Chapter 1 of 1
Chapter 1: Through the Smoke and Ash
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Humo denso y aceitoso llenaba mis pulmones, asfixiando el aroma natural de la selva que tanto amaba. Agachada detrás de una tubería de metal oxidado, sentía la vibración constante del generador de la RDA bajo mis pies descalzos. Mis dedos, largos y de un azul profundo, se aferraban al arco de madera de olo'eyktan con tanta fuerza que mis nudillos dolían.
Alarmas ensordecedoras comenzaron a aullar, cortando la neblina ácida con sus destellos rojos y violentos. El depósito de suministros médicos del Sector 4 estaba rodeado por muros de hormigón gris, una cicatriz brutal en medio del verde bioluminiscente de Pandora. Habíamos venido por los antitoxinas, los viales amarillos que salvarían a los niños de mi clan de la muerte lenta provocada por el agua contaminada.
Corrí hacia la entrada del búnker, esquivando los charcos de lodo mezclado con combustible de aviación. A mi lado, Kael avanzaba con el sigilo de un viperlobo, con su trenza rebelde azotando su espalda mientras cargaba una pesada mochila de lona humana. Éramos la última esperanza de nuestra gente, y el peso de esa responsabilidad aplastaba mi pecho como una roca de las montañas flotantes.
Bajo las copas de los árboles, la selva observaba en silencio nuestro asalto desesperado. Las plantas bioluminiscentes parpadeaban con un tono azul pálido, como si compartieran el temor que encogía mi estómago. Mis orejas Na'vi se movían en todas direcciones, captando el zumbido de los rotores de los Samson que patrullaban los límites exteriores de la base.
Gotas de lluvia ácida comenzaron a caer, siseando al hacer contacto con el metal caliente de las instalaciones. El aire apestaba a ozono, a azufre y a la inminente llegada de la muerte que los humanos siempre traían consigo. Entramos al búnker, donde las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido enfermizo que hacía que mis orejas se agacharan con fastidio.
"—Muévete rápido, Zhamira—" siseó Kael, forzando la cerradura digital del almacén principal con un descodificador de frecuencia que habíamos robado semanas atrás. Su rostro, pintado con las cenizas de los caídos, reflejaba una desesperación que yo conocía demasiado bien.
Sabor a ceniza y desesperación inundaba mi boca mientras observaba las cajas de metal apiladas en el interior. Busqué con desesperación el símbolo de riesgo biológico y la etiqueta de los sueros purificadores. Sabía que cada segundo que pasábamos aquí aumentaba la probabilidad de que las patrulas terrestres de SecOps nos encontraran.
Recordé, con una punzada de dolor insoportable en el centro de mi pecho, el cuerpo frío de mi hermano menor. Había muerto en mis brazos dos inviernos atrás, con los pulmones destrozados por los gases de un ataque aéreo de la RDA que yo no pude prevenir. Aquella impotencia me había transformado en esto: una sombra dispuesta a quemar el mundo con tal de no volver a ver morir a nadie bajo mi cuidado.
Aquella culpa era mi motor, la fuerza oscura que me empujaba a cometer las locuras más peligrosas por el bien de los demás. No me importaba mi propia vida; solo existía para curar, para salvar, para interponerme entre la destrucción de los humanos y la fragilidad de mi pueblo adoptivo. Mi obsesión por ser la salvadora de todos me llevaba directamente al borde del abismo una y otra vez.
Frances Ardmore, la fría y calculadora general que dirigía este infierno industrial, solía decir que la debilidad se pagaba con sangre. Ella era mi madre biológica, la mujer que me había engendrado en la Tierra antes de que yo traicionara su legado, transfiriendo mi mente para siempre a este cuerpo Na'vi. Para ella, yo era una traidora que merecía la muerte; para mí, ella era el monstruo que pretendía devorar el alma de Pandora.
Sabía que si me atrapaban, no habría piedad ni juicio familiar que pudiera salvarme de la ejecución. Mi madre no toleraba los cabos sueltos, y una hija que vestía la piel del enemigo era el peor de los insultos para su sagrada carrera militar. Por eso corría más rápido, ignorando el miedo y concentrándome únicamente en los contenedores amarillos de antitoxina.
Destellos amarillos llamaron mi atención al fondo de una estantería metálica de alta seguridad. Con un movimiento rápido y preciso de mis garras, arranqué la compuerta de plástico y comencé a transferir los viales a la mochila de Kael. El líquido brillante dentro de los tubos de vidrio era el único boleto de regreso a la vida para mi clan agonizante.
Balas de gran calibre perforaron la pared de metal a pocos centímetros de mi cabeza, interrumpiendo el silencio con un estrépito ensordecedor. Los soldados de SecOps habían bloqueado la salida principal, con sus pesadas armaduras negras brillando bajo las luces rojas de emergencia. El fuego cruzado comenzó instantáneamente, iluminando la habitación con destellos mortales de pólvora y plasma.
"—¡Zhamira, vete, yo los entretendré!—" gritó Kael, desenfundando su arco y disparando una flecha con punta de veneno que impactó directamente en el visor de un soldado. Un proyectil de plasma pesado pasó rozando su hombro, quemando su piel y obligándolo a soltar un gemido de agonía.
Sin pensarlo, mi cuerpo reaccionó de inmediato, impulsado por ese instinto autodestructivo de proteger a los míos sin importar el costo. El soldado de la RDA volvió a apuntar su rifle de plasma directamente al pecho de mi primo herido. Vi la luz azul acumularse en el cañón del arma y supe que Kael no sobreviviría a ese impacto.
Salté hacia adelante con un grito de guerra que desgarró mi garganta, interponiéndome directamente en la trayectoria del disparo. Mi hombro chocó fuertemente contra el pecho de Kael, empujándolo fuera del camino justo cuando el haz de plasma destructivo cruzaba el aire. La energía pura pasó tan cerca de mi costado que la onda de choque me arrojó con violencia contra el suelo de metal.
Barro y agua de lluvia se mezclaron con mi sangre cuando rodé por el suelo, perdiendo el aire de mis pulmones. El dolor fue inmediato, una quemadura ardiente en mi costado que me hizo perder la visión por unos segundos angustiosos. A mi alrededor, el humo negro del impacto comenzó a asfixiarme, dificultando que pudiera ponerme en pie.
Kael me miró con ojos horrorizados desde el suelo, pero le hice una señal desesperada con la cabeza para que huyera a través de la brecha de ventilación trasera. Él dudó un segundo, con la mochila llena de antitoxinas firmemente sujeta a su espalda, antes de deslizarse por el estrecho conducto de escape. Al menos él estaba a salvo, y los niños del clan tendrían su medicina.
Dolor agudo recorrió mi espalda cuando intenté levantarme, pero mis extremidades se sentían pesadas y entumecidas por la descarga de energía. El sonido de pesados pasos de metal se acercaba lentamente a mi posición, haciendo vibrar las rejillas del suelo bajo mi cuerpo herido. Sabía que el final estaba cerca, pero me negaba a mostrar debilidad ante los asesinos de mi hermano.
Pesada y brutal, una bota militar de tamaño colosal se plantó directamente sobre mi pecho, aplastándome contra la rejilla de hierro y lodo. El aire abandonó mis pulmones de golpe en un doloroso jadeo, y mis garras arañaron inútilmente el metal de la bota. Una mano gigantesca, de un color azul veteado con rayas oscuras y provista de cinco dedos, me agarró del cabello con una fuerza despiadada.
Semejante fuerza era sobrehumana, obligándome a levantar la cabeza para mirar directamente a mi captor. No era un humano común en un traje de combate APU, sino un Recombinant, un soldado Na'vi creado en los laboratorios de la RDA. Sus facciones eran afiladas, marcadas por cicatrices de garras en el lado derecho de su rostro que le daban un aspecto terrorífico y letal.
"—Quédate quieta, pequeña salvaje—" rugió una voz que no pertenecía a ninguno de los soldados comunes que solía enfrentar. Era un tono profundo, áspero, cargado de un acento militar que me resultó terroríficamente familiar desde mis días de infancia en las instalaciones de la RDA.
Lentamente, mis ojos se abrieron de par en par al reconocer los ojos ámbar que me miraban fijamente con una mezcla de desprecio y fría curiosidad. Era el coronel Miles Quaritch, el monstruo que mi madre había resucitado en este cuerpo Na'vi para liderar la destrucción de Pandora. Su presencia física era abrumadora, una masa de músculos azules y odio concentrado que emanaba un peligro absoluto.
Sus dedos se cerraron con más fuerza en mi cabello, obligándome a mirarlo directamente mientras una sonrisa cruel y torcida se dibujaba en sus labios. El humo de un cigarro inexistente parecía flotar en su aliento, impregnado del olor a tabaco barato y pólvora quemada que siempre lo acompañaba. Su cola Na'vi se movía detrás de él con una precisión militar, desprovista de cualquier gracia natural de la selva.
Cicatrices de viejas batallas adornaban su pecho azul, un recordatorio constante de que este hombre era una máquina de matar implacable que no conocía la piedad. Sabía quién era yo, o al menos reconocía el desafío imperdonable de una traidora que había elegido el bando de los salvajes sobre el imperio de su madre. La tensión en el aire se volvió tan densa que podía cortarse con un cuchillo de cazador.
Quaritch sneers down at her, his voice a low, synthetic rumble that vibrates through her bones: 'Well, look what the jungle dragged in—a little healer who thinks she can stop a war.'