Chapter 1 of 2
Capítulo 0: Un Mundo al Borde del Abismo.
1.2k words
Amino era un mundo dividido, no por océanos, fronteras o idiomas. Más bien, por ideas.
Durante décadas, las Comunidades habían intentado construir un orden estable. Pequeños Estados, algunos prósperos y otros olvidados, habían creado sus propias formas de gobierno bajo la promesa de que la cooperación podía superar las diferencias.
Pero ese sueño nunca fue completo.
Porque mientras las Comunidades gobernaban tierras y personas, existían otras entidades que gobernaban algo mucho más peligroso: La fuerza.
Los Grupos Políticos. Pequeños territorios independientes, nacidos de ideologías, movimientos y revoluciones. No poseían las enormes poblaciones de las Comunidades, pero tenían algo que muchos gobiernos no tenían: ejércitos organizados, jerarquías militares y la capacidad de cambiar el destino de regiones enteras. En Amino Oriental, donde la estabilidad era frágil y las viejas heridas nunca terminaban de cerrarse, esos Grupos se habían convertido en los verdaderos jugadores del tablero.
Algunos prometían orden. Otros prometían revolución. Otros prometían libertad.
Pero todos prometían algo. Y todos estaban dispuestos a luchar por ello.
En una oficina fría, rodeada de mapas y documentos, un hombre observaba el territorio que acababa de crear. Stanislav Petrov, Vozhd de Todo Amino.
El título era demasiado grande para el territorio que controlaba.
El HEER apenas contaba con unos veinte mil habitantes. Su ejército era pequeño. Sus recursos eran limitados. Sus enemigos eran numerosos.
Pero Petrov nunca había medido el poder únicamente por números. Había sobrevivido porque entendía algo que muchos líderes olvidaban:
Una guerra no siempre se gana destruyendo al enemigo.
A veces se gana convenciendo al enemigo de que ya perdió. El hombre frente al escritorio llevaba un uniforme gris impecable. Su cabello negro, con algunas canas, estaba cuidadosamente peinado. Su parche cubría uno de sus ojos, ocultando una historia que pocos conocían y que aún menos preguntaban.
Petrov había cambiado de banderas más veces que muchos habían cambiado de opinión. Había servido en antiguos movimientos nacionalistas. Había ascendido dentro de Millennium. Había participado en su caída. Había entrado en la CCCP, una organización que alguna vez había jurado destruir, y desde dentro había alcanzado la posición más alta.
Después había tomado todo lo que pudo. Y había construido algo nuevo: El HEER.
Para algunos era un traidor. Para otros, un visionario. Para sus seguidores, era el hombre que había comprendido que Amino necesitaba una dirección.
Petrov sonrió ligeramente mientras observaba los informes sobre su escritorio.
—Todavía somos pequeños —dijo en voz baja—. Pero todos los grandes poderes comenzaron siendo pequeños.
Detrás de él, Johan Liebhart permanecía en silencio.
Alto, pálido, de cabello rubio y ojos azules, llevaba la cruz que siempre colgaba de su cuello. El Canciller del HEER, el hombre que había seguido a Petrov desde los días más oscuros.
Johan no veía a Petrov como un simple líder.
Lo veía como un hermano mayor.
Sabía todo. Sabía de sus cambios de lealtad. Sabía de sus maniobras. Sabía que Petrov había tomado decisiones que muchos considerarían imperdonables.
Pero Johan creía que todo tenía un propósito.
Que todo sacrificio podía justificarse.
—El pueblo necesita esperanza —dijo Johan.
Petrov giró lentamente hacia él.
—Y nosotros somos esa esperanza.
Johan bajó la mirada. Esa era la diferencia entre ambos. Johan quería salvar personas.
Petrov quería dirigirlas.
En otra parte del HEER, una mujer observaba el crecimiento de la organización desde una perspectiva diferente.
Asis. Schutzführer-SS.
Su uniforme negro contrastaba con los tonos grises del resto del gobierno. No buscaba parecer una figura tradicional. No buscaba agradar.
Buscaba imponerse.
Poco se sabía de su pasado, había pertenecido a Millennium antes de su caída. Había tenido influencia, poder y seguidores, hasta que conflictos internos terminaron expulsándola.
Cuando regresó, encontró un mundo destruido. Y encontró a Petrov.
Para muchos, él era un líder.
Para Asis, era una oportunidad.
Ella no lo seguía por fe.
No lo seguía por lealtad.
Lo seguía porque reconocía una fuerza similar a la suya. Ambición.
Las SS del HEER respondían oficialmente al Vozhd.
Pero todos sabían algo:
Cuando Asis caminaba, sus hombres la seguían a ella. Petrov también lo sabía, y por eso nunca apartaba los ojos de ella. Al menos eso daba a entender.
En el HEER había muchas personas capaces, pero solo una podía estar en la cima.
Muy lejos de allí, bajo una bandera roja, otro hombre observaba los mismos mapas. Sovietsky.
Líder Supremo de la CCCP.
Nadie había visto su rostro.
Su pasamontañas negro ocultaba completamente su identidad, dejando únicamente sus ojos visibles.
Algunos decían que era un símbolo, otros decían que escondía una historia.
Pero para quienes lo seguían, solo importaba una cosa: Nunca había abandonado la lucha.
La CCCP había nacido en la guerra. No en salones políticos.
No en reuniones diplomáticas.
En trincheras.
Durante meses, sus soldados habían combatido contra Millennium cuando nadie creía que podían ganar. Habían quedado reducidos a menos de quinientos hombres y aun así habían continuado. Porque Sovietsky no sabía rendirse.
Cuando finalmente entraron en la capital de Millennium, parecía que la revolución había triunfado. Y entonces apareció Petrov.
El hombre al que Sovietsky había recibido.
El hombre al que había confiado el futuro de la CCCP.
El hombre que terminó destruyéndola.
Ahora la CCCP volvía a existir.
No como antes.
Sino con una herida abierta.
—No fue una derrota —dijo Sovietsky mirando a sus oficiales—. Fue una traición.
Waffen permaneció a su lado.
Su viejo camarada sabía que la ira de Sovietsky podía convertirse en una fuerza poderosa.
Pero también sabía que podía destruirlo.
—Debemos esperar —dijo Waffen.
Sovietsky apretó los puños.
—Esperamos demasiado.
—Y por eso seguimos vivos.
El silencio llenó la habitación.
La guerra todavía no había comenzado.
Pero ambos sabían que era inevitable.
En el centro del Amino Occidental existía un lugar diferente. La Mesa Redonda.
Un pequeño territorio independiente que se había convertido en el corazón político de la Alianza Hispana.
Allí no había ejércitos, no había generales, no había uniformes. Había reuniones.
Debates. Votaciones.
Y una enorme cantidad de discursos sobre el futuro de Amino.
Peri y Pai observaban desde una sala llena de representantes.
Durante años habían construido una imagen de unidad y cooperación. Habían trabajado por acercar Comunidades occidentales, fortalecer alianzas y mantener lejos aquello que consideraban las amenazas del Este.
Para millones de personas eran símbolos de esperanza.
Para otros, eran idealistas desconectados de la realidad. Y para algunos, simplemente eran otra clase de poder.
—El HEER sigue creciendo —dijo uno de los representantes.
—La CCCP también —respondió otro.
Pai observó los informes en silencio.
—Entonces Amino vuelve a dividirse.
Peri suspiró.
—Amino nunca dejó de estar dividido.
La frase quedó flotando en la sala.
Porque todos sabían la verdad.
La paz que disfrutaban no era paz.
Era espera.
Tres fuerzas miraban hacia el mismo mundo. Un hombre que quería construir un nuevo orden. Un revolucionario que quería recuperar lo que le habían arrebatado. Y una alianza que quería proteger aquello que consideraba correcto.
Tres caminos.
Tres visiones.
Tres futuros posibles.
Y en medio de todos ellos, un mundo que aún no sabía que estaba entrando en una nueva era.
Porque las guerras no comienzan cuando los ejércitos marchan.
Comienzan mucho antes.
Con una decisión.
Con una mentira.
Con una ambición.
Con una traición.
Y Amino estaba a punto de descubrir que incluso los hombres que prometían salvar el mundo podían ser quienes finalmente lo llevaran al borde del abismo.