Chapter 1 of 1
Capítulo 1: Tú y yo
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Latidos violentos retumbaban tras sus sienes, marcando un ritmo implacable que amenazaba con partirle el cráneo en dos.
Hanae abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la intensa claridad que se filtraba por las rendijas de unas persianas de madera oscura.
Olor a sándalo, tabaco caro y un deje de perfume masculino flotaba en el aire, envolviéndola en una fragancia que no le resultaba familiar. No era su habitación.
Incorporándose de golpe, sintió un crujido en la espalda y un mareo repentino que la obligó a aferrarse a las sábanas de seda gris.
Sabía que su pequeña cama no tenía ese tacto tan lujoso y suave. Su apartamento en los suburbios de Tokio olía a tinta, a madera vieja y a té verde, no a este lujo minimalista que gritaba opulencia por cada esquina.
—¿Despierta? —Una voz profunda, rasposa por el tabaco, cortó el silencio desde el rincón más oscuro del cuarto.
Sobresaltada, Hanae se llevó la mano al pecho, sintiendo el ritmo desbocado de su corazón bajo la fina tela de su blusa.
Giró la cabeza tan rápido que un pinchazo de dolor le recorrió la nuca, obligándola a ahogar un gemido de queja.
Sentado en un sillón de cuero negro, un hombre la observaba con una calma que resultaba casi insultante. Tenía el cabello oscuro y ligeramente revuelto, los ojos rasgados de un tono almendra felino y una mandíbula tallada con precisión quirúrgica.
Vestía únicamente unos pantalones oscuros, dejando al descubierto un torso esculpido y cubierto casi en su totalidad por intrincados tatuajes que trepaban por sus brazos hasta rozar el cuello.
—¿Quién eres tú? —exigió ella, tratando de que su voz no temblara, aunque el pánico amenazaba con ahogar sus palabras—. ¿Dónde estoy?
Humo gris escapó de los labios del desconocido mientras daba una calada a un cigarrillo fino, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
—Estás a salvo, si eso es lo que te preocupa —respondió él, apoyando los codos sobre sus rodillas e inclinándose hacia delante—. Mi nombre es Takashi. Y este es mi apartamento.
Desesperadamente, Hanae buscó en su memoria los fragmentos de la noche anterior, buscando una explicación lógica.
Luces de neón parpadeantes, música electrónica que hacía vibrar el suelo de la discoteca en Roppongi, copas de sake que se vaciaban demasiado rápido con sus compañeras de trabajo... y luego, el vacío absoluto.
—No recuerdo cómo llegué aquí —admitió ella, apretando los puños sobre la colcha gris—. ¿Qué me has hecho?
Sonrisa ladina, casi imperceptible, curvó la comisura de los labios de Takashi, revelando una diversión contenida.
—Absolutamente nada de lo que te estás imaginando —dijo él, apagando el cigarrillo en un cenicero de cristal negro—. Te desplomaste en la barra cuando unos tipos demasiado insistentes intentaban arrastrarte fuera del local. Solo te saqué de allí antes de que cometieran una estupidez de la que todos nos arrepentiríamos.
Dudando de cada una de sus palabras, Hanae bajó la mirada para inspeccionar rápidamente su propia ropa.
Aquella blusa de lino estaba arrugada, pero completamente abotonada; sus pantalones seguían en su sitio y no sentía ningún dolor físico que sugiriera una agresión. Sin embargo, la desconfianza seguía arañando su garganta como un gato encerrado.
—Podrías haberme llevado a un hospital o llamar a un taxi —replicó ella, su tono cargado de un resentimiento defensivo.
—Difícil hacerlo cuando estabas completamente inconsciente y no llevabas ninguna identificación en tus bolsillos —señaló Takashi, levantándose con una elegancia felina que hizo que Hanae se tensara al instante.
Medía más de metro ochenta, y la amplitud de sus hombros parecía devorar el espacio disponible en la habitación.
Pasos lentos y silenciosos lo llevaron hasta el borde de la cama, deteniéndose a una distancia prudencial pero lo suficientemente cerca como para que Hanae pudiera oler su colonia.
—Además, dudo que hubieras preferido despertar en un callejón sucio rodeada de tipos con peores intenciones que las mías —añadió, clavando sus ojos oscuros en los de ella.
Fijando su atención en el brazo derecho del hombre, Hanae no pudo evitar que su mirada profesional se activara de inmediato.
Trazos firmes, negros profundos y sombras degradadas con una precisión milimétrica que solo se lograban con la técnica manual del tebori, no con máquinas eléctricas.
Escamas de dragón perfectamente detalladas se entrelazaban con flores de loto marchitas, un diseño clásico que denotaba un estatus innegable y peligroso dentro del bajo mundo japonés.
—Te gusta lo que ves —comentó Takashi, dándose cuenta del intenso escrutinio al que estaba siendo sometido.
—Soy artista del tatuaje, sé reconocer un trabajo excepcional cuando lo tengo delante —respondió ella con frialdad, intentando ocultar su asombro—. Pero también sé qué tipo de personas llevan ese tipo de marcas en su piel.
Silencio pesado se instaló en el dormitorio, roto únicamente por el suave golpeteo de la lluvia contra los cristales.
Takashi ensanchó su sonrisa, una expresión que no llegó a sus ojos fríos y calculadores que parecían leer cada uno de sus pensamientos.
—Entonces deberías saber que es de mala educación juzgar a tu salvador antes de darle las gracias de la manera adecuada —dijo él, extendiendo una mano curtida hacia ella.
Rechazando el gesto con un ademán brusco, Hanae se deslizó fuera de la cama por el lado opuesto, manteniendo la distancia.
Piernas temblorosas al hacer contacto con el suelo de madera fría casi la hacen trastabillar, pero se obligó a mantenerse erguida, levantando la barbilla con orgullo.
Buscando desesperadamente con la mirada, localizó su bolso de lona negra tirado sobre una silla de diseño cercana.
—No necesito tu ayuda, ni tus lecciones de etiqueta —declaró ella, cruzando el espacio para recoger sus pertenencias—. Me marcho ahora mismo.
Ningún movimiento hizo el hombre para detenerla, simplemente se cruzó de brazos, apoyándose contra la pared con una actitud perezosa e intimidante.
—Afuera está lloviendo a cántaros —advirtió él, ladeando la cabeza—. Y apenas son las seis de la mañana.
—No me importa si cae el diluvio universal —escupió Hanae, revisando rápidamente el interior de su bolso para asegurarse de que su cartera y su teléfono seguían allí.
Todo parecía estar en su lugar, lo que alivió una parte de su paranoia, aunque la sensación de estar caminando sobre hielo fino persistía.
Caminando con paso firme hacia la salida de la habitación, evitó por completo volver a mirarlo directamente.
—Gracias por no dejar que me robaran, supongo —murmuró de mala gana, con la mano ya puesta sobre el pomo metálico de la puerta principal.
—No hay de qué, preciosa —la voz de él la alcanzó, impregnada de una diversión que le revolvió el estómago—. Ten cuidado con las esquinas húmedas. El suelo de esta ciudad resbala demasiado rápido.
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Gotas pesadas golpeaban el cristal de la ventana de su pequeño taller en el distrito de Sumida, creando una melodía constante y melancólica.
Hanae frotó con fuerza su piel bajo el agua hirviendo de la ducha, intentando borrar el persistente aroma a sándalo que parecía haberse adherido a sus poros como una segunda piel.
Sentía una mezcla de humillación y rabia que no lograba disipar de su pecho por más que lo intentara.
Haber perdido el control de esa manera no era propio de ella, menos aún terminar en la guarida de un hombre que apestaba a peligro y a secretos oscuros.
—Estúpida, estúpida Hanae —se recriminó en voz alta, apoyando la frente contra los azulejos fríos mientras el agua le resbalaba por la espalda.
Cerrando la llave del agua con un giro seco, se envolvió en una toalla áspera y se miró en el espejo empañado por el vapor.
Aquel rostro pálido mostraba unas marcadas ojeras, reflejo de una noche que juró que jamás volvería a repetirse bajo ninguna circunstancia.
A sus veinticuatro años, cargaba con la enorme responsabilidad de heredar el legado de su abuelo, el último gran maestro del tebori de su linaje familiar.
Perder el tiempo en clubes nocturnos y despertar en camas de desconocidos era un comportamiento autodestructivo que no podía permitirse bajo ningún concepto.
Vistiéndose a toda prisa con su ropa de trabajo —un pantalón cómodo y una camisa holgada de lino oscuro—, se dirigió a la estancia principal que servía como su estudio privado.
Herramientas tradicionales de bambú y agujas de acero perfectamente alineadas descansaban sobre un paño de seda roja en su mesa de trabajo de madera de cerezo.
Aquel espacio era su santuario, el único lugar del mundo donde sentía que tenía el control absoluto de su propia vida y de sus decisiones.
Sentándose en el tatami, tomó uno de los mangos de madera tradicionales y acarició las finas agujas con la yema del pulgar, buscando calmar su mente.
Aquel dolor controlado, el ritmo constante del tebori, la tinta penetrando la piel golpe a golpe... eso era lo que le daba sentido a su existencia y la mantenía cuerda.
Sin embargo, la imagen de los tatuajes de Takashi se mantenía grabada a fuego en su memoria visual, distrayéndola de sus obligaciones cotidianas.
Aquella tinta no era común en absoluto; el tono del negro era tan denso que parecía absorber la luz ambiental, una firma inconfundible de un maestro de altísimo nivel que ya no abundaba en la ciudad.
—¿Quién habrá sido el artista capaz de lograr esa profundidad? —se preguntó en voz baja, sintiendo una punzada de curiosidad profesional que chocaba de frente con su orgullo.
Desechando el pensamiento de inmediato, se obligó a concentrarse en los bocetos que tenía pendientes para sus clientes habituales.
Dibujar tigres, dragones y flores tradicionales requería una concentración absoluta que su mente alterada se negaba a proporcionarle esa mañana.
Sonido estridente de su teléfono móvil rompió el silencio del taller, sobresaltándola tanto que casi derrama el tintero de tinta china sobre el papel de arroz.
Vibrando con insistencia sobre la mesa, la pantalla mostraba el nombre de su jefa en la editorial donde trabajaba a tiempo parcial como diseñadora gráfica.
—Hanae, ¿dónde demonios te has metido? —la voz chillona de la señora Tanaka resonó a través del altavoz antes de que pudiera saludar.
—Lamento el retraso, Tanaka-san, he tenido un contratiempo doméstico —explicó ella, tratando de mantener un tono de voz calmado y sumiso.
Rápidamente guardó sus cosas y salió tras escuchar la advertencia de su jefa sobre la llegada del nuevo director general a las oficinas principales.
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Trayecto pesado en la línea de metro fue un verdadero suplicio de empujones, humedad asfixiante y un persistente dolor de cabeza que se negaba a desaparecer.
Hanae se aferraba al pasamanos metálico, cerrando los ojos para bloquear los ruidos de la multitud cansada que regresaba a sus rutinas diarias.
Solo quería entregar los diseños correspondientes, sobrevivir a la jornada laboral y regresar lo antes posible a la seguridad de su taller de tatuajes.
Al llegar al imponente edificio de la editorial en el distrito de Chiyoda, el ambiente general se sentía inusualmente tenso y cargado de expectación.
Empleados de diversos departamentos corrían de un lado a otro con carpetas bajo el brazo, hablando en susurros nerviosos cerca de las máquinas de café.
—Parece que el nuevo dueño ha decidido hacer una reestructuración masiva desde su primer día —le susurró una de las recepcionistas al verla pasar por la entrada principal.
Tragando saliva con dificultad, Hanae sintió una extraña premonición que le erizó la piel de los brazos bajo su chaqueta ligera.
Subió rápidamente en el ascensor hasta el piso de diseño, donde la señora Tanaka la esperaba con el rostro demudado y las manos visiblemente temblorosas.
—Menos mal que llegas, Hanae, la situación está que arde —dijo la supervisora, entregándole una pesada carpeta de cuero negro—. El gran jefe quiere ver directamente al encargado del proyecto. Sube a la oficina de presidencia ahora mismo.
—Pero yo solo soy la asistente técnica de diseño, Tanaka-san —intentó protestar Hanae, dando un paso atrás con timidez—. Debería ir el director creativo.
—El director creativo fue el primero al que despidieron esta mañana por incompetencia —la interrumpió la mujer, empujándola con firmeza hacia el ascensor de ejecutivos—. No lo hagas esperar más. Es un hombre que no tolera la debilidad ni las excusas.
Puertas de acero del ascensor se cerraron, atrapando a Hanae en un silencio sepulcral que solo servía para alimentar su creciente ansiedad.
Apretando la carpeta de cuero contra su pecho como si fuera una armadura improvisada, respiró hondo repetidas veces para intentar de estabilizar sus acelerados latidos.
Ascensor detenido con un suave pitido en el último piso reveló un pasillo alfombrado en tonos oscuros y paredes revestidas con maderas nobles importadas.
Caminó con pasos vacilantes hacia la doble puerta de la oficina presidencial, donde una secretaria de aspecto gélido e impecable simplemente le indicó con un gesto que pasara sin anunciar su llegada.
Empujando la pesada hoja de madera noble, Hanae entró al espacioso despacho que ofrecía una vista panorámica impresionante de la metrópolis envuelta en la neblina gris de la tormenta.
Detrás del inmenso escritorio de caoba maciza, una figura masculina de espaldas observaba la lluvia chocar contra el enorme ventanal de cristal templado.
—Traigo los archivos finales para la campaña de otoño, señor —anunció Hanae, esforzándose al máximo por proyectar una voz firme, profesional y carente de miedo.
Ninguna respuesta inmediata llegó del hombre, prolongando el silencio de una manera que se sintió casi calculada para quebrar sus nervios.
Lentamente, giró la silla de cuero de alta gama, revelando su rostro a la tenue luz artificial que iluminaba el lujoso despacho.
Sintiendo que el aire se congelaba instantáneamente en sus pulmones, Hanae perdió la fuerza por un segundo, casi dejando caer la carpeta al suelo.
Frente a ella, vistiendo un traje gris de tres piezas perfectamente entallado que ocultaba sus tatuajes pero no su aura salvaje de peligro, se encontraba Takashi.
Ojos almendrados brillaron con una chispa de fría diversión al contemplar la expresión de absoluto pánico y desconcierto que se apoderó de las facciones de la joven.
—Llegas tarde, Hanae-chan —dijo él, apoyando los codos sobre el escritorio de caoba y entrelanzando sus largos dedos con parsimonia—. Y en mi nueva empresa, la puntualidad es una virtud que valoro enormemente por encima de muchas otras cosas.
Incredulidad la mantuvo paralizada durante varios segundos, incapaz de articular una sola palabra mientras su mente intentaba conectar los puntos de esta macabra coincidencia.
Aquel hombre, el mismo que la había recogido de un club nocturno en circunstancias dudosas, era ahora el dueño absoluto de su destino profesional.
—¿Tú...? —logró pronunciar finalmente, sintiendo cómo la indignación comenzaba a reemplazar el miedo inicial—. ¿Qué clase de juego es este?
—Ningún juego, simplemente negocios —respondió Takashi, recostándose en su sillón con una actitud relajada que contrastaba con la rigidez de Hanae—. Compré esta editorial la semana pasada. Me pareció una inversión interesante con mucho potencial sin explotar.
—No deberías estar aquí —siseó ella, dando un paso al frente y olvidando por completo las normas de etiqueta corporativa—. Eres un... un yakuza. Esos tatuajes en tu piel no mienten.
Destello de advertencia cruzó la mirada de Takashi, haciendo que el ambiente en la oficina se volviera notablemente más denso e intimidante en un parpadeo.
—Te aconsejo que cuides tus palabras en este despacho, Hanae —advirtió con una voz sospechosamente suave, desprovista de toda la diversión anterior—. Las paredes de este edificio tienen oídos muy agudos, y las acusaciones sin pruebas pueden resultar extremadamente costosas para una simple asistente.
Tragó saliva, sintiendo que la boca se le secaba por completo mientras la gravedad de la situación se asentaba sobre sus hombros.
Él tenía el control total. Podía destruirla profesionalmente con un solo chasquido de sus dedos, y nadie en la editorial movería un dedo para defenderla.
—Aquí están los diseños —dijo ella con los dientes apretados, caminando hacia el escritorio para depositar la carpeta de cuero negro sobre la superficie pulida—. Si no me necesita para nada más, volveré a mi puesto de trabajo.
—Espera —ordenó él de manera tajante antes de que pudiera dar media vuelta para huir de su presencia.
Congelada en su lugar, Hanae cerró los puños a ambos lados del cuerpo mientras intentaba controlar la respiración acelerada.
Con movimientos deliberadamente lentos, Takashi abrió la carpeta, pasando las páginas de los bocetos con una atención meticulosa que rozaba la tortura psicológica.
—Estos conceptos son aceptables, pero les falta alma —declaró él, cerrando la carpeta de golpe con un sonido seco que la hizo sobresaltarse—. Son demasiado comerciales, demasiado limpios. Esperaba algo con más fuerza de alguien que maneja el tebori con tanta destreza en su tiempo libre.
Corazón de Hanae dio un vuelco violento en su pecho al escuchar aquellas palabras, y se giró para mirarlo con los ojos desorbitados por la sorpresa.
—¿Cómo sabes lo del tebori? —preguntó con voz temblorosa, sintiendo que un frío glacial le recorría la espina dorsal—. Yo nunca te mencioné mi trabajo con los tatuajes tradicionales.
Levantándose de su asiento, el hombre rodeó el escritorio con pasos lentos y felinos que acortaron la distancia entre ambos de manera peligrosa.
—Sé muchas cosas sobre ti, Hanae —reveló él, deteniéndose a escasos centímetros de ella, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada—. Sé quién fue tu abuelo, sé el peso del legado que cargas y sé que tu pequeño taller apenas sobrevive económicamente debido a las deudas que él dejó antes de fallecer.
Pánico absoluto se apoderó de Hanae, haciéndole dar un paso atrás hasta que su espalda chocó contra la fría superficie de la pared de madera de la oficina.
Continuó avanzando hasta acorralarla por completo, apoyando una mano sobre la pared, justo al lado de la cabeza de ella, atrapándola en su espacio personal de manera irrevocable.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —susurró ella, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo del hombre y el aroma a sándalo que volvía a nublar sus sentidos—. ¿Por qué me estás haciendo esto?
Inclinándose hacia delante, Takashi dejó que su aliento cálido rozara la mejilla de la joven, provocándole un escalofrío involuntario que recorrió todo su cuerpo.
Mirada oscura se posó directamente sobre los labios temblorosos de Hanae antes de volver a subir para clavarse en sus ojos con una intensidad que la dejó sin respiración.
—Quiero tenerte de nuevo, Hanae —murmuró él con una voz dangerously baja, cargada de una promesa implícita que hizo que el mundo a su alrededor pareciera desvanecerse—. Y esta vez, no dejaré que te escapes tan fácilmente como lo hiciste esta mañana.