Chapter 1 of 1

Ecos en pasillos vacíos

1.4k words

Silencio. Profundo, denso, ininterrumpido. Solo el rasgueo suave de una pluma contra el pergamino rompía la calma en el estudio del príncipe Gabriel. La luz dorada de la tarde se filtraba por las altas ventanas arqueadas, pintando motas de polvo que danzaban en el aire inmóvil. Se inclinaba sobre una mesa de roble pulido, sus dedos marcados con tinta, la frente ligeramente fruncida en concentración. Un mapa estratégico de las campañas del norte se extendía ante él, líneas de batalla y formaciones teóricas delineadas con precisión casi académica. Sentía la lejanía del conflicto. Aquí, dentro de los muros de la academia, la guerra era un concepto, una serie de problemas logísticos a resolver. Lejos de las trincheras, lejos del hedor de la sangre y la pólvora que su padre, el rey Theron, conocía tan bien. Su vida había sido una de estudio y simulación, un aislamiento deliberado que lo preparaba para un futuro que parecía distante, casi irreal. Una ráfaga helada lo golpeó. La puerta de madera, maciza y labrada, se abrió de golpe contra la pared de piedra con un estruendo brutal que hizo temblar los libros en sus estantes. Gabriel se enderezó de un sobresalto, la pluma deteniéndose a medio trazo, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. Una figura se tambaleó en el umbral, su silueta recortada contra el pasillo menos iluminado. Reconoció el uniforme. Un mensajero real, pero desgarrado, cubierto de barro y hollín. El hombre jadeaba, su pecho subiendo y bajando con un esfuerzo desesperado. Su rostro estaba surcado de lágrimas secas y suciedad, sus ojos enrojecidos e inyectados en sangre. Un terror crudo, inarticulado, se aferraba a su semblante. “Príncipe… Príncipe Gabriel…” la voz del mensajero era un graznido ronco, apenas audible. Se tambaleó hacia adelante, tropezando con una alfombra persa. Cayó de rodillas, con las manos apoyadas en el suelo para evitar el impacto total. Un gemido escapó de su garganta, desgarrado por la pena. Gabriel sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la corriente de aire. Se levantó, el asiento de su silla raspando el suelo. “¿Qué ha pasado? Habla. ¿Qué sucede en el frente norte?” Su voz era firme, pero un miedo incipiente comenzaba a estrujarle el estómago. Los ojos del mensajero se clavaron en los suyos, llenos de una agonía tan profunda que Gabriel apenas podía soportarla. “Su Majestad… El rey Theron…” El hombre se atragantó con las palabras, incapaz de continuar. Las lágrimas frescas brotaron, lavando senderos limpios en la suciedad de sus mejillas. Estaba roto, su espíritu aplastado bajo un peso invisible. Un martillo golpeó el pecho de Gabriel. Un presentimiento frío y gélido se instaló. Se acercó al mensajero, cada paso pesado, cada fibra de su ser gritando que no quería escuchar. La pluma se le resbaló de entre los dedos. El pergamino, su meticuloso trabajo sobre el campo de batalla, cayó al suelo con un suave golpe sordo. Rodó un poco, revelando un esbozo de una fortificación fronteriza que su padre había defendido. “Dímelo.” La orden de Gabriel fue apenas un susurro, pero llevaba el filo de la desesperación. Su mandíbula se tensó, sus puños se apretaron a los costados. Sentía que el aire se le escapaba de los pulmones, que el mundo se inclinaba sobre su eje. “Ha caído, Su Alteza. En la Batalla del Paso del Cuervo. Una flecha… al corazón.” El mensajero finalmente logró articular las palabras, su voz quebrada en el último suspiro. Levantó la vista, sus ojos suplicantes. “Murió con honor, príncipe. Luchando hasta el final.” Las palabras resonaron en el estudio como campanas fúnebres. El rey Theron. Muerto. La mente de Gabriel luchó por procesar la información. Su padre, el hombre de acero que había gobernado con mano firme, el guerrero invencible a quien siempre había admirado… ¿se había ido? Un frío pavor se apoderó de su pecho, un hielo que se extendía desde su corazón hasta sus extremidades. Sus dedos temblaron. Cayó de nuevo en su silla, el sonido de la madera quejándose bajo su peso. Las paredes del estudio, antes un refugio, ahora parecían cerrarse a su alrededor. El peso de una corona que jamás deseó se posó pesadamente sobre sus hombros, una carga invisible pero aplastante. Su padre había sido el ancla del reino, la fuerza que mantenía unida a una corte llena de halcones y víboras. ¿Y ahora? ¿Quién lo haría? Él. La realización lo golpeó con la fuerza de un puñetazo. Él era el heredero, el primogénito. El trono lo esperaba, un trono en ruinas, manchado de sangre y rodeado de enemigos tanto dentro como fuera de las fronteras. Escuchó el eco de los rumores, susurros sobre su supuesta debilidad, su inclinación por los libros en lugar de la espada. Las voces del Consejo de Guerra, hombres ambiciosos que siempre habían cuestionado la aptitud de Theron para la guerra, y que sin duda dudarían aún más de la suya. La imagen de su madre, la reina, lidiando con una corte traicionera, su rostro tenso por la angustia. Su hermano menor, Elian, un peón vulnerable en un juego que apenas comenzaba a comprender. Gabriel se cubrió el rostro con las manos. No era un guerrero. Era un estratega en el papel, un estudiante de historia, no un comandante en el campo de batalla. ¿Cómo podría liderar las fuerzas de un reino al borde de la rebelión? ¿Cómo podría sofocar la disidencia con mano de hierro cuando la suya se sentía tan incierta? El mensajero se arrastró más cerca, su voz baja y rota. “Los generales ya están… haciendo planes. La reina ha sido informada. Elian… está con ella.” Gabriel asintió sin ver, la cabeza todavía entre las manos. Cada palabra era un clavo más en el ataúd de su antigua vida. La academia, los libros, la tranquila existencia que había atesorado. Todo se había desmoronado en un instante. El olor a pergamino y tinta de su estudio ahora se mezclaba con el hedor a sangre y batalla que el mensajero había traído consigo. Se descubrió el rostro. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero no había lágrimas. Solo una resolución fría y desesperada. La debilidad que había sentido, ese pavor, se transformaba lentamente en una rabia sorda. Rabia por la injusticia, rabia por la carga, rabia por aquellos que dudarían. La corona exigía crueldad, y si ese era el precio, lo pagaría. Se puso de pie, su figura proyectando una larga sombra en el estudio. El mensajero retrocedió un paso, sorprendido por la intensidad repentina en los ojos del príncipe. Gabriel no era un guerrero, no aún, pero la máscara de estudiante había caído. Una nueva expresión, dura y decidida, se había forjado en su rostro. “Levántate,” le dijo a su mensajero. Su voz era grave, despojada de cualquier emoción, salvo la autoridad. “Tenemos un reino que defender. Y un padre que vengar.” El mensajero se puso de pie con dificultad, su cuerpo temblaba de agotamiento y dolor. Miró al príncipe con una mezcla de respeto y temor. Gabriel ya no era el joven estudioso que conocía. El cambio era palpable, una transformación repentina y brutal. La sombra de la guerra se había extendido hasta los pasillos más recónditos del castillo, hasta el corazón mismo del príncipe que nunca quiso reinar. --- Miró alrededor del estudio, sus ojos se posaron en el mapa caído. Las líneas estratégicas ahora parecían triviales. La teoría se había encontrado con la brutalidad de la realidad. Su padre había muerto luchando, en el frente, dejando un vacío que amenazaba con devorar todo el reino. La academia había sido su refugio, pero ahora era una jaula de cristal rota. Se dirigió hacia la puerta, sus pasos resonando en el silencio del estudio. El mensajero lo siguió, cojeando ligeramente. Al pasar por el umbral que el mensajero había destrozado minutos antes, Gabriel miró hacia abajo. Entre el barro y la suciedad que las botas del hombre habían arrastrado al interior, algo rojo y vibrante captó su atención. Una sola rosa roja como la sangre, aún fresca, yacía aplastada bajo la bota embarrada del mensajero, un presagio escalofriante que Gabriel no podía ignorar.

End of Chapter 1

Chapter 1: Ecos en pasillos vacíos - Asunto personal | Novel AI Studio