Chapter 3 of 3
Chapter 3: Infierno en El Rodeo
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El humo ahogó el cielo nocturno, una pluma negra que se elevaba desde El Rodeo, tan densa que ocultaba las estrellas. Las llamas, insaciables y ravenosas, lamían el concreto en ruinas, proyectando un infernal resplandor naranja sobre el horizonte distópico de Caracas. Alvric Mashertch sintió el profundo zumbido de los grav-trusters del VTOL vibrando a través de sus botas blindadas, su visión aguda y precisa, aumentada por la óptica integrada de su casco.
"Situación crítica, Capitán," informó Kael, su oficial de comunicaciones, con una voz que estallaba en estática en el oído de Alvric. "Incendios incontrolables en los bloques A, C y G. Múltiples brechas en el perímetro exterior. Se reportan enfrentamientos internos entre reclusos y lo que parecen ser... unidades armadas externas con equipo militar."
La mandíbula de Alvric se tensó. Unidades externas. Equipo militar. La información del chip clonado había mencionado movimientos inusuales alrededor de celdas del Sindicato conocidas. Esto no era una coincidencia.
Abajo, la penitenciaría no era simplemente una prisión en revuelta. Era una zona de guerra. Explosiones sacudían los mismos cimientos del complejo brutalista. Gritos, crudos y animalísticos, atravesaban el rugido del infierno, mezclándose con el crepitar de la materia ardiente y el constante staccato de fuego automático. Esto no era un motín. Era un asalto a gran escala. Una operación militar coordinada disfrazada de caos.
"Zona de despliegue confirmada, Capitán," añadió Kael, su voz ahora plana con calma profesional. "Puntos de inserción: Norte y Este. Kael, cubre la aproximación y mantén el perímetro aéreo. Vega, tú y tu equipo, flanqueo por el sector Este, contención de fugas. El resto, conmigo. Directo al centro de mando."
Su escuadrón, una falange de titanes bio-mejorados encerrados en armaduras de combate negro sobre negro, asintió con cortos movimientos o confirmaciones verbales. Cada soldado era una arma andante, mejorada con estabilizadores cinéticos, potenciadores de reflejos y placas de cerámica-titanio. Eran la élite de Armadas S.A., forjados en las llamas de la guerra urbana.
La gravedad cambió abruptamente. El pesado VTOL comenzó su rápida y controlada descenso, una sombra depredadora contra la fachada ardiente de la prisión. El calor envolvió a Alvric, una manta opresiva, el aire espeso con ceniza, concreto pulverizado y el sabor metálico de circuitos quemados. El hedor del miedo humano era palpable incluso a través de su máscara de filtración.
El metal chirrió cuando la rampa hidráulica descendió, golpeando el asfalto agrietado. Alvric se movió primero, un borrón de movimiento practicado, las botas golpeando el suelo con un suave golpe. Su rifle de asalto M-40 'Devastador', su cañón ya zumbando con energía cargada, estaba en alto, barriendo en busca de amenazas.
Los gritos se intensificaron. Un grupo de reclusos que huían, despojados de sus camisetas, con los rostros contorsionados por el terror, chocaron con su elemento delantero. Uno, con ojos desorbitados y desesperados, se lanzó, un shiv rudimentario brillando en su mano.
El brazo mejorado de Vega se lanzó, un golpe brutal y preciso en la sien. El recluso se desplomó, inconsciente antes de tocar el suelo. No había tiempo para prisioneros individuales. No había tiempo para misericordia.
"Aseguren la entrada. Muevan. Objetivo: Centro de mando. Prioridad: Eliminar liderazgo enemigo, no dispersar reclusos," ordenó Alvric, su voz un gruñido calmado y modulado a través de las comunicaciones. Sus ojos, detrás del visor, escaneaban el caos con eficiencia desapegada.
Adelante, un bloque de celdas había sido abierto, no por fuerza cruda, sino por cargas de precisión. Las paredes se doblaban hacia adentro, vigas estructurales limpiamente seccionadas. Esto no era un intento de escape. Era una brecha diseñada, una demolición controlada.
El fuego estalló desde más adentro del complejo. No los disparos desorganizados y aterrados de convictos no entrenados. Eran volúmenes controlados y disciplinados. Fuego de supresión, seguido de disparos dirigidos.
"Contacto," la voz de Vega crujió, aguda con urgencia. "Sector Este. Armamento pesado. Lanzagranadas anti-vehículo. Esto no es una revuelta de prisioneros, Capitán. Son profesionales."
Los fuertes golpes resonaron, seguidos de explosiones concusivas que sacudieron el suelo. La ya comprometida estructura de la prisión gimiendo, polvo de concreto lloviendo del techo.
Alvric sintió un frío terror comenzar a enroscarse en su estómago. La demolición precisa. El fuego organizado. Era todo demasiado familiar. Un eco nauseabundo de pesadillas pasadas.
Empujó a su escuadrón más profundo, más allá de los escombros en llamas y el metal retorcido. Los corredores, una vez llenos con el hedor de la desesperación humana, ahora apestaban a cordita, concreto quemado y un ligero olor acre de carne quemada.
"Movimiento rápido," gritó Alvric. "Eliminen toda resistencia organizada. No detengan el avance. Si se mueven como soldados, traten como soldados."
Una unidad de figuras en armaduras improvisadas, hechas de equipo antidisturbios y chatarra, emergió de una puerta llena de humo. Llevaban rifles de asalto de grado militar, sus movimientos coordinados. No disparaban balas al azar. Usaban cobertura. Suprimían. Avanzaban en un patrón de fuego y maniobra de libro de texto.
La respiración de Alvric se detuvo. Un dolor fantasma, agudo y repentino, atravesó su pecho, justo donde la metralla había desgarrado su armadura hace años.
Esos movimientos. La forma en que sostenían sus líneas. Los patrones de fuego de cobertura. Las señales silenciosas.
Su antigua unidad. Los Fantasmas.
Se habían entrenado así. Se movían así. Luchaban así. Antes de la emboscada. Antes de la traición. Antes de la masacre que se llevó a todos menos a él. Antes de que el sistema los devorara vivos.
La furia, fría y absoluta, comenzó a arder detrás de los ojos de Alvric. No eran solo tácticas similares. Eran *sus* tácticas. Las que fueron robadas, filtradas, armadas contra sus hermanos. Los métodos de la misma corporación que juró protegerlos.
"Equipo, formen una cuña de asalto," ordenó Alvric, su voz peligrosamente baja, un raspado que vibraba con violencia reprimida. "Fuego concentrado en los puntos débiles de la estructura. Desplieguen granadas de pulso para desorientación. Cierren la brecha."
Sus hombres se movieron sin dudar, una máquina silenciosa y mortal. Sus rondas pesadas atravesaron la armadura improvisada, enviando fragmentos de metal y carne volando. Los luchadores del Sindicato eran buenos, pero Armadas S.A. era mejor, más rápida, más fuerte.
Más figuras aparecieron, moviéndose con sorprendente agilidad a través del humo. Llevaban brazaletes, marcados de forma rudimentaria con un cráneo estilizado y cadenas cruzadas. El Sindicato Subterráneo. Una bandera rudimentaria para asesinos profesionales.
"Capitán, tenemos rehenes," informó Kael, su voz tensa, un destello de humanidad en las comunicaciones. "Reclusos, civiles de la administración. Los están usando como escudos vivos en el Bloque D, cerca de su posición."
Alvric no flaqueó. La imagen de su escuadrón moribundo, suplicando por un respaldo que nunca llegó, parpadeó detrás de sus párpados. Los rostros de sus camaradas, retorcidos en agonía, la traición grabada en sus últimos alientos. Los políticos, los trajes corporativos, moviendo los hilos, sacrificando peones.
Debilidad. Compasión. Le había costado todo. Les había costado sus vidas. No repetiría ese error. No otra vez.
"Fuego a discreción," gruñó Alvric, su voz un raspado crudo que cortó a través de la estática de las comunicaciones, desprovista de toda emoción salvo una letal certeza. "No hay rehenes. Solo objetivos. Eliminen todo lo que se interponga."
Su escuadrón dudó, un microsegundo de silencio atónito. Los protocolos de Armadas S.A. permitían colaterales, pero generalmente, una segunda confirmación para bajas civiles. Un momento para calcular las repercusiones políticas.
"Repito," la voz de Alvric se agudizó, bordeada de una calidad peligrosa e inestable. "Fuego. A. Discreción. Si un objetivo se esconde detrás de un civil, eliminen ambos. No se detengan. No muestren piedad. Aniquilen."
Sus órdenes eran absolutas. El peso de su rango, la fría finalización de su tono, rompió a través de su vacilación. La lealtad, la indoctrinación y el miedo a la ira de Alvric, prevalecieron.
Los proyectiles de plasma atravesaron el aire. Las rondas cinéticas golpearon las paredes. Los soldados bio-mejorados desataron el infierno, una tormenta de plomo y energía. Ya no preocupados por el colateral. Solo por la erradicación. Los gritos de los inocentes se mezclaron con los llantos de los culpables, todos acortados por la implacable lluvia de fuego.
Los gritos se convirtieron en gorgoteos, luego en silencio. Los luchadores del Sindicato, atrapados entre sus escudos humanos y el avance implacable de Armadas S.A., comenzaron a romper la formación, su disciplina disolviéndose en pánico.
"¡Están huyendo!" gritó Vega, la excitación reemplazando su tensión anterior. "Retirada masiva hacia el sector sur. Parece que tienen un punto de extracción primario activo."
Alvric avanzó, ignorando la carnicería, su mapa interno destacando al enemigo en fuga. El corredor se abrió en un vasto patio central, ahora un desierto craterizado. Una gran brecha en la pared exterior mostraba el cielo abierto. Un transporte, probablemente un VTOL pesado, había estado allí. Ya se había ido.
"Maldita sea," maldijo Alvric, la primera emoción cruda que había mostrado en minutos. "Llegamos tarde. El paquete ya voló."
Pero entonces, vio movimiento. Un grupo de figuras fuertemente armadas, distintas del material de cañón, aún dentro del perímetro, apresurándose hacia una segunda brecha más pequeña en la pared este. No se estaban retirando sin rumbo. Estaban cubriendo. Protegiendo.
Una figura se destacó. Más alta. Más ancha. Se movía con una autoridad que hablaba de mando, incluso en medio del caos. Se giró, gritando órdenes, su rostro oculto por un visor táctico, su postura irradiando confianza letal.
Alvric levantó su Devastador, sus ópticas acercándose, el sistema de adquisición de objetivos bloqueándose en el comandante enemigo.
El comandante sostenía un rifle. No un equipo estándar. Ni siquiera la pesada artillería modificada que desplegaba Armadas S.A. Esto era algo más.
Brillaba con una extraña luz azul interna. Su cañón, elegante y futurista, zumbaba suavemente incluso desde esta distancia, un sonido justo al borde de la audición mejorada de Alvric.
La base de datos interna de Alvric, cruzando todos los esquemas de armas conocidos, gritó una advertencia. Solo un tipo de arma coincidía con esa descripción. Solo una entidad poseía tal tecnología experimental.
A través del zumbido de su propio traje, escuchó el leve y agudo silbido de energía acumulándose dentro del rifle. El arma era un prototipo. Era el rifle de plasma. Y se suponía que era exclusivo. Para la guardia personal del Director Ejecutivo de Armadas S.A.