Maldita sea mi suerte.
Apretando los puños sobre mis rodillas, clavé la mirada en las baldosas de linóleo gris del pasillo de la dirección.
Un olor a cera barata y desinfectante de pino me llenaba la nariz, recordándome exactamente dónde estaba y por qué odiaba tanto los martes por la tarde.
Sentada a mi lado, la culpable de mi desgracia tarareaba una canción pop insoportablemente alegre, moviendo un pie con un ritmo que amenazaba con volverme loca.
Arizona Robbins, la capitana de las porristas y la supuesta chica dorada del instituto Seattle Grace, lucía un uniforme impecable que contrastaba violentamente con mi chaqueta de cuero desgastada y mis vaqueros rotos.
—¿Podrías parar de hacer eso antes de que te estrangule con tus propios pompones brillantes? —mascullé, manteniendo los ojos fijos al frente para no darle el gusto de ver mi frustración.
—Es una canción de Taylor Swift, Callie. Alivia el estrés y ayuda a que las malas vibras fluyan fuera del cuerpo —respondió ella, con esa voz chillona y dulce que me daba un dolor de cabeza instantáneo.
—Lo que alivia el estrés es no estar a punto de ser suspendida de mi último año de secundaria por tu culpa.
—¿Mi culpa? —Arizona se giró en su asiento con una indignación tan exagerada que casi pareció ensayada—. Tú fuiste la que decidió que lanzar pintura acrílica roja sobre el mural conmemorativo del decano era una protesta artística totalmente válida y necesaria.
—¡Estaban censurando el club de arte y lo sabes! —exclamé, alzando la voz más de la cuenta, ganándome una mirada de advertencia de la secretaria a través de la ventanilla de cristal—. No podía quedarme de brazos cruzados mientras pisoteaban nuestra libertad de expresión.
—Y yo solo intentaba salvar mi precioso cartel de bienvenida para el partido de fútbol del viernes, que estaba justo debajo de tu zona de desastre —replicó ella, cruzándose de brazos y frunciendo esos labios perfectamente pintados de rosa—. Ahora ambas estamos en el mismo saco de delincuentes juveniles.
---
Golpes secos en la puerta de madera noble nos sobresaltaron a ambas, cortando nuestra incipiente discusión.
Director Webber asomó la cabeza, con una expresión que mezclaba una profunda decepción y un cansancio existencial que parecía acumularse desde hacía décadas.
Entramos en fila india, manteniendo una distancia prudencial que dejaba claro que no éramos precisamente mejores amigas.
Webber se sentó detrás de su enorme escritorio de caoba, acomodando unos expedientes con una parsimonia que solo servía para aumentar mi ansiedad.
—Torres. Robbins. —Nos miró por encima de sus gafas de lectura, alternando su mirada severa entre mi ceño fruncido y la postura rígidamente inocente de Arizona—. No tengo el tiempo ni la paciencia para lidiar con sus niñerías hoy. El consejo escolar viene de visita mañana a primera hora.
—Director, le prometo que todo fue un malentendido monumental —comenzó Arizona, juntando las manos y poniendo su mejor sonrisa de niña buena que jamás ha roto un plato en su vida—. Yo intentaba detener a Callie, de verdad. Ella estaba... fuera de sí con su pincel.
—¡Eso es mentira! —protesté, girándome hacia ella con los ojos abiertos de par en par—. ¡Tú estabas sosteniendo la escalera y me dijiste que el tono de rojo combinaba con tus ojos!
—Ahorra tus encantos y tus acusaciones para el jurado, Robbins —las palabras del director cortaron el aire como una guillotina—. Ambas pasarán las próximas cuatro horas en el aula de detención del sótano, bajo mi estricta supervisión indirecta.
—¿El sótano? —un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal al pensar en ese lugar abandonado—. Pero director, ahí es donde el departamento de biología guarda los especímenes disecados de los años setenta. Huele a puro formol y a muerte.
—Y a libros de texto de historia que aún dicen que la Unión Soviética sigue existiendo —añadió Arizona, perdiendo finalmente su compostura perfecta y mostrando una pizca de pánico real—. Además, la luz parpadea constantemente. Da muchísimo miedo allí abajo.
—Pues sugiero que aprendan a convivir en la oscuridad y a superar sus temores —sentenció Webber, extendiendo dos pases de castigo de color rosa brillante que parecían una burla—. Su tarea para hoy es limpiar por completo el almacén de material deportivo antiguo. Quiero ver ese suelo brillando antes de que se vayan.
---
Arrastrando los pies con una pesadez dramática, bajamos las escaleras de caracol que conducían a las profundidades más oscuras del edificio escolar.
Cada paso de mis botas militares resonaba en el hormigón frío, un eco constante que solo servía para alimentar mi irritación con la rubia que caminaba a mi lado.
Arizona caminaba un paso por detrás, haciendo un ruido rítmico y molesto con las suelas de sus zapatillas de plataforma mientras murmuraba quejas inaudibles.
—Esto es oficialmente una pesadilla de la que no puedo despertar —susurró, rompiendo el silencio sepulcral del pasillo subterráneo cuando llegamos al final de la escalera.
—Podría ser mucho peor, Robbins —dije, empujando la pesada puerta de metal oxidado que daba acceso al almacén—. Al menos tienes compañía.
—Honestamente, preferiría estar encerrada con un oso pardo hambriento. Al menos ellos son predecibles y no tienen tanto temperamento artístico.
—Ja, ja. Qué graciosa eres. Deberías considerar hacer comedia en vivo en lugar de agitar pompones.
Polvo acumulado durante lo que parecían eones nos recibió en la cara en cuanto logré encender el interruptor de la pared, que emitió un zumbido eléctrico preocupante.
Una bombilla solitaria y desnuda osciló levemente en el techo, arrojando una luz amarillenta y temblorosa sobre pilas interminables de colchonetas de gimnasia agrietadas, balones de baloncesto desinflados y cajas de cartón rotas.
—Huele a sudor estancado de la generación de nuestros padres —comentó Arizona, arrugando la nariz con un gesto de asco tan exagerado que casi me hizo sonreír—. Es repugnante.
—Bienvenida a la realidad del estudiante promedio, princesa —dije, dejando caer mi mochila pesada sobre una mesa de madera desvencijada que crujió bajo el impacto.
---
Comenzamos a trabajar en un silencio tenso y cargado de resentimiento, marcando una línea invisible en el suelo que ninguna de las dos se atrevía a cruzar.
Agarré una caja de madera llena de viejos bates de béisbol astillados, tratando de canalizar toda mi frustración adolescente en el esfuerzo físico de apilarlos en una esquina.
Arizona, por su parte, intentaba mover una enorme colchoneta de salto alto que parecía pesar el doble que ella, cuidando desesperadamente de no arruinar su manicura francesa recién hecha.
—¿Necesitas que vaya a rescatarte o vas a seguir peleándote a muerte con ese monstruo de espuma azul? —pregunté, apoyándome con aire chulesco en uno de los bates de madera.
—Puedo hacerlo perfectamente sola, Torres, no necesito de tu fuerza bruta de jugadora de sóftbol —respondió ella, jadeando visiblemente mientras empujaba la colchoneta con el trasero en un movimiento bastante cómico.
De repente, un chirrido agudo y metálico rompió el aire polvoriento de la habitación, rompiendo la relativa calma.
Una rata del tamaño de un aguacate grande y con una cola inquietantemente larga corrió a toda prisa desde detrás de la colchoneta, directo hacia los pies de Arizona.
—¡Por todos los cielos, un monstruo! —chilló ella con una fuerza que casi me rompe los tímpanos.
Perdiendo el equilibrio por completo debido al susto, sus pies se enredaron en una vieja cuerda de saltar que yacía en el suelo y comenzó a caer de espaldas hacia el suelo de cemento duro.
Instintivamente, solté el bate que sostenía y me lancé hacia delante con una agilidad que ni yo misma sabía que poseía, atrapándola por la cintura antes de que su cabeza hiciera impacto contra el suelo.
Caímos juntas sobre un montón de colchonetas viejas de gimnasia que amortiguaron el golpe, con Arizona aterrizando directamente sobre mi pecho y mi brazo rodeando firmemente su cintura para protegerla.
---
Silencio absoluto y sepulcral reinó en el sótano durante varios segundos, solo interrumpido por el sonido desbocado de nuestras respiraciones aceleradas.
Ojos azules, enormes y llenos de una mezcla de pánico y sorpresa, me miraron fijamente desde una distancia peligrosamente corta.
Podía oler su perfume con total claridad, una fragancia dulce que evocaba vainilla y fresas frescas, un contraste absoluto con la suciedad y el polvo del almacén.
—¿Estás... estás entera? —pregunté, sintiendo de repente un nudo extraño y apretado en la garganta que me dificultaba el habla.
—Sí —susurró ella, sin hacer el menor intento por moverse o romper el contacto físico—. Creo que sí. Gracias. Tienes unos reflejos realmente increíbles, Torres.
—Son años de atrapar pelotas a gran velocidad en el campo de juego —respondí, dándome cuenta de lo cálida que se sentía contra mi cuerpo—. Aunque la rata ya se ha ido a buscar un escondite mejor, por si te interesa saberlo.
—Oh. Cierto. La rata.
Arizona se apartó lentamente, apoyando sus manos pequeñas sobre mi pecho para impulsarse hacia arriba con una delicadeza que no esperaba de ella.
Un calor repentino y abrasador me invadió las mejillas al notar la presión de sus dedos, que pareció dejar una marca invisible de calor incluso a través de la tela de mi camiseta.
Nos pusimos de pie rápidamente, sacudiéndonos la ropa con movimientos espasmódicos y torpes en un intento desesperado por disipar la electricidad que acababa de crearse entre nosotras.
—Bueno —dijo ella, aclarándose la garganta mientras se recolocaba un mechón de pelo rubio detrás de la oreja—. Eso fue... bastante dramático.
—Sí. Definitivamente una escena digna de una película de terror de bajo presupuesto.
Para evitar mirarla directamente a los ojos, me acerqué rápidamente a una pila de cajas de cartón polvorientas y comencé a abrirlas con una brusquedad innecesaria.
---
Pasaron las horas con una lentitud tortuosa, pero, contra todo pragmatismo, el ambiente hostil entre nosotras comenzó a desvanecerse gradualmente.
Descubrimos una caja de madera que contenía uniformes deportivos de los años ochenta, con colores de neón estridentes y diseños que rozaban el ridículo absoluto.
—Imagínate a los chicos del equipo de baloncesto masculino corriendo por la cancha con estos pantalones cortos extremadamente ceñidos —dijo Arizona, sosteniendo unos shorts de satén verde brillante con franjas doradas—. Sería un espectáculo digno de ver.
—Estoy segura de que Mark Sloan los usaría con un orgullo increíble y se pasaría todo el partido guiñando el ojo a las gradas —reí abiertamente, sentándome en el suelo limpio con la espalda apoyada en la pared de ladrillos.
—Totalmente de acuerdo —coincidió ella con una sonrisa brillante, sentándose a mi lado sin importarle que el suelo pudiera ensuciar su preciada falda de porrista—. Ese chico tiene un problema serio de ego.
—¿Y tú crees que no tienes un problema similar, Robbins? —la pinché suavemente con el codo, observando de reojo cómo sus mejillas se teñían de un rosa suave.
—¡Oye! Lo mío no es ego, es carisma natural y una personalidad extremadamente adorable —protestó ella, fingiendo una indignación que se desmoronó rápidamente en una risita—. Hay una línea muy clara entre las dos cosas.
—Si tú lo dices, tendré que creerte por el bien de mi propia salud mental.
Nos quedamos calladas durante unos minutos, pero esta vez el silencio no era tenso ni incómodo; era una pausa tranquila, casi íntima, que se sentía extrañamente agradable.
—Siento mucho lo que pasó con tu mural en el pasillo principal —dijo de repente, bajando la mirada hacia sus manos entrelazadas—. Sé lo mucho que te importa el club de arte y el esfuerzo que le dedicas. Solo me preocupaba que cancelaran el desfile de bienvenida por el desorden. Es nuestro último año y... quería que todo saliera perfecto para recordar algo bonito.
—Está bien —respondí, conmovida por la inesperada vulnerabilidad en su voz—. Yo también siento haber reaccionado de una forma tan impulsiva y agresiva. A veces, cuando siento que algo es injusto, me dejo llevar por la rabia sin pensar en las consecuencias para los demás.
—Lo he notado en varias ocasiones —sonrió ella, mirándome de reojo con una dulzura que hizo que algo en mi estómago diera un vuelco violento—. Pero, para ser sincera, es bastante genial cómo defiendes tus convicciones con tanta fuerza. Ojalá yo tuviera esa misma valentía para decir lo que pienso sin miedo a no encajar.
—Tú eres increíblemente valiente, Arizona. Te enfrentaste a un sótano oscuro y a una rata gigante solo para cumplir un castigo conmigo.
—Bueno, lo hice más por la amenaza de Webber de no dejarme graduar, pero acepto el cumplido —bromeó, y sus ojos brillaron con una chispa juguetona que me dejó sin palabras.
---
Repentinamente, la bombilla que colgaba sobre nuestras cabezas parpadeó con violencia dos veces antes de apagarse por completo, sumiéndonos en una oscuridad absoluta y densa.
Un clic metálico, pesado y definitivo resonó desde la entrada del almacén, seguido por el sonido de una llave girando en la cerradura exterior.
—¿Qué ha sido ese ruido tan horrible? —preguntó Arizona, y su voz tembló de inmediato en la penumbra del sótano.
—Es la puerta —dije, levantándome de un salto y extendiendo los brazos para tratar de orientarme en la negrura—. Creo que acaban de echar el cerrojo por fuera.
Tanteé las paredes húmedas y frías con las palmas de las manos hasta que mis dedos entraron en contacto con la superficie metálica de la puerta de salida.
Empujé el pomo de metal con todas mis fuerzas, apoyando mi hombro contra la estructura para hacer más presión.
No se movió ni un solo milímetro, permaneciendo completamente sellada.
—¡Hola! ¡Por favor, abran! —grité con fuerza, golpeando el metal con el puño cerrado repetidamente—. ¡Hay dos estudiantes aquí dentro! ¡No nos dejen encerradas!
Nadie respondió al otro lado; el silencio que provenía del pasillo exterior era tan denso y pesado como una losa de piedra.
—¿Callie? —la voz de Arizona sonó asustada y extremadamente cerca, justo detrás de mi hombro izquierdo—. Dime que esto es una de tus bromas pesadas para asustarme.
—No es ninguna broma, de verdad —dije, dándome la vuelta lentamente para encararla en la oscuridad.
Mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la falta total de luz, logrando distinguir apenas el contorno difuso de su silueta frente a mí.
—Estamos completamente encerradas aquí —continué, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a correr por mis venas—. El conserje nocturno debe de haber asumido que ya nos habíamos marchado a casa al ver las luces del pasillo apagadas.
—No, esto no puede estar pasando —Arizona dio un paso hacia atrás, tropezando de nuevo con una de las cajas de cartón vacías—. Odio con toda mi alma los espacios cerrados. Y la oscuridad. Y la idea de que esa rata vuelva con sus amigas para devorarnos vivas.
—Tranquila, no dejes que el pánico te domine —le puse una mano firme en el hombro, intentando transmitirle una calma que yo misma estaba empezando a perder—. Voy a sacar mi teléfono móvil. Tendremos luz de inmediato y podré llamar a mi madre o a los bomberos si es necesario.
Busqué en los bolsillos delanteros y traseros de mis vaqueros con una prisa cada vez más desesperada, pero mis dedos solo encontraron aire y un chicle viejo.
Nada de teléfonos.
—¿Dónde dejaste exactamente tu mochila cuando entramos? —pregunté, con un tono de voz que revelaba mi creciente nerviosismo.
—Está sobre la mesa del fondo, junto a la tuya —respondió ella, aferrándose a mi brazo con una fuerza sorprendente para alguien tan menuda—. Pero te advierto que mi batería estaba en el dos por ciento hace más de una hora. Probablemente ya esté completamente muerto.
Caminé con extrema precaución hacia la zona de la mesa, arrastrando a Arizona conmigo, quien se negaba en redondo a soltar el agarre de mi brazo bajo ninguna circunstancia.
Encontré mi mochila al tacto tras golpear un par de botes de plástico, y busqué desesperadamente en el compartimento principal hasta dar con el dispositivo metálico.
Saqué el teléfono y presioné el botón de encendido con fuerza, rezando mentalmente para que tuviera algo de carga.
Una pantalla roja con el símbolo parpadeante de una batería vacía apareció durante un milisegundo antes de apagarse por completo, dejándonos de nuevo en la oscuridad.
—Genial. Espectacular. El mío también ha pasado a mejor vida —gruñí con frustración, arrojando el aparato inservible sobre la mesa de madera.
---
Sentadas en el suelo de cemento frío, de espaldas contra la puerta de metal inamovible, intentábamos mantener el poco calor que nos quedaba en el cuerpo.
Frío y humedad se apoderaban del almacén subterráneo a medida que avanzaba la noche, filtrándose a través de nuestra ropa y haciéndonos tiritar.
—¿Crees que alguien en toda la ciudad se dará cuenta de que no hemos regresado a nuestros hogares? —preguntó Arizona en un susurro, abrazándose las rodillas contra el pecho para protegerse del frío.
—Mi madre tiene un turno doble en el hospital de la ciudad y probablemente asuma que me he quedado a dormir en casa de alguna compañera de clase para estudiar —suspiré profundamente—. ¿Qué hay de tu familia?
—Mis padres están fuera de la ciudad asistiendo a un congreso de medicina militar en la otra punta del país —explicó, con la voz apagada—. Se supone que mi hermano mayor debe estar vigilando la casa, pero lo más probable es que esté demasiado ocupado jugando a los videojuegos con sus amigos como para notar mi ausencia hasta que sea la hora del desayuno mañana por la mañana.
—Así que... la conclusión es que estamos oficialmente atrapadas aquí hasta que abran el instituto mañana temprano.
—Eso parece, Torres. Es una situación perfecta para una película de terror.
Un escalofrío perfectamente visible recorrió el cuerpo de Arizona, haciéndola temblar de pies a cabeza con fuerza.
Sin pararme a pensar demasiado en las consecuencias o en lo inapropiado de la situación, me acerqué un poco más a ella y pasé mi brazo derecho sobre sus hombros, atrayéndola suavemente hacia mi costado.
—Ven aquí de una vez —dije en voz baja, con un tono más tierno del que pretendía usar—. Compartamos el calor corporal antes de que nos convirtamos en dos estatuas de hielo. Es una simple cuestión de ciencia de supervivencia.
—¿Ciencia? —se rió de manera débil y entrecortada, pero no opuso ninguna resistencia y apoyó su cabeza con delicadeza sobre mi hombro—. No tenía la menor idea de que te interesara tanto la física de la transferencia de calor, Torres.
—Me interesa mucho más el hecho de no morir congelada en este maldito sótano de Seattle —repliqué con una sonrisa que ella no podía ver, aunque mi corazón latía con tanta fuerza que estaba segura de que ella podía sentir el impacto directo contra sus costillas.
Permanecimos en esa posición durante lo que parecieron horas interminables, escuchando únicamente el sonido acompasado de nuestras respiraciones y el silbido del viento que se colaba por alguna rendija del techo.
Poco a poco, la incomodidad inicial y la desconfianza mutua se desvanecieron por completo, reemplazadas por una calidez extraña y reconfortante que no tenía absolutamente nada que ver con la temperatura física de la habitación.
—Callie —susurró ella de repente, rompiendo el silencio con una voz tan suave y delicada que casi se pierde en la inmensidad del almacén oscuro.
—¿Sí? Dime qué pasa.
—Tengo que confesarte algo que he estado ocultando desde que empezó todo este lío esta tarde.
Me giré ligeramente hacia un lado para poder mirarla de frente, aunque apenas lograba distinguir las facciones de su rostro gracias a la débil luz de la luna que se filtraba por un tragaluz sucio en lo alto de la pared.
—¿Qué es lo que pasa, Arizona?
—Yo... yo provoqué que nos castigaran juntas a propósito porque quería pasar tiempo a solas contigo.