Chapter 7 of 7

Balas contra el mito

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Frío glacial se escurrió por la nuca de Gabriel. La lancha, inerte en medio del río, se sentía como un ataúd flotante. Habían estado a la deriva, sin luz, sin comunicación, desde que la explosión sónica los dejó varados. La oscuridad era un manto pesado, solo roto por el pálido resplandor de una luna casi llena que se filtraba a través del dosel de la selva. El Orinoco susurraba a su alrededor, un murmullo inquietante de aguas turbias y secretos ancestrales. Escuchó a Judith respirar pesadamente a su lado. El miedo era palpable, una tercera presencia en la pequeña embarcación. Gabriel apretó la empuñadura de su rifle de asalto, el metal frío contra su palma. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, escudriñaban la superficie del agua. Esperaba, con un nudo en el estómago, que el río no les trajera más horrores. Algo golpeó el casco con un suave 'thump'. Un sonido sordo, húmedo. Gabriel inmovilizó la respiración. Miró a Judith. Sus ojos se encontraron en la oscuridad, una pregunta tácita entre ellos. El 'thump' se repitió, un poco más fuerte esta vez, como si algo estuviera siendo arrastrado lentamente contra el costado de la lancha. Llevaba el rifle en alto, apuntando hacia el sonido. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas. Este no era el río que conocía, el que había cartografiado y estudiado. Este era un depredador. Un recuerdo amargo de su hermano, arrastrado por una corriente traicionera, se le clavó en la mente. No podía, no permitiría, que la impotencia lo consumiera de nuevo. Una forma oscura emergió lentamente del agua, flotando a la altura de la borda. Era un hombre. El mismo cadáver que habían visto antes, con la piel hinchada y descolorida. Pero algo era diferente. Algo estaba mal. La luna, por un instante, se abrió paso entre las nubes, bañando el cuerpo en una luz plateada y espectral. Sus ojos. Ya no eran cuencas vacías. En su lugar, dos parásitos esféricos, pulsantes, habían tomado residencia. Brillaban. Una luz azul eléctrica y líquida, idéntica al plasma que había visto en la garra mutilada. Los parásitos se movían, se retorcían, como si tuvieran vida propia, anclados profundamente en la carne podrida. El cadáver se inclinó hacia la lancha. No flotaba pasivamente. Se movía, con una intención grotesca y antinatural. Uno de sus brazos, rígido, se levantó lentamente del agua, intentando agarrar el borde de la embarcación. La mano, de un color gris verdoso, se extendió, sus dedos hinchados buscando un punto de apoyo. Un gruñido escapó de la garganta de Gabriel. La rabia, fría y cortante, se apoderó de él. No era un cadáver. Era una marioneta. Una herramienta del monstruo. El pensamiento de esa cosa a bordo, de esos ojos de plasma observándolos, lo llevó al límite. El control, su férreo control, se desmoronaba. Esta era una amenaza que no podía permitirse que se acercara. Levantó su rifle. "¡Aléjate de la lancha!" gritó, la voz ronca de furia y miedo. El cadáver no reaccionó, solo continuó su ascenso lento y macabro. Esos ojos azules brillaban con una intensidad perturbadora, como si el propio río los estuviera observando a través de ellos. Gabriel cerró los dientes. Este era el límite. Disparó. El estampido del rifle rompió la quietud de la noche, un sonido brutal y ensordecedor en el silencio de la selva. La primera bala impactó en el hombro del cadáver, arrancando un trozo de carne putrefacta. El cuerpo se sacudió, pero no retrocedió. Los parásitos en sus ojos brillaron más fuerte, como si se alimentaran del impacto. Gabriel disparó de nuevo. Y de nuevo. Una ráfaga controlada, pero implacable. Las balas desgarraron el cuerpo putrefacto, agujereándolo una y otra vez. Carne podrida voló por el aire, mezclada con salpicaduras de agua y sangre oscura. Los ojos de plasma azul parpadearon erráticamente, como luces de advertencia. El cadáver se retorció, pero seguía intentando subir. "¡Gabriel, detente!" La voz de Judith era un grito desesperado, mezclado con el eco de los disparos. "¡Estás gastando munición! ¡No tiene sentido!" Sus palabras apenas llegaron a sus oídos. El sonido de los disparos, el olor a pólvora quemada, la imagen grotesca de esos ojos azules, todo lo consumía. No podía detenerse. No podía. Cada bala era un golpe contra la impotencia, contra el recuerdo del agua llevándose a su hermano. Este cuerpo, reanimado y profanado, era un símbolo del control que el río intentaba ejercer. Y él no lo permitiría. Él no sería testigo de otra vida arrebatada, otra invasión en su espacio. Su mandíbula se apretó. Sus ojos estaban fijos en el blanco, un túnel de furia. El cargador se vació. Clic. Clic. Clic. El sonido metálico y hueco resonó en el aire, un cruel recordatorio de la escasez. El cuerpo del cadáver, ahora un jiron ensangrentado y agujereado, finalmente se hundió bajo las olas, arrastrado por la corriente. Los parásitos azules dejaron un rastro luminoso en el agua, como si pequeñas estrellas se disolvieran en la oscuridad. El silencio regresó, denso y cargado de tensión. Gabriel jadeaba, el aliento agitado en sus pulmones. Su corazón martillaba con una fuerza brutal. Sus manos temblaban ligeramente, pero no por miedo, sino por la adrenalina pura. Había vaciado un cargador completo. Una cantidad considerable de munición preciosa, desperdiciada en un cuerpo sin vida. Judith tenía razón, pero la lógica no había existido en ese momento. "Gabriel, ¿qué hiciste?" Judith se arrastró hacia él, sus ojos brillando con una mezcla de reproche y terror. "¡Esa munición...!" La interrumpió, la voz tensa. "No iba a dejar que subiera. Lo sabes." Su mirada era dura, defensiva. Se sentía expuesto, vulnerable. Había perdido el control de sí mismo, y eso lo enfurecía aún más. El río había ganado un pequeño asalto a su razón. --- Pero el río no había terminado. El eco de los disparos, amplificado por la quietud de la noche, no se había desvanecido. Se extendió por la selva, se hundió en las aguas, una vibración que resonó más allá de lo audible. Un error. Un error fatal. Gabriel lo sintió antes de verlo. Una ondulación masiva sacudió la superficie del Orinoco, no lejos de la lancha. El agua se agitó violentamente, hirviendo como si una bestia colosal estuviera despertando de su letargo. Un borbotón de burbujas, grandes como balones, estalló en la superficie, liberando un olor a cieno y algo metálico, a sangre. La lancha se balanceó peligrosamente, golpeada por la fuerza de la perturbación. Judith soltó un grito ahogado. Sus ojos, fijos en el punto de la agitación, se abrieron con horror. Gabriel también lo vio. Una forma. Una silueta oscura, gigantesca, elevándose desde las profundidades. Era tan grande que la luna llena, que ahora brillaba con toda su intensidad, parecía menguar en comparación. Lentamente, majestuosamente, una cabeza emergió del Orinoco. No era la de una serpiente común. Era de proporciones míticas. Sus fauces eran descomunales, lo suficientemente grandes como para tragar la lancha entera. Estaban cubiertas de placas óseas gruesas y superpuestas, de un color gris oscuro, casi negro, que absorbía la luz de la luna pero también la reflejaba en destellos irregulares. La superficie de la piel era rugosa, con cicatrices antiguas y nudosidades que contaban historias de eones. Sus ojos, si es que los tenía, estaban ocultos bajo una especie de cresta ósea, dándole un aspecto prehistórico y brutal. El cuello se elevaba por encima del agua como una torre viviente, tan ancho como el tronco de un árbol centenario. Gotas de agua, brillantes bajo la luna, se deslizaban por sus escamas, cada una del tamaño de un escudo. El aire se volvió gélido. Una presencia ancestral. Un depredador del tiempo mismo. La cabeza se giró lentamente hacia ellos. Podían sentir el peso de su atención, la inmensidad de su poder. El hocico, largo y afilado, terminó en una punta roma, y la mandíbula inferior era casi tan grande como la lancha. Un gruñido profundo, un sonido que vibraba en sus huesos, escapó de sus fauces, más un rugido submarino que un aliento de aire. El río, su protector, había revelado su furia. Gabriel alzó el rifle de nuevo, su cuerpo temblaba con una mezcla de miedo y desafío. Era inútil. Lo sabía. Pero la inercia del guerrero, del hombre que se negaba a la derrota, lo impulsaba. Sus ojos, sin pestañear, se encontraron con la criatura. Era más grande de lo que jamás había imaginado. Más real, más aterradora que cualquier leyenda. La inmensa cabeza, con un movimiento lento y deliberado, comenzó a transformarse. Las placas óseas a lo largo de su hocico crujieron. La piel se estiró y se desgarró, revelando carne viva y músculos tensos. Con un sonido húmedo y nauseabundo, la cabeza se abrió en cuatro secciones direccionales, como pétalos de una flor carnívora. En el fondo de la garganta, donde debería haber estado la tráquea, una luz pulsante comenzó a crecer. Y luego, un ojo. Un ojo humanoide gigante, de un iris ámbar y una pupila rasgada, que parpadeó al mirar directamente a Gabriel.

End of Chapter 7