó instantáneamente en una devoción ciega y fanática hacia la mujer que acababa de marcar su destino con fuego.
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Maniobrando en la penumbra, el *Aethelgard* soltó sus amarras y se deslizó silenciosamente por las aguas revueltas del puerto. Marco se posicionó junto al timonel, con los ojos fijos en las luces de posición de las fragatas imperiales. Sus manos, aún temblorosas, sostenían el sextante y las anotaciones del Códice de la Aurora bajo un trozo de lona para protegerlos de la lluvia.
"Se están moviendo," advirtió Marco, con la voz ahogada por la tensión. "La fragata del flanco izquierdo está cerrando el ángulo. Si no cambiamos el rumbo ahora, nos embestirán antes de que podamos ganar velocidad."
"Mantén el rumbo," ordenó Stella, aferrando el timón con su mano vendada, donde la sangre ya empapaba la tela basta. "No esquivaremos sus líneas. Pasaremos directamente a través de ellos."
"¡Es un suicidio!" gritó Marco, sintiendo que la arrogancia analítica de su mente chocaba contra la temeridad indomable de su hermana. "Su blindaje destruirá nuestra madera en un segundo."
"Confía en mi barco, hermano," respondió ella, con una mueca de orgullo temerario. "Y confía en tu propio mapa."
Un cañonazo iluminó la oscuridad a estribor. Una enorme columna de agua se alzó a pocos metros del casco, salpicando la cubierta con una fuerza descomunal. El impacto de la onda expansiva hizo que el *Aethelgard* se inclinara peligrosamente hacia un lado, obligando a los marineros a aferrarse a los cabos para no ser arrastrados por la borda.
"¡Fuego de respuesta!" ordenó Stella, pero no para atacar a las fragatas. "¡Disparad las cargas de distracción a la línea de flotación del muelle este!"
Los cañones del *Aethelgard* tronaron, pero sus proyectiles no buscaron el metal de los acorazados. Impactaron contra los viejos almacenes de carbón del puerto, desatando una serie de explosiones secundarias que iluminaron la noche con un fulgor anaranjado. El humo denso y negro de las detonaciones se mezcló con la niebla de la tormenta, cegando los puestos de tiro de la Cartocracia.
Aprovechando la confusión, el navío de madera se deslizó como un espectro entre las dos fragatas de vanguardia. Los disparos imperiales pasaron zumbando por encima de las jarcias, rasgando parte del velamen, pero sin lograr detener el avance del barco fugitivo.
Libre de las cadenas del puerto, el *Aethelgard* se adentró en las aguas turbulentas del océano exterior, dejando atrás los faros de Oakhaven y la tiranía de la Cartocracia. El viento soplaba con una fuerza salvaje, impulsándolos hacia los límites del mundo conocido.
Marco exhaló un suspiro de alivio, creyendo por un instante que el peligro inmediato había pasado. Se acercó a la bitácora para verificar su posición con la brújula de navegación, esperando encontrar la estabilidad de las agujas apuntando al norte magnético.
Justo cuando el *Aethelgard* rompe el bloqueo exterior, el mar se tiñe de un color rojo fosforescente y las brújulas empiezan a girar violentamente en sentido contrario a las agujas del reloj.