Chapter 1 of 4
Chapter 1: La hora dorada sobre tejados ensangrentados
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Viento caliente silbaba en mis oídos, una canción familiar mientras mis pies se deslizaban por el borde del rascacielos. Debajo, Barcelona, Venezuela, se extendía en una maravilla de titanio y vidrio, bañada en los últimos destellos cobrizos de la tarde. La 'hora dorada', la llamábamos. Era nuestro lienzo. Nuestros tejados.
Mateo me seguía de cerca, sus zancadas amplias y potentes. Su risa resonó por encima del zumbido distante del tráfico inteligente. "¡Vas a caerte, Gaby!" me gritó, con un divertido desafío en su voz. "¡Un día, el cielo te va a devolver al suelo!".
Sonreí. Un labio tirante, la mandíbula tensa. Mi vida era en los aires, no en el suelo. Cada músculo de mi cuerpo gritaba esa verdad. Bajé la vista, viendo el vacío que me esperaba, y la adrenalina era una droga más potente que cualquier otra.
"¡Nunca!" respondí, girando sobre la punta de mis pies en el mismo borde, una exhibición imprudente que hizo que Mateo refunfuñara. Mi equilibrio era impecable, forjado en años de huir de mis propios demonios. Cada movimiento era una distracción, cada salto un escape.
Salté al siguiente edificio, aterrizando con la suavidad de un gato. Las articulaciones apenas protestaron. Mateo llegó un segundo después, un poco más ruidoso, pero igual de seguro. Nos dirigimos hacia el corazón del sector de Anzoátegui, donde los edificios eran más altos, los espacios más amplios, y el riesgo, más embriagador.
Un silencio pesado cayó, la brisa de la tarde se detuvo. Una repentina, inquietante quietud. Incluso el zumbido de los vehículos parecía amortiguado. Miré a Mateo, mi sonrisa se desvanecía un poco. Sus ojos se entrecerraron, buscando una explicación en el horizonte anaranjado.
"¿Has sentido eso?" susurró. Su voz era grave, una nota rara de precaución. Mateo era el más ruidoso de nuestro grupo, siempre riendo, siempre forzando los límites. Verlo cauteloso me puso los pelos de punta.
Asentí, la garganta seca. El aire se sentía espeso, cargado. Como el preludio de una tormenta que no se veía venir. Nuestros pasos se volvieron más cautelosos, el ritmo más lento. No era normal que la ciudad se callara así. La infraestructura inteligente de Barcelona, una red neuronal que mantenía la ciudad en perfecto orden, nunca fallaba.
Nos detuvimos en el techo de un rascacielos residencial, observando el panorama. Los drones de seguridad, que normalmente patrullaban el cielo, brillando como luciérnagas mecánicas, estaban notablemente ausentes. Las pantallas publicitarias de los edificios cercanos, que una vez habían parpadeado con anuncios vibrantes, ahora estaban oscuras. El silencio era total, absoluto.
Un escalofrío me recorrió la espalda, ajeno al calor de la tarde. Algo estaba mal. Muy mal. Pero antes de que pudiera procesar la magnitud de ese pensamiento, una explosión de cristal destrozó la quietud.
El ático debajo de nosotros estalló. Trozos de vidrio llovieron sobre el borde del techo como una granizada letal. Un grito gutural, inhumano, surgió del agujero abierto en la pared de cristal. No era un grito de dolor, sino de pura, insaciable hambre. La forma que salió de la ventana era una distorsión de lo humano, un torbellino de carne expuesta y extremidades alargadas.
Era rápido. Demasiado rápido. Antes de que Mateo o yo pudiéramos reaccionar, la criatura ya estaba en el borde, sus garras, terminadas en puntas afiladas y negras, se extendían hacia nosotros. Sus ojos eran una masa lechosa y sin pupilas. Su mandíbula inferior, desencajada, goteaba un líquido negro sobre su pecho desgarrado.
"¡Mateo!" grité, el pánico quemándome la garganta. La criatura se abalanzó, sus largos brazos se extendieron para atrapar a Mateo, que estaba más cerca del borde. Sus movimientos eran espasmódicos, impredecibles. Los músculos de mi amigo se tensaron, sus ojos se abrieron de terror.
No podía dejar que lo atrapara. Nunca. Mi cuerpo se movió por instinto, sin pensarlo. Un salto desesperado, impulsándome hacia adelante con una fuerza que no sabía que tenía. Mi mano se cerró alrededor del brazo de Mateo, tirando con todas mis fuerzas, justo cuando las garras de la criatura estaban a centímetros de su rostro.
El impulso del salto me llevó más allá de él, directo hacia el mutante. El aire se volvió frío y denso a mi alrededor. La boca de la criatura se abrió, revelando una hilera de dientes rotos y amarillentos, un hedor a descomposición llenó el aire. Mis ojos se encontraron con la nada lechosa de los suyos. Era como mirar directamente a un abismo de locura.
En un instante, la criatura giró, su cuerpo contorsionándose de una manera imposible. Estaba directamente frente a mí, demasiado cerca. Un escalofrío de terror me recorrió, no por mí, sino por el recuerdo de otra vez, otra caída, otra persona que no pude salvar. Mi hermano, paralizado, su sonrisa desvaneciéndose en el vacío.
Una sonrisa tirante se dibujó en mis labios, automática, una máscara. Era la misma sonrisa que había usado durante años, una promesa silenciosa de que todo estaría bien, incluso cuando mi mundo se desmoronaba. Era la sonrisa de la culpa, el disfraz de mi propia herida abierta.
La criatura atacó. Mi agilidad, mi velocidad, todo lo que había entrenado toda mi vida, se activó. No pensé, simplemente reaccioné. Me giré, esquivando el golpe que habría arrancado mi cabeza de mis hombros, y me lancé hacia un lado, utilizando el impulso de mi salto anterior para ganar distancia.
Aterricé de espaldas, el impacto sacudiéndome. Mi visión se nubló por un segundo, pero me recuperé de inmediato, poniéndome de pie. El mutante ya se había girado, sus ojos lechosos fijos en mí. Su velocidad era aterradora. Había visto infectados antes, en los vídeos de los distritos pobres, pero ninguno como este. Este era un depredador.
Mateo estaba inmóvil, observando con horror. "¡Gaby, sal de ahí!" gritó, su voz apenas un susurro áspero. El miedo en sus ojos era real, crudo. Y me dolía, porque era mi culpa. Siempre era mi culpa.
La criatura lanzó otro ataque, más rápido, más coordinado que el anterior. Sus garras rasgaron el aire donde mi cabeza había estado un segundo antes. Me moví lateralmente, utilizando el borde del techo a mi favor, atrayéndolo lejos de Mateo.
Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas, un tambor de guerra en mi pecho. Cada fibra de mi ser gritaba para correr, para saltar, para escapar. Pero no podía. Mateo estaba allí, vulnerable. Mi vida solo tenía valor si podía salvar a otros, así que me mantuve firme, un objetivo.
El mutante aulló, un sonido que desgarró el silencio de la ciudad, un eco de la pesadilla que había engullido las calles de abajo. Su rabia era palpable, una fuerza cruda y sin razón. Se abalanzó de nuevo, su cuerpo torcido y deforme, pero mortalmente eficiente.
Corrí, no para escapar, sino para crear espacio. Me lancé hacia una caja de ventilación alta, la escalé en un movimiento fluido y me dejé caer por el otro lado. La criatura, en su furia ciega, se estrelló contra el metal, dejando una abolladura profunda. Le había ganado un segundo. Un segundo precioso.
"¡Mateo, salta!" le grité, apuntando al edificio contiguo, uno con un saliente estrecho pero transitable. Él dudó, sus ojos yendo del mutante a mí. "¡Ahora!" Mi voz cortó el aire. No había tiempo para la indecisión.
Él asintió, su rostro pálido. Tomó carrerilla y saltó, sus pies apenas rozaron el borde del siguiente techo antes de que pudiera aferrarse. Estaba a salvo. Por ahora. El alivio me recorrió, frío y rápido.
Volví a enfrentarme a la criatura. Se había recuperado de su impacto, sus ojos lechosos parpadeando con una rabia renovada. Se estaba adaptando, aprendiendo. Su velocidad era antinatural. No era solo un infectado. Era algo más, una evolución, un depredador mutado.
Retrocedí, mis ojos escudriñando los tejados circundantes. Los edificios, antes un patio de juegos, ahora se sentían como una jaula. Las puertas de acceso a los interiores estaban selladas, automatizadas. El sistema de transporte vertical, los elevadores inteligentes, estaban inactivos. Incluso los puentes de emergencia que conectaban los rascacielos estaban retraídos.
La infraestructura de la ciudad, nuestra red de seguridad, se había apagado. Estábamos atrapados en las alturas, con una bestia hambrienta. La ilusión de seguridad que los tejados siempre me habían ofrecido se hizo añicos tan completamente como el cristal de aquel ático. El mundo de abajo ya no era un patio de juegos. Era una tumba.
"¿Qué diablos es esto?" murmuró Mateo desde el otro lado, su voz temblaba. Observaba cómo el mutante se movía con una velocidad pasmosa, buscando una brecha en mi defensa, un momento de debilidad. Esta era una amenaza que nunca habíamos imaginado.
Sentí el frío metal de mi teléfono contra mi palma. Era un impulso estúpido, ¿a quién iba a llamar? ¿A los servicios de emergencia que probablemente ya estaban desbordados o muertos? Aún así, lo saqué, la pantalla oscura un reflejo de mi propio miedo.
De repente, la pantalla cobró vida. Una alerta de emergencia en toda la ciudad. Un mensaje que se superponía a la imagen de un mapa de Barcelona, ahora teñido de un ominoso rojo. La Zona Roja. No era un aviso de rescate, no era una advertencia. Era un veredicto.
El mutante rugió, un sonido que me sacó de mi trance. No había tiempo para leer. Mis ojos se levantaron, buscando la fuente de un zumbido que se acercaba. Un dron militar, con sus hélices girando silenciosamente, se cernía justo delante de mí, su forma oscura contra el cielo anochecido. Un láser rojo brillante apuntaba directamente a mi pecho.